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sábado, 1 de julio de 2023

HOTEL PARA SUICIDAS



Los suicidas siempre otorgan atención  a las señales del destino, como si de su fuerza tumultuaria dependiesen los únicos actos del porvenir. Y Erasmo Durán, en su calidad de mortal que buscaba las pistas ocultas de la existencia, soltó un grito de eufórico estupor cuando leyó el anuncio en Internet: “Foulton, hotel para suicidas, isla de Saint Austin. Escriba sin compromiso”.
La dubitación no le permitió establecer inmediato contacto; temía que el hallazgo formara parte de los juegos insidiosos y desleales que abundan en la red. Se consagró, entonces, al disimulo de los propósitos, revisando el correo electrónico y bebiendo elusivos sorbos de café, pero cada cierto tiempo volvía al insólito anuncio. Sus pocas letras en la pantalla del ordenador, el mensaje casi secreto y casi absurdo, se apoderaron de su voluntad; quizás aguardaba desde siempre tales osadías. Sin embargo, prosiguió el recurso de la evasión y fue al trabajo como quien cumple una disciplina transitoria, habló con amigos acerca del verano banal, telefoneó a su madre sorda, preparó la comida de los perros y, por desacatos de la memoria, se bañó varias veces aquella misma tarde. El ordenador mantenía, indemne, el aviso para clientes desesperados.




Al acostarse, no logró dormir. Pensaba en los suicidas de su familia, hombres y mujeres que habían decidido hacerse justicia por esfuerzo propio; y meditaba también sobre aquel ánimo imperfecto que se transmitía de generación en generación, mediante las luces oscuras de una tristeza sin razones científicas. Solo fastidio profundo, solo spleen vitalicio… mientras durasen. Dio vueltas y más vueltas en la cama, se tomó una píldora contra el insomnio que tuvo consecuencias paradójicas: enumeró infinitas ovejas saltando por encima de los espectros familiares, ¡hilos tenues entre las sensaciones del presente y los subterfugios de otros mundos! 
Los ruidos de la mañana no lo reconfortaron, porque el duermevelas continuaba y debía presentarse en la oficina, aún ojeroso, descompuesto e inútil para que le premiasen con el cheque quincenal. Antes de partir, verificó la imagen del inequívoco Hotel Foulton dentro de la pantalla del computador; ahí estaban sus grafías y sus señuelos como un ardid inexorable, Escriba sin compromisoSe habla inglés, francés y español. Por supuesto no resistió y en un impulso definitivo solicitó información, a través del correo electrónico, acerca de planes, precios y ofertas (cuestiones insensatas, para no decir infamantes, en el caso de una persona que solo desea marcharse). Todo era cuestión de aguardar un poco.
Aquel día se arrepintió de haber salido, pues su automóvil caduco se negó a trasladarlo -¡así actúan los modelos démodé!-, el Metro estaba repleto de olores ofensivos y de colas hoscas, un chubasco extemporáneo le mojó la camisa y milagrosamente logró eludir las deyecciones de un pájaro que surcaba las alturas del smog. Luego, ya en el despacho de arquitectos donde prestaba servicios, el jefe, un anciano siempre agrio y de arrugas superpuestas, le reclamó con su usual tosquedad de golpecitos en la mesa, algunos metros sin justificación que contenía el proyecto del Club Miramar: “¿Usted no sabe el valor del dinero, joven colega?, corrija ya ese esperpento que nos puede costar millones”. Pero Erasmo Durán no le prestó atención; nada más reflexionaba sobre las tragedias suicidas de la familia a la cual pertenecía por doble conducto sanguíneo. Pensó en el tío Fernando, un pianista que,  con máximo sigilo, buscó una urna y su atril y las ubicó dentro de la sala de la casa. Después, completó la mise en scène adicionando candelabros, flores de réquiem, el cortinaje de fondo y una hilera de sillas para los deudos cercanos; por último, se vistió de negro total antes de colocar la cinta grabada con la Marcha Fúnebre de Chopin, y meterse en el féretro para morir por acción de pastillas letales (Ahí lo encontraron su mujer y sus cinco hijos, como si se tratase de una sorpresa largamente prevista). Rememoró a la prima Carmela –bella y virgen– que el día de su cumpleaños número 23 decidió ayunar hasta la extinción; evocó a su  hermano Eliseo y aquella gesta de Ícaro desplumado por entre las nubes del cerro El Ávila; y recordó a Diógenes, pariente materno, que penetró por absoluta voluntad de deceso en una franja roja de Caracas; y vio también la  asfixia de su sobrino Dagoberto con la cabeza dentro de una bolsa plástica (Sí, vidas de nimia biografía, existencias prescritas, grises inmolaciones sin causa). Enseguida, obviando  las reprimendas del jefe, enrolló los planos y partió a su pequeño apartamento de soltero.
