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miércoles, 1 de febrero de 2017

MIGUEL OTERO SILVA

 EL COMBATIENTE Y SU SONRISA

Entró al siglo XX por una rendija de 1908 para formar parte de la memoria de este país. No hubo sensibilidad literaria ajena a su alto cuerpo de bucare. Ejerció la estricta justicia del humor. Partió en inquina con esa eterna virgen la muerte, como diría Borges, porque su diligencia era terrena. Se llamó, se llamará perdurablemente Miguel Otero Silva.
Si fuese preciso caracterizar en una sola nota distintiva la postura de Miguel frente al humor, deberíamos significar que él entendió su acción como praxis integral: en poesía, en prosa de crónicas y en prosa narrativa, en el diarismo, en la conversación, y en el aliento por el cultivo del género que quiso transmitir a los que se iniciaban en el difícil arte de los humores. Comprendió que el creador estaba obligado a conculcar la solemnidad banal que achica los actos humanos, y por ello su obra en buena porción se halla imbricada por el hilo conductor del humorismo.

En 1941 un quelonio impreso, El Morrocoy Azul, segmentó en dos partes la historia del humor venezolano. Miguel Otero Silva, Kotepa Delgado y Carlos Irazábal, jóvenes intelectuales y políticos embravecidos en las luchas estudiantiles del 28, urdieron su nacimiento. Lo más preclaro de la inteligencia del momento formó filas en el combate jocoso, y pronto el semanario estableció una diáfana comunicación con el público lector. Era un gracejo definido en su intencionalidad política, popular pero no populachero, fino en el rango nacional y jamás ofensivo ni escatológico. El Morrocoy y su trilogía de forjadores fundamentales poseen el mérito de haber iniciado la modernidad del humor venezolano, pues modificaron la percepción aldeana y estrecha del entorno, otorgaron peso específico a lo culto, y adoptaron una cosmovisión de ancho sentimiento y de respaldo a los derechos militantes del pueblo. Y en cuanto a la subjetividad de la conducta creativa, el logro primordial del periódico fue haber dignificado la función del humorista; ya no se trataba de escritores de bohemia fulgurancia, siempre corriendo truenos licorosos, siempre a caballo entre el extrañamiento y el decoro; ahora eran intelectuales con plena autoestima, creyentes en la hazaña revulsiva del humor, El país rural quedaba atrás, sucesivas conquistas democráticas lo deslastran del imperio gomecista: es el paso de la economía agraria al modelo petrolero. Dentro de este marco El Morrocoy Azul, como se ha dicho repetidamente, constituye el punto de partida de nuestra revolución periodística: Kotepa Delgado funda Ultimas Noticias (1941) y Miguel Otero El Nacional (1943), diarios comprometidos, ágiles, de búsqueda reporteril del suceso y difusores de la expresión pensante. Así, del humor morrocoyuno surgió el moderno periodismo venezolano, no porque entre ellos existiese una relación de causalidad, sino porque sus impulsadores cobraron conciencia de que la labor intelectual resultaba indivisible.
Miguel emerge poeta con la vanguardia y publica sus primeros textos en Fantoches (1925), pero es en la revista Caricaturas donde empieza su labor humorística bajo el seudónimo de Miotsi. Luego, inserta sus Sinfonías Tontas en el diario Ahora, escribe en El Morrocoy Azul, prosigue en El Nacional con colaboraciones eventuales (la Enciclopedia Deportiva abarca un ciclo que va de 1942 a 1972), concibe piezas de teatro paródico, sorprende con aquella gran boutade que fue Las Celestiales (1965), exalta la materia festiva en el capítulo inicial de la novela Cuando quiero llorar no lloro, y prohija poco antes de morir la edición aniversaria de El Nacional 1985 titulada Tierra de Gracia, tributo a la memoria del humor contemporáneo venezolano, donde incluyó su última producción Las Innombradas en la Historia. Aparte de otras ediciones y recopilaciones, El Ateneo de Caracas publicó en 1981 Un Morrocoy en el Infierno, que lleva la siguiente aclaratoria de contraportada: este libro contiene 1 por ciento de la obra humorística de Miguel Otero Silva , advertencia restrictiva que quizás MOS adoptó para resguardarse de algunas creaciones que habían perdido actualidad.
Sería incompleta la caracterización del humor integral de Miguel, si no añadiéramos el factor decisivo de su ideología. MOS fue una extraña simbiosis de éxito económico y consecuencia progresista. Participó en el liderazgo de la generación del 28, se incorporó por breve lapso a la insurgencia armada contra Gómez, trazó en el naciente El Nacional una línea anti-nazi y a favor de los aliados, creyó en el socialismo como vía para la reivindicación de los oprimidos, defendió las causas de Chile, Cuba y Nicaragua, recibió el Premio Lenin, pero a la vez -y allí inciden sus detractores- disfrutaba de las dichas del status. ¡Nadie es perfecto! Acotaría Perogrullo. No obstante, en su trabajo escritural resalta una denodada solidaridad combativa, crítica ante las injusticias y tierna frente al desamparo.

