htlm> 'data:blog.locale' xmlns='http://www.w3.org/1999/xhtml' xmlns:b='http://www.google.com/2005/gml/b' xmlns:data='http://www.google.com/2005/gml/data' xmlns:expr='http://www.google.com/2005/gml/expr'> RELATOS DE TROPICALIA

Entradas populares

viernes, 5 de octubre de 2018

MÁXIMAS MÍNIMAS



                       25 MÁXIMAS MÍNIMAS DEL AUTOR

Aquel hombre no tenía disfunción eréctil, sino defunción eréctil

 La vejez se caracteriza por vivir el tiempo  presente pero en pasado.

Si regañas a tus hijos, ellos se vengarán regañándote a ti cuando sean  grandes.

La ironía es un sustituto de la rabia y a veces de las lágrimas.

La imaginación es la línea más corta entre dos puntos.

En política se acepta la mentira, siempre que se diga frente a las multitudes.

El matrimonio constituye el máximo egoísmo mutuo entre las personas.

Los teléfonos inteligentes embrutecen a la gente.

Algunos se acostumbran tanto a la libertad que se vuelven esclavos de ella.

jueves, 6 de septiembre de 2018

CONTRA-TIEMPO


   
     Abordé el avión de la Japanese Airlines que debía llevarme de Caracas a Tokio, para asistir a un coloquio de hispanistas. Trayecto de modalidades automáticas, ruta habitual en el sinfín de itinerarios. Las aeromozas, delicadísimas y pálidas, como corresponde a la estirpe que las caracteriza, se mostraban serviciales en su oficio de geishas flotantes; la comida era agria pero aceptable (¡mucha soya y exceso de pepinillos!); un aire frío alteraba el confort previsto y los compañeros de circunstancia, viejos con pantalones cortos, damas remendadas, chicos miopes, se dedicaban a ver las películas de desenlace alegre.
     Para fortuna de mis ansias, elegí una botella completa de la Viuda Clicquot, que me tomé en el primer estirar de piernas, dudoso de si el líquido reconfortaría las angustias ancestrales. La concluí bajo el efecto de la pasión etílica y solicité otra en el término de la impaciencia, pues no hay nada más reparador que los grados alcohólicos al compás de un jumbo-jet internacional. Entre las tinieblas de afuera y de adentro, percibí la aureola del infinito: estelas cósmicas, arrebatos silenciosos, incógnitas profundas, pero no me dejé alterar por los hados de ningún misterio y encendí la computadora en la franja banda ancha. Sting cantaba, ajeno a su edad de carbono catorce, Shakira lucía un ombligo casi perfecto, el petróleo aumentaba de precio. Cambié varias veces el foco digital, y para evitar el letargo me dediqué a los pronósticos del tiempo. En Japón, según los palomares del observatorio, haría un frenético calor amarillo; y en el resto del mundo sin ojos a rayas, los termómetros no lograban acuerdos (bufandas o camisas, chaquetas o pomadas para el sol).

martes, 4 de septiembre de 2018

MALDITO ELOGIO DE LOS RECUERDOS

Resultado de imagen para VIEJO DE ESPALDAS CON BASTÓN


Cuando abrió la puerta, supe que don Heraclio Carranza iba a morir. Él me extendió su mano acostumbrada a las ceremonias, y yo la mía de estudiante imperfecto. No cruzamos palabras sino intuiciones.
Me condujo hasta la biblioteca a través de un limpio desorden de muebles Chipendale y faroles en desuso, torsos de metal, estampillas entre vidrios, gatos que alargaban las sombras; todo parecía dispuesto para la eternidad.
–Siéntese ahí –me dijo, o me ordenó, estirando los labios.
Le miré en pretérito. Recibía el Premio Nacional de Literatura y los individuos de la Academia, con sus bastones numerados, hicieron fila, entregaron el diploma y escondieron la envidia. Don Heraclio, herencia caribe de los siglos de España, proclamó en el discurso: “¡Escribo para el infinito porque soy finito!”; y yo aplaudí, desde la última silla, esa parábola de mi propia existencia y me fui a releer la obra del Maestro; imágenes en cada línea, una reflexión sabia y desconcertante a la vez.