Deseoso de noticias, encendió el computador y ubicó el correo; la suerte estaba de su lado porque tenía una larga respuesta bilingüe de mister Jad Foulton, propietario del Hotel Foulton, donde le explicaba con detalles el programa que ofrecía el establecimiento, “bed, full pension, drinks, wifi, cable TV, and varied daily tours”, la exigencia de un único pago en dólares a la llegada, la garantía del “final” o the end (de esa forma eufemística constaba en las letras digitales), la confidencialidad del trato y la anuencia de las autoridades del país. Se sirvió un vodka doble como celebración del suceso, y prestamente  tecleo en Hotmail su explícito acuerdo, “Gracias, míster Foulton, le avisaré fecha de mi arribo, línea aérea y número de vuelo, gracias otra vez”. 
Erasmo arregló con premura su viaje trascendental (cuentas de bancos, colocación de los perros en un hospicio, renuncia al trabajo, visita de despedida a la madre taciturna y demás diligencias inexcusables), y tomó el avión directo de la Caribbean Airlines, previa notificación electrónica a Jad Foulton. Después de una travesía con idéntico espectáculo de ventanilla turbia, en el aeropuerto de Saint Austin lo esperaba el chofer de Jad, un negro de lunares sobre la nariz que dando tumbos por el camino de asfaltos desiguales en un carro a punto de explotar, llegó al ansiado albergue (¿perpetuo?).
La casona del Hotel Fulton, hecha de madera conforme al estilo caribeño, se hallaba en medio de una empinada colina de la ciudad, constaba de tres pisos, el techo a dos aguas y un paisaje inaudito cuyo linde bordeaba el horizonte. Erasmo sonreía de placer íntimo cuando Jad Foulton salió a recibirlo con saludos marciales, “¿Cómo está, señor Durán?”; “Mucho gusto de conocerlo, mister Fulton”. Jad tomó las maletas de Erasmo con cortesías que semejaban enérgica fraternidad, y lo condujo a su habitación del piso superior. Todo estaba dispuesto a la altura de la modestia: la cama de barrotes, el escaparate con vidrio circular, la Biblia encima de la mesa de noche, el baño ínfimo, las cortinas salpicadas por el tiempo, pero la vista resultaba sugestiva e intachable. “Luego de presenciar este panorama, lo que queda es morirnos”, comentó Erasmo para sus adentros, pues no quiso compartir el chiste con el posadero por temor a que no le causara gracia; después sacó del bolsillo un fajo de dólares y le pagó el precio acordado. Foulton contó el efectivo con meticulosa paciencia, sonrió cuando su cifra y la de los billetes coincidieron, y lo citó a una reunión de huéspedes en el living del hotel, “Será dentro de media hora, le agradezco no falte”. Erasmo notó que Jad entrecerraba siempre el ojo derecho, como si afinase la puntería para disparar a un blanco de guerra; “exageraciones tuyas, Erasmo”, le dijo su otro yo.