Un Morrocoy en el Infierno
Este corpus, en apreciación globalizadora, impacta por la versatilidad con que Miguel encara el problema humoroso; su brillantez tanto en prosa como en poesía, su penetrante perspicacia. Algunos rasgos son inherentes a la totalidad, enumerémolos sin prioridades: la intención demistificadora del contexto convencional, la irreverencia y el espíritu inconforme; lo culto como sustancia expresa o subyacente, mas siempre anclado en un evento cotidiano; el lirismo como vaso-comunicante del humor; la parodia literaria y la sátira política; la transposición de tiempos para causar irrisión desubicándonos del modelo; los juegos de palabras y el juego con la palabra misma; la toma de distancia en relación a un hecho conocido para que la hilaridad se produzca por absurdo; el uso frecuente de la repentina incongruencia a que aludía Schopenhauer; la utilización de falsas citas de erudición y de latín macarrónico; la festiva musicalidad del verso y aun del discurso prosaico; el finísimo tratamiento de las situaciones escabrosas a fin de que no resulten sicalípticas; el aquí y el ahora del lenguaje popular; la originalidad en el medio de expresión; el reflejo del país citadino y sus prototipos jocosos, el ataque desprovisto de animus injuriandi; y finalmente la ternura del humorista, ese zumo cordial que rebaja lo cáustico a términos amables. MOS se calza el alto coturno de la gracia, para figurar junto a sus pares del siglo XX: Leo, Job Pim, Andrés Eloy Blanco, Kotepa y Aquiles Nazoa.

Poesía y teatro
Miguel hace gala de un amplio dominio del género poético. Se vale del soneto, de la copla, de la décima y del verso libre para remitirnos su lúcido mensaje humorístico, profuso en imágenes y metáforas. No es el poeta formal prestado con rubores al accidente del humor, es la vocación íntegra que escoge distintos caminos expresivos. Su rima consigue sonoridades deslumbrantes, espontáneas y de precisa elegancia, con adecuación a un ritmo de continua fluidez. Transcribamos, como ejemplo, el cuarteto inicial de su Soneto Mórbido, en honor a la bailarina cubana María Antonieta Pons:

Hélice de merengue, flan de loza
zig-zag de luz, tormenta de dulzura,
helicóptera tierna o prematura,
raudal de gelatina temblorosa.