lunes, 3 de septiembre de 2018

RECETA DE REQUIEM

Jean Luc, el obeso, el grandilocuente, el cronista preferido de la gula y la burguesía, no sabe por qué ha comenzado a morir a ras de huesos.
 Quien paseó su gordura por los mejores restaurantes del mundo ya no se escalofría con los sorbos de un martini, “bien seco, por favor”. El pato a l’orange le produce estragos de ruido universal, y los sorbetes helados son llamas de fuego polar dentro de sus padecimientos rutinarios. El periodista se inquieta ante el roce de la muerte: oblicua delgadez, magnitud de cuencas, espanta-ojos para pájaros. Aun así, debe salir en procura de temas sólidos y vinos agrios que conmuevan a sus lectores el próximo día. “Jean Luc, el irónico, el demoledor, el Brillat Savarin de estos trópicos...”.
Públicas alabanzas y martirio de cucarachas nocturnas, pues nadie comprende que está encadenado a la ruina de la soledad. Nació frente a una plaza con palomas, donde el eco del mar lo llamaba Ferdinando. Luego, la simpleza autoritaria del colegio de jesuitas, “No matarás, no fornicarás, no desearás a la mujer del...”. Después la universidad o la constatación del fracaso: “Me voy a París, nadie me obligará a construir edificios deformes”.

domingo, 2 de septiembre de 2018

PERIPECIAS DE UN ESTUDIANTE SUBVERSIVO DEL 60

Yo nací en una localidad de esta ribera del Arauca vibrador, y soy hijo de mi mamá (evidentemente) y de un padre que nunca me reconoció. Por eso sólo me llamo  Marcelino López. “¿López qué?”, preguntaban algunos con ironía; y yo contestaba “López sin más apellidos, como el hijo de la puta que te parió”. Y no continuaban insistiendo porque sabían de mis habilidades en la arena de los coñazos boxísticos.
De aquel pueblo no hay mucha tela para contar. Poseía dos calles principales y una misma tradición de vicios nobles e innobles. Entre los nobles, estaban el trabajo de “sol a asombro”, la disposición de tomarse cualquier cantidad de cervezas, y el uso abusivo del sexo (inclusive con animales de corral); y entre los innobles, el chisme calumnioso y la manía de apoderarse de tierras ajenas. Yo disfrutaba de la primera categoría de vicios, exceptuando el trabajo porque me hallaba sin empleo; y nunca me sentí agobiado por el segundo grupo de vicios, pues acepté mi condición natural de hijo idem y no tenía bienes raíces que fuesen objeto de envidia.

miércoles, 11 de julio de 2018

COMISARIO INVESTIGA CASO DE ESCRITOR FALLECIDO


Cuando sonó el teléfono de su oficina, el comisario Dolande leía una novela de detectives. El jefe, del otro lado de la línea, como si lo estuviese mirando le dijo: “Dolande, deja ya esa vaina y ven rápido a mi despacho porque debes encargarte de un asunto urgente”. Dolande hizo un personal gesto de fastidio, marcó la página que estaba leyendo, cerró delicadamente el libro (La llave de cristal, de Hammet, cuya edición barata revisaba por cuarta vez), y se dirigió al cubículo del jefe, un espacio de pocos metros que por halago burocrático todos llamaban “despacho”. Entró, pero el capitán Azuaje casi no se veía debido al humo que brotaba de su eterno tabaco. “Pasa, Dolande, no te quedes ahí como una momia siria”, y Dolande entró y se sentó con ganas de aclararle que las célebres momias no eran sirias sino egipcias, mas el jefe empezó a hablar atropelladamente: “¡Dolande!, acaba de suicidarse en su biblioteca el doctor Ricardo León-Vigas, gran intelectual de la  Patria y además cuñado del Ministro de Relaciones Interiores, ¿tú me entiendes, Dolande?”. Aunque no había nada qué entender, Dolande efectuó un ademán afirmativo, y el jefe prosiguió: “Te me vas de inmediato para la residencia del doctor León-Vigas, procedes a levantar el cadáver junto con los forenses, interrogas a todo el mundo, espantas a los periodistas y a las cámaras de televisión. Es un caso delicado por las implicaciones, actúa con mucha suavidad e inteligencia, Dolande, como tú sabes, Dolande, porque a ti te gusta leer novelitas y te agradan los escritores vivos o muertos, ¿me entendiste, Dolande?” El comisario, harto de oír la repetición de su apellido y sin comprender muy bien lo de los “escritores vivos o muertos”, partió al lugar de los hechos.

domingo, 8 de julio de 2018

RENATO COLINAS, EL CANTANTE DE LOS OLVIDOS CIRCULARES


                                              

Supo esa noche sin estrellas que algo iba a ocurrirle: los presagios volaban como briznas secretas y el aire daba vueltas con filosa intensidad. Cosmos profundo, estrépitos inaplazables. Había cantado en El Arca quince boleros únicos e íntimos, para unos oyentes bajo estricta exasperación alcohólica (machos sin esperanza, mujeres de amores líricos), y debió repetir la mitad de las interpretaciones, “¡Otra, Renato, otra!”, porque de lo contrario sus ebrios adeptos caraqueños, hinchas  del desenfreno,  nunca lo hubiesen dejado en paz. El establecimiento, una oposición de falsas cúpulas y murales arcaicos (como si lo adverso formase causa común), distaba mucho de los sitios patrios que lo acogieron por allá, El Ágape, La Tinaja, Las Buganvilias, a él, al magno Renato Colinas, La Voz de Oro de México, soberbio tenor oriundo de Tamaulipas, impecable monstruo de las salas aztecas, chaparrito agigantado, cuate por las cinco o seis orillas de la existencia, amigo gemelo, socio hasta para los infortunios, padrísimo compadre impar.