En la sala con dibujos de pavorosos monstruos marinos, estaban dispuestas algunas pocas sillas en forma circular que ocuparon Erasmo y los seis restantes huéspedes. El inmenso Jad, junto a su diminuta esposa Eve, les dio la bienvenida (que sonó más bien al pacto de un adiós) y añadió algunas palabras en clave de ambigüedades y en los distintos idiomas de la clientela: “Todos sabemos por qué estamos aquí, ustedes para cumplir con sus propios deseos, y Eve y yo para favorecerlos. Considérennos sus amigos de los trances difíciles y no dejen de solicitarnos ayuda y apoyo. Me permito una sugerencia y una información; la casi paternal sugerencia es que nunca pierdan la alegría ni el compañerismo, se los dice un hombre de muchas batallas, pues los caminos terminan y empiezan otros quizás más cristalinos y permanentes; y la información, para tranquilidad de ustedes, se refiere a las autoridades de la isla, ellas conocen nuestro negocio y en cualquier circunstancia  nos otorgan oportuna cooperación, sí, en cualquier circunstancia. Recuerden siempre la frase del profético Leonardo Da Vinci: “Mientras pensaba que estaba aprendiendo a vivir, he aprendido cómo morir”.Y sin más demora los presentó: el saxofonista Walfredo Mejías y su esposa Élide, maestra de escuela primaria, puertorriqueños radicados en la célebre calle Calma de San Juan; el señor Mark Thompson y Catty su mujer, norteamericanos ambos y dueños de una pequeña granja de esplendorosos tomates en el Valle Central de California; monsieur Antoine Busteau, profesor de Literatura Francesa en la Universidad de París IV-La Sorbonne, y su esposa Agnès, instructora de la misma cátedra; y el joven arquitecto venezolano Erasmo Duque Duque, todavía soltero. Ya ustedes saben que soy Jad Foulton, ex piloto de la Fuerza Aérea Británica y cabeza de este hotel; y ella es Eve, mi pareja de siempre, oriundos de Glasgow, Escocia, pero arraigados aquí en Saint Austin desde años inmemoriales. Ahora, para celebrar el encuentro, el hotel les invita a unos tragos de ron de melaza, autóctono y único, ¡salud!” (El vocablo salud se oyó como cúspide de la ironía).
Los huéspedes, acordes con el jovial decreto de Jad, comenzaron a entenderse en el pastiche idiomático de sus diferentes lenguas, y al cabo de un rato departían  como antiguos camaradas. Hubo anécdotas y ocurrencias, reseñas de vida, álbumes de fotos, canciones patrias, brindis efusivos y sucesivos; y ese ánimo de bullente cordialidad se extendió en los días que correspondieron a cada quien, como si no tuviesen en sus agendas personales el afán del ocaso.
Lo fraterno se volvió costumbre: alrededor de una larga mesa, compartían el desayuno y la cena agenciados por Eve, chef de muchos mundos culinarios y de hazañas saboriles; el almuerzo lo hacían fuera del hotel, con viandas para las excursiones que también preparaba la anfitriona; en la tarde, degustaban aperitivos dulces de 40º alcohólicos, mientras veían las enigmáticas aristas del crepúsculo; y después de cenar jugaban cartas, oían música, conversaban acerca de banalidades profundas o narraban las experiencias del día. A las diez se retiraban a sus habitaciones, para que una TV universal y uniforme les conciliase el sueño o les abriese otros ensueños.
Los pensionistas escogieron los paseos cotidianos según sus gustos y aficiones: el par de puertorriqueños Walfredo y Élide, con su síntesis de viento y océano en los ojos, resolvió transitar por todos los confines de la geografía en un auto primitivo que Jad les facilitó; Mark y Catty se decidieron por afanosas caminatas a través de las colinas más escarpadas, recogiendo frutos silvestres y aspirando el aroma del “reino de las especias”; el dúo de Antoine y Agnès  se dedicó al buceo y a la pesca en un solitario farallón marítimo; y Erasmo no contuvo la inclinación de examinar minuciosamente el origen híbrido e histórico de la arquitectura caribeña.
Cuando se conocieron mejor, en las veladas nocturnas Walfredo sacaba el saxofón para modular en notas de jazz las canciones de su negritud; a los profesores Busteau les dio por un recuento personal y anímico de la poesía francesa (“Baudelaire et Rimbaud sont nos transcendants idoles humaines”); los Thompson describían con particulares explicaciones cómo sembraban tomates en su finca californiana; y el arquitecto, mientras tanto, los dibujaba en un voluminoso cartapacio de páginas de color. Por su parte, Jad mostraba sin reserva la panoplia de armas que presidían una Colt 45 y una Beretta 92, mientras Eve –al amparo de cautas sonrisas– lo veía con admiración.
A Erasmo le parecíó que aquello semejaba una peña de pasiones artístico-literarias, o un club de vocación deportiva, o una asamblea de amigos constantes, pero nunca un hotel destinado a suicidas furtivos. Y por mayor olfato que puso en práctica, no encontró pistas que demostrasen actitudes fuera de la normalidad, salvo en las horas de la madrugada cuando salía a fumar al pasillo de las habitaciones. Entonces se percataba de que los Thompson y los Busteau intercambiaban parejas: Antoine corría a dormir con Catty, y Mark se acostaba con Agnès; que del cuarto de los puertorriqueños emanaba un ardiente olor a marihuana fresca y de calidad; y que Jad, alojado con Eve en la pieza del fondo, emitía ronquidos truncos. Pero nada sospechoso, nada susceptible de conjeturas más allá de lo evidente. Nada.