Sus temas enhebran lo transitorio y lo permanente; si quiere evidenciar nostalgia por la demolición del barrio El Silencio, evoca el metro de Petrarca; si le canta al difunto Leo, lo llama tenedor de libros de Noé. Igualmente, implica lo culto y lo popular en una dimensión tal que ambos enriquecen el texto.
La cultura de MOS subyace como fecundo nutriente: a veces se torna explícita para obtener el impacto del contrapunto, en otras el poeta demuestra su acendrado oficio creando a la manera de Gracilaso, de Góngora, de Quevedo y de Nervo, o imitando las formas vanguardistas. Y el asidero popular le sirve para terrenalizar el concepto o volver más efectiva la circunstancia: Sansón clama por Dalila: ¿Dónde está mi Dalilita/tan sabrosa y tan bonita?; Goebbels increpa a Goering: “Vaca lechera, saco de mondongo,/tonel de caca y condecoraciones/¿en dónde te amputaron los riñones,/Mariscal mariscal, cochino congo?”
Persiste también en la búsqueda de originalidades. Mezclas idiomas en su Soneto Exótico, escribe sin eñes el Soneto Cándido para burlarse de la recién inaugurada tipografía inglesa de El Nacional, hila el Romance de Juvenal Herrera a través de marcas de whiskys, compone Dísticos a mi novia mediante acentos trocados (“La novia mía tiene una vertebra/que no sé si es de mula o es de zebra...”), habla el coloquial castellano de los martiniqueños en el Roman de Negrit Pedrit: Negrit Pedrit, /Negrit Yuliá, /Negrit bandit, /Negrit malvá...
El poeta utiliza los juegos de palabras y el poder traslaticio de los vocablos, a fin de imprimirle variedad connotativa al planteamiento humorístico; usa con acierto la repentina incongruencia como recurso de sorpresa final (el soldado raso Hanse vocifera: ¡Heil Hitler y Heil su madre!); apela al doble sentido aunque despojándolo de materia pecaminosa: Adán abandona El Paraíso, nostálgico y adolorido...pero con su carretilla de manzanas por delante.
En teatro, Miguel Otero recurre a la argucia de desubicar a los personajes de su toponimia y su tiempo, para provocar la sonrisa. Seres reales o de ficción se confunden con hombres de nuestra contemporaneidad, o actúan en su época con respuestas y comportamientos posteriores, o son situados en ambientes ridículos ajenos a la verdad objetiva. Con la transposición temporal, el autor consigue la hilaridad mediante lo insólito y absurdo, pero pronto el lector acepta la falsificación y se convierte en cómplice del humorista.
Adán, por ejemplo, “despierta absorto y mudo, se palpa el costillar disminuido, se calza pantuflas y bata de baño”; y luego la pareja bíblica conversa con Juan Bernardo Arismendi -célebre urbanizador caraqueño- quien les ofrece un mejor habitat que El Paraíso (en referencia no al paraje divino sino al burgo de nuestra ciudad).
Don Mendo 71 y 78 y Romeo y Julieta son parodias concebidas por MOS para satirizar al entorno socio-político venezolano. Los Montescos y Capuletos de Shakespeare ceden paso a los vernáculos grupos partidistas, y por eso es imposible el amor que se juran el Romeo copeyano y la Julieta adeca. La pieza, sin embargo, termina con un desenlace feliz, porque Fray Lorenzo se adelanta a la tragedia y salva a los enamorados, en una alegoría que podría entenderse como la victoria del humor sobre los avatares humanos. Pero prestamente Miguel se ocupa de demistificar su propia humorada:

Podéis cambiar la trama de esta historia,
podéis cambiar su solución mortuoria,
podéis cambiar los versos del poema.
Podéis cambiar pasado por presente
y hasta podéis cambiar de Presidente,
pero lo que no cambia es el Sistema .

Crónicas morrocoyunas
Las crónicas comprueban la capacidad de observación del humorista, como sagaz testigo de lo circundante. Cualquier noticia, evento o persona le da pábulo para el comentario singular, afable, chistoso. Por sus páginas deambulan prototipos: vates neo-pantagruélicos en disputa, calaveras y libertinos, el sobador que escamotea caricias, conspiradores que apuestan al golpe militar. Y el suceso momentáneo y efímero, es desmenuzado por MOS con habilidad punzante: las tarifas telefónicas, las discutidas causales de divorcio, la visita de Cantinflas a Caracas, el índice de suicidios...
Por tratarse de referencia a aspectos coyunturales, el autor se enraiza más en la línea del costumbrismo, quizás para que los lectores se reconozcan a plenitud. Es la contingencia del periodista que debe enfrentar un hecho que sabe pasajero. La excepción: Mientras no llega el autobús, crónica o novela brevísima, cuya estructura maestra enlaza lo incidental y lo perdurable. Durante la espera, Nelly Vinagreta, hermoso querubín de nueve años y chupeta en mano, crece, se casa, tiene hijos, envejece y muere, siempre en la cola de autobús. Tema parecido al de La Autopista del Sur, que nos permite exaltar una coincidencia: el humor de Miguel avant la lettre  narrativa de Julio Cortázar.

