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lunes, 30 de marzo de 2020

ENVÉS

La escena se desarrolla en un cuarto  matrimonial como cualquier otro. Son las ocho de la noche. El televisor encendido repite la hora cada cierto tiempo. El hombre: pijama de asteriscos, nariz de nicotina, cincuenta años dentro de poco. La esposa: joven, impasible, impertérrita. No te vayas —dice él—, tendremos hijos, haremos un tour por el Caribe, te compraré joyas, collares cultivados, zafiros, amatistas.

La mujer, para demostrar su ausencia presente, lee un periódico de ayer, y piensa qué fastidio, otra vez las súplicas, los “te quiero” y los “te adoro”, pero se acabó, estoy enferma de exactitudes, de previsiones menudas, necesito una vida, la vida, para nuevamente sentir motivos ardorosos, demencias nobles, renovadas energías.

Sus cincuenta años los tiene allí, en la artritis inflexible, en la hipertensión sin barreras, e insiste: No te vayas, no se te ocurra hacerlo, por Dios, por favor, vendrán tiempos mejores, diferentes naves sin olvido, barcos de La Habana cargados de a-mor,  a-legrías, a-lucinaciones, pero podía adivinar sus respuestas silenciosas (licenciosas): No me jodas, no me hartes más, mientras  pasea por  la habitación el  desparpajo de su dormilona de jersey y sus carnes en estampida.

Cuando la conocí, ella era un cotillón de risas dentro del carnaval, una lluvia de papelillos sobre la ternura de mis palabras; su disfraz de peluche me turbaba y conturbaba, y la música nos hacía deslizarnos en la pista con escarcha de saxofón y serpentinas. Me murmuró que la llamaban Betty, de por vida —de por muerte, y yo le afirmé (ladeando mi cigarrillo enésimo) que Heráclito siempre tiene razones fluviales, hoy estamos aquí, mañana en lugares distintos, aunque te bañes en semen-ríos, en semen-mares. Ella no entendió, le costaba entender, y yo la arrastré a la modestia de una pieza de a ratos para convertir nuestro encuentro en una olimpiada de besos descomunales, en un dulzor de sirop chocolatado, y la sorbía y subía por sus nalgas, déjate, libérate, dámelo, y Betty pensando —según me confesó después— en la estampa contraria de la Virgen de Coromoto, estricto concepto, fija fijación. Alfredo Sadel habría expresado que le vio brotar una lágrima íngrima; Panchito Riset se la hubiera bebido, consumido (la lágrima), para luego pregonarlo en todas las cantinas; Toña la Negra tan sólo hubiese agregado: “Flores negras de tus ojos”.

domingo, 29 de marzo de 2020

OCASO DE UNA VIDA DIGITAL





Abre los ojos y la incertidumbre de la mañana le aturde los sentidos.  Se halla como entre nubarrones opacos, traga una saliva amarga (densa, casi ajena), le cuesta determinar su nombre. No hay nadie, quizás todos partieron a cumplir el afán cotidiano. Con lentitud, el entorno se va haciendo reconocible: la cama y su colcha gris, el cuerpo de la cantante Shakira en el afiche lleno de fans, la ventana que da hacia la oscilación de los rayos del sol. Alarga la mano y se topa con el teléfono inteligente. ¡Enhorabuena!, ya no está solo, ha encontrado a su inseparable amigo, qué suerte  tenerlo  ahí, siempre dispuesto y comprensivo. Sonríe, aplaude, celebra la hazaña de poseer un camarada hecho en el verídico Japón, cuyas dotes le ayudan a sobrevivir.

 Se enjuaga y seguidamente busca los últimos comentarios en las redes sociales, donde él -con orgullo de ciudadano del ciberespacio- está  incluido desde que tiene uso de razón digital,  y ríe por los insultos de 140 caracteres que se otorgan sus compañeros virtuales; y luego, como internauta perfecto, responde cualquier ocurrencia, memes o emoticones, sin excederse en críticas ni en los esquemáticos “me gusta”.  Luego, va a la cocina y se engulle el pan de siempre, con rapidez a fin de no distraerse del diálogo en la red, y se toma un sucinto jugo porque ya debe  adentrarse en el correo electrónico  de Yahoo, Hotmail, Wanadoo y Gmail. Ahí están, a la medida de una contraseña, los seres humanos que solo frecuenta por esas vías, pues no posee tiempo real ni minutos disponibles  para hablarles cara a cara.