Al aproximarse la finalización del hospedaje, un aire extraño y clandestino empezó a colmar los rincones y producir descalabros.  El reloj suizo se adelantó doce horas exactas, un árbol se plantó en medio del techo por fuerza de inusuales borrascas, los gatos apareaban sus lujurias encima de las personas, y una música de bongós -casi lejana y casi secreta- se apoderó del entorno. Y no en vano aquel viernes lluvioso resintió la tardanza de Antoine y Agnès: los demás contertulios los aguardaron para la cena sin verlos aparecer. Jad, en función de aciago maestro de ceremonias, dijo que algo debió ocurrirles a los Busteau y que al día siguiente se ocuparía del asunto (pues ya daba por descontada su ausencia nocturna). Como siempre, Walfredo tocó el hondo saxofón y luego jugaron cartas españolas hasta el momento de dormir.
La mañana los despertó con el arribo de una furgoneta oficial. De ella bajaron tres policías inexpresivos y parcos; el de mayor rango habló, mirando a distancia: “Traemos los cadáveres de dos turistas, un hombre y una mujer, que suponemos estaban alojados aquí. Fallecieron por inmersión mientras realizaban pesca submarina, los tiburones los despedazaron cerca del acantilado. Deberán identificar a los occisos y firmar el acta”. Jad asintió como si se tratara de una rutina automática y caminó detrás de los agentes hasta la furgoneta. “Sí, son los Busteau, un matrimonio francés que ocupaba la habitación azul, pronto partirían”, dijo Jad y repitió en eco “pronto partirían, pronto partirían”. Los demás huéspedes observaban sin palabras, el silencio resultaba imprescindible y tácito, Eve se persignó varias veces. Jad suscribió el acta y entregó a los polizontes la autorización de Antoine y Agnès Busteau para ser repatriados en caso luctuoso, “Hoy mismo la funeraria recogerá los cuerpos y efectuará los trámites de envío, gracias”. Los policías y Jad se despidieron con la complicidad de una reverencia.
En la noche, como si nada hubiera acontecido, Jad retiró las sillas que correspondían a los Busteau y sugirió que apostasen al juego de póker, “una artimaña mediante la cual nos evadimos de nosotros mismos”. Todos asintieron, quizás para no acordarse de los sucesos cercanos, y pusieron todo su interés en aquel mazo de cartas impredecibles. La suerte recompensó en estrella lúdica a Mark y Catty Thompson, y por ello pidieron a Jad la mejor champaña que tuviese. Luego  del brindis, y semi beodos como estaban, especificaron veinticinco formas para la preparación de los tomates que cosechaban. En almíbar, al horno medio, en largas tiras o bajo las reducciones de la deshidratación. Los demás callaban: el recuerdo de otras sombras no les permitía seguir el hilo de la intrascendencia. Y cuando Eve anunció que iba a dormir, enseguida el resto del grupo la secundó.
 Las lluvias continuaron su repique incisivo, los gatos no dejaban las maromas rijosas, las hojas ascendían en empeño de torbellino. Sin embargo, el nuevo día los levantó con la sorpresa de un calor firme y esencial que entraba por las rendijas. Tomaron el desayuno de tostadas, jugo de mango y café, y cada uno emprendió su plan de paseos. El matrimonio Thompson se aventuró por la senda de las más altas elevaciones, para archivar el ambiente en fotos testimoniales y recoger plantas exóticas; Walfredo y Élide alquilaron un auto moderno, porque el cacharro de Jad no resistiría las curvas del oeste de la isla; y Erasmo, ávido de minúsculos descubrimientos, acampó en los escombros de un inmueble tradicional para establecer vínculos con la época francesa (Argucias de distracción, pausas calculadas, tardanza de lo ineludible).
 Mark y Catty Thompson no volvieron del último trayecto. Jad retiró sus asientos del comedor e hizo algunas llamadas telefónicas para las averiguaciones concernientes. Aunque  todos sabían la respuesta, faltaban los detalles. Por fin, el director de la morgue ratificó que dos difuntos, norteamericanos según los pasaportes, se encontraban ahí; y añadió que las víctimas, quizás en arrojo por alcanzar una cumbre, habían caído al vacío del desfiladero. Jad pronunció rezos de extrema brevedad y dijo que posteriormente formalizaría las gestiones oficiales, mientras Eve -con cara de ausencia- se ocupaba de servir el pollo a la naranja. En la sobremesa, Walfredo moduló, como para sí mismo, viejas canciones del Caribe, Élide se dormitó sobre el mantel y Erasmo narró sus pesquisas de investigador fortuito.