Las Celestiales y otras bondades
En 1965 apareció Las Celestiales, un libro de coplas irreverentes, recopiladas y comentadas por el cura jesuíta Ikañi de Errandonea, falsa investidura (¡era un secreto a grandes carcajadas!) de Miguel Otero Silva y sus colaboradores Paco Vera Izquierdo, Pedro León Zapata y Mateo Manaure.
A partir de la musa popular, MOS inventó otras coplas y aderezó todo con una muy graciosa exégesis religiosa, donde confluyen la erudición y la mentira, la palabrota y el latín falaz, la ironía y la critica directa. El escándalo estalló por boca del Cardenal Quintero, quien expresó una profunda compasión por sus autores, suplicando al Señor que los amparara en su infinita misericordia.
En Las Celestiales, Miguel reitera la mecánica humorística ya analizada, pero enfatiza en el cultismo para morigerar la escatología, transforma lo burdo en blanca transgresión, y a veces alcanza el desideratum: mofarse de los valores establecidos y también del receptor, pues antes de la risa dudamos si lo real es engañoso o viceversa.
En las notas a la undécima copla, MOS -como escritor que vincula sus planteamientos imaginativos- anuncia claramente el meollo de su última novela La Piedra que era Cristo, al afirmar: “...ese Dios que pone de patitas en la calle a los muertos de izquierda no puede ser en modo alguno el Dios de los cristianos. Las ideas socialistas de Nuestro Señor Jesucristo fueron recogidas por sus apóstoles, que eran unos trabajadores humildes pero claros y perspicaces, y explicadas más tarde en todo su esplendor por los Padres de la Iglesia, que eran predicadores pro-comunistas de gran cultura...”
El primer capítulo de Cuando Quiero Llorar no Lloro, la novela de la violencia de los años sesenta, es en su totalidad un ensamble de humor, en el cual los soldados imperiales Severo, Severiano, Carpóforo y Victorino convertidos al cristianismo, otorgan la excusa para que Miguel trastoque los tiempos y después concrete el nudo en la aventura aciaga de nuestros tres Victorianos, demostrando su voluntad de profanar la retórica seria o sagrada de América Latina, como diría Carlos Fuentes. Y en las Innombradas de la Historia, incluida en la edición aniversaria de El Nacional de 1985, MOS remarca su vigor y sintonía al describirnos un hilarante concurso de belleza donde participan la mujer de Lot, Safo, Edith Piaf, Eva Perón y hasta Margaret Thatcher.

Manchetero y conservador
Desde su fundación, El Nacional impuso una diferente forma de editorial: la mancheta. Es -según Cuto Lamache- una frase ingeniosa contentiva de la opinión del periódico sobre los acontecimientos de mayor actualidad. Su iniciador: Miguel Otero Silva, probablemente inspirado en la manchette francesa. El resumen risueño sustituía a la farragosa exposición. Cuando Jane Mansfield, actriz de senos ampulosos cayó al mar a bordo de un avión, MOS consignó: “Ni son naranjas/ni son limones/así dijeron los tiburones”. Y ante la actitud represiva de Rómulo Betancourt durante su gobierno, ironizó: “Hay un estudiante tantas veces suspendido que lo llaman el Bachiller Garantías”. Las manchetas sentaron pauta, y nuestros periódicos humorísticos las acogerían luego como eficaz instrumento de embate.
Miguel Otero Silva puso en práctica el fulgor de la conversación. Ameno, incisivo, ocurrente, deleitaba a los contertulios con su chispa oportuna y de excelencia. Cuentan que en una ocasión, la dama pequeño-burguesa se lamentaba: -¡Siento, Miguel, que pende sobre mi cabeza la espada de Colón!- . A lo que MOS repostó: “¡Amiga!, ¿no será más bien el huevo de Damocles?” Refieren, asimismo, que en la etapa de López Contreras, el gobernador de Caracas Elbano Mibelli, con sus característicos y odiosos métodos, encarceló a un grupo de estudiantes protestatarios en un garaje. Miguel, al enterarse del desmán por intermedio de sus compañeros, comentó: “¡Esa es otra garajada de Mibelli!”

Honor al humor
Miguel, árbol de inteligencia, novelista, gourmet, viajero, fablador o huraño, camarada de los oprimidos, periodista, poeta, concupiscente por pasión y vocación, comprendió que el humor es vida perenne, y por ello lo saludamos donde se encuentre: ¡profeta celestial en el infierno, mandinga gracioso entre las nubes o quelonio dialéctico sembrado en las honduras de esta tierra!

Diario El Nacional
24-08-1986











1 comentario:

davdomin dijo...

Hola Igor,

¡Gracias por compartir este fascinante artículo sobre Miguel Otero Silva y su contribución al humor literario en Venezuela! Estoy actualmente trabajando en la traducción de su obra "Casas Muertas" al inglés, y este relato de su vida y legado humorístico es una valiosa fuente de inspiración.

Miguel Otero Silva fue, sin duda, un escritor excepcional cuya habilidad para tejer humor y profundidad en su trabajo es verdaderamente notable. Su enfoque en el humor como una herramienta para desafiar las convenciones y dar voz a las realidades sociales es admirable y sigue siendo relevante en la actualidad.

Gracias nuevamente por este artículo informativo. Estoy emocionado de continuar mi trabajo en la traducción y compartir la obra de Miguel Otero Silva con un público más amplio.

¡Saludos