El día posterior, cuando despertaron los tres huéspedes que aún convivían en el Hotel Foulton, los gatos maullaban y se revolcaban al compás de alocados acordes ocultos, el reloj decidió no señalar más anticipos horarios e inmovilizó las manecillas, el viento frío y el sol alternaban sus desquicios en un arduo juego de naturalezas opuestas. Walfredo y Élide se excusaron de no acudir al desayuno, “aún padecemos la fatiga de ayer, discúlpennos, nos quedaremos en la habitación”; y por ello Erasmo tuvo que enfrentarse solo a los panecillos con chocolate de Eve, antes de irse tras caserones abatidos por los años.
Esta vez, Erasmo escogió los vestigios de un ingenio azucarero del siglo XIX que había sido médula de la zona, pero al nomás acomodarse bajo sus tejas de boquetes hacia el cielo, algo inasible, algo como hecho de imprecisiones, algo como palabras sin voces, lo obligó al retorno. Corría y descansaba, quería y no quería llegar al hotel: la certidumbre siempre es un lastre para el espíritu. A su arribo, Jad y Eve limpiaban y ordenaban el establecimiento con afanosa insistencia, apartando a los animales lascivos que hacían cabriolas por doquier. “¿Dónde están los puertorriqueños?”, preguntó Erasmo casi a gritos y, sin esperar respuesta, fue hasta la alcoba de los Mejías. El escenario despejaba cualquier incógnita: Walfredo y Élide estaban encima de la cama ya muertos, los frascos de barbitúricos explicaban el deceso por sobredosis. Erasmo, como en un film dramático, buscó el saxofón y lo colocó al lado de Walfredo.
Jad, inmune a la tragedia ajena, notificó las defunciones mediante los datos que exigía la autoridad, y separó del comedor las respectivas sillas de los fallecidos. La misma furgoneta y los mismos gendarmes, ¿o serían otros idénticos?, llegaron al hotel para acarrear los cadáveres. Jad suscribió la planilla de escudo gubernamental y se despidió de los policías con un apretón de manos. Por la noche, Eve sirvió carne y legumbres, sin cerveza.
Jad, Eve y Erasmo prosiguieron la convivencia de quienes creen en el desenlace de un acuerdo insoslayable. Dialogaban sobre oquedades y temas insustanciales, miraban a contraluz, eludían honduras. Erasmo cambió de habitación para estar más cerca de los dueños, pero no justificó la necesidad de la cercanía (tampoco era imprescindible); y retomó sus andanzas de vano arquitecto a plazo fijo, escarbando iglesias carcomidas y vigas con polillas, santuarios y balcones, escalinatas y herrumbres, pero dejó de anotar minucias en el cuaderno (tampoco hacía falta). De nuevo el insomnio lo invadió de evocaciones e infortunios de familia, y no bastaron las ovejas oníricas para la recuperación del sueño: allí estaban, como fantasmas solícitos, todos sus parientes en ávida espera de que los acompañase.
Dentro de la vigilia de la madrugada, Erasmo sintió unos quejidos extraños y continuos y se levantó de la cama. Salió al pasillo, los gatos dormían espejismos libertinos, siguió hasta el cuarto de los Foulton y no había nadie, entonces afinó el oído y las premoniciones y bajó a la cocina, ciertamente los quejidos surgían de allí. Abrió la puerta a golpe de impaciencia y vio los hechos: Eve se había cortado las venas con su cuchillo culinario  y se encontraba sobre las baldosas en medio de una extensa laguna de sangre; mientras Jad, de rodillas, gemía y se preguntaba “¿Por qué, Eve, por qué lo hiciste? Y al distinguir a Erasmo, se secó las lágrimas y con un rugido militar le ordenó: “¡Váyase de aquí inmediatamente, cerdo suicida, váyase y no vuelva nunca más!”.  
Erasmo nada respondió. Se dirigió a la estantería donde estaba la colección de armas, tomó la Beretta 92 y fue a cumplir su fatalidad en otra parte.












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