domingo, 20 de mayo de 2018

GLORIAS DE TRASPATIO



     Juro que no fui la amante de Hernando Carlos Amézquita, polígrafo sagrado y consagrado. No fui su derechura de mujer ni formé parte de sus atónitos deseos. Me correspondió ser el sesgo de su sombra, la dueña de las llaves maestras, la voz de al lado, la mano de su voluntad yerta. Nadie sabe todavía que falleció esta noche, a golpes suaves de corazón.
        Lo he vestido lentamente. Escogí, para sus luces de cadáver, el vanidoso traje con el que recibió la banda cervantina, en un Madrid lleno de reyes y de elogios. Le anudé la corbata de anémonas, “ésa me gusta, Beatrice”, para que combinase con un fondo de pechera francesa. Le calcé los zapatos de cabritilla, moldeables a fines eternos. Lo peiné, sin olvidar la raya surcal, y le impuse -otra vez y en soledad- sus condecoraciones ilustres, su merecido latón perpetuo.
   Quiero disfrutarlo un rato más así, inmaculado y senil, compartiendo con él los desgastes del tiempo antes de proferir la noticia: “¡Murió el gran escritor Amézquita!”, porque luego vendrán todos los periodistas del orbe para congelar su imagen en retratos dormidos, y yo tendré que arrinconarme, con mi cofia y mis llaves, como un verdadero animal de los adentros.

miércoles, 18 de abril de 2018

ENTRE LUJURIAS Y FANTASMAS

Nadia  escondía  sus tumultos de  dieciséis años, para evitar el espectáculo de un cuerpo que inspiraba plenos desacatos. Ella no conocía a Marlene Dietrich, pero sus piernas eran de real similitud sinuosa. Jamás tuvo la dicha fílmica de ver a Sylvia Kristel, aunque ambas se pareciesen en albo desplante de pieles. Nunca se identificó tras el busto expansivo de Jane Mansfield, porque tanta sapiencia le resultaba ajena. Y ni siquiera estableció paralelismos con la fecundidad lúbrica de Madonna, pues su mundo no superaba los rituales del barrio común.
  Una húmeda circunstancia de ojos la perseguía por doquier. Su sola insinuación desentrañaba aturdimientos, fogosidades, delicias perversas, caminos ignotos. Y por mucho que encubriese aquel regodeo de esplendor, aquella lascivia opulenta, los hombres la fornicaban a solo golpe de vista.

lunes, 16 de abril de 2018

CON LA CORBATA DE MALLARMÉ


Cuando enfermé por primera vez, ella olvidó su joven inexperiencia y fue en busca del médico. Conservo la escena con brumosa certidumbre: mi asfixia absoluta y Paula queriendo revivirme a gritos cálidos. Un vestido de flores le exaltaba sus angustias, como si necesitase de adornos para aderezar el caos. “¡Ya vuelvo, amor, no te inquietes!”.
Desde que nos conocimos la duda tenía fuerza de plenitud, porque nos separaban veinte años y varios mundos superpuestos. Yo, el maestro de leyes, el juez, el abogado de las causas incorruptibles. Paula, la alumna que tomaba notas y se deshacía en una cabellera rojiza. Yo, viudo, misógino, fatalmente reservado. Paula, secretaria de una agencia inglesa para negociantes nórdicos. Yo, una corbata de lazo siempre a lo Mallarmé. Paula: “¿Quién es ese Mallarmé?”. Yo, con mis pijamas y mis fríos nocturnos. Paula, con un olor de sol entre las piernas.

martes, 27 de marzo de 2018

NUESTROS DICCIONARIOS PARA EL OCIO

OTRAS PALABRAS DEL DICCIONARIO  DE LA IRREAL ACADEMIA 


Como bien lo informara la prensa en su oportunidad, se celebró en Zacatecas, población de México lindo y querido, el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, con asistencia de los escritores más conspicuos del planeta, entre ellos Camilo José Cela y Gabriel García Márquez, dos premios Nobel que aprovecharon la oportunidad para electrizar a la asamblea con sus geniales «lenguaradas».
Camilo José Cela dijo que tenemos español para rato, porque quizás morirá dentro de tres mil años… si acaso posee un ocaso. Y el Gabo habló de la riqueza del castellano, afirmando que en Ecuador hay 195 nombres para el órgano sexual masculino, que el verbo pasar posee 54 significados, y preguntó cuántas veces «no hemos probado un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón y una cereza que sabe a beso». Por otra parte, nos abstenemos de comentar el criterio de García Márquez sobre la ortografía, porque seguramente constituye otra de sus «maravillosas» boutades.
En homenaje a la magna lengua de Cervantes, proseguimos nuestro Diccionario de la Irreal Academia:

ACALORO. Forma imperativa de llamar a los loros.
AMASIJOS. Dícese de las madres que quieren mucho a sus descendientes.
AMINOÁCIDO. Expresión que se utiliza para rechazar algo ácido.
BALALAICA. Bala que no cree en nadie.
BOCANADA. Hambre.
CACOFÓNICO. Malandro que habla en alta voz.
CACHIPORRA. Cuando nos ponen cachos y a la vez nos mandan para la porra.
CALIGRAFÍA. Manera como escriben en Cali, Colombia.
CULANTRO. Prostíbulo.
CUNAGUARO. Barquisimetanismo para nombrar la cuna de los niños.
ESPUTO. Palabra para calificar a quien posee muchas novias.
FALOPIO. Miembro sexual de los pollitos.
FILAMENTO. Mentarle la madre al que se colea en una fila.
FORNICAR. Tener relaciones dentro de un carro.
HIDROFOBIA. Rabia a Hidrocapital.
ILÍACA. Obra del mismo autor de La Olisea.
IMPERMEABLE. Que no deja pasar el orín.
MALVERSACIÓN. Hacer poemas infames.
MONITOREAR. Fiesta brava pero con monos.
PALIDUCHO. Diestro en echarse palos.
PEATÓN. El que anda con una rasca por la calle.
PERITONITIS. Enfermedad que sufren los peritos.
PRORRATA. Movimiento en favor de los roedores.
RADIOGRAMA. Oír radio sobre el césped.
RETACO. (México) Taco grandísimo.
SANFORIZADO. Santo patrón de la industria textil.
SEBORREA. Tener amores con una presa.
TELETIPO. Actor de T.V.
VIVÍPARO. Huelga que uno padeció.
XENÓFOBO. Horror al busto de las mujeres.

domingo, 25 de marzo de 2018

SUEÑO DE CONTRAPODER

Resultado de imagen para IMAGEN DE MITAD CABALLO Y MITAD MARIPOSA
Alirio nubla el atardecer con bocanadas de su último cigarrillo. Ni siquiera lo alegra la salsa timbalera que tocan los chicos de la barriada: “A la Rigola yo no vuelvo más...” Voltea y observa el rancho piramidal, recubierto de periódicos cálidos que lo protegen contra fríos en jolgorio, y se da cuenta de que ya ha alcanzado “el reino de los cerros”, se percata de que habita en un ámbito misérrimo disfrazado de progreso, tomate Ketchup, televisor Sony, pantalones Wrangler a lo “super star”. Alirio, maestro de obras maestras (o profesor a secas) medita en la espiral inflacionaria de sus permanentes derrotas: el cartel que cuelga del ocioso deambular cotidiano (“Personal completo. Favor no molesten”). Gregoria empecinada en envejecer de veras, los tres hijos que juegan terribles a venderle baratijas a la nocturnidad. Alirio, con sus cuarenta años milenarios, rebusca en los bolsillos un tabaco inexistente y se distrae gastando las pupilas contra los tótems de desperdicios, la quebrada tan oscura como cañerías visibles, los perros que han crecido a fuerza de patadas ceremoniales. Desea tomarse un café tinto y bien cerrero, quizás para acordarse de pretéritos furtivos, pero sabe que a esa hora Gregoria está eléctricamente enchufada a su radionovela, “¡Maldito!, ¿por qué me engañaste?, ¿por qué te fuiste con una doncella mentirosa?”. Alirio al fin sonríe y sus manos rítmicas se apegan al desbarajuste de tambores: “A la Rigola yo no vuelvo más, más...”

lunes, 12 de febrero de 2018

MINUSVÁLIDO MUERE EN LÍNEA DE FUEGO ENTRE BANDAS

       
       El cojo Gómez ve con mirada estática hacia un punto muerto como él. Las muletas quedaron a ambos lados del cuerpo, para reafirmar en la iconografía criminal su identidad de minusválido.
         Si alguien escarbase en la semblanza de Gómez, pudiera discernir que sufría de parálisis desde su niñez, que luchó (digamos, a pie juntillas) contra la falta de equilibrio, y que laboraba como rústico vigilante (siempre sentado) en la empresa de autobuses troncales. ¡Cuarenta y dos años hechos añicos! ¡Una esencia de anormal normalidad, aunque sin traumas en las neuronas!
        La vida del cojo Gómez era de opacos y renqueantes metros: dormía en un cuartucho cerca del trabajo, devoraba (allí mismo) la ración de viandas insípidas que le preparaban las vecinas altruistas, fumaba en hilera los cigarros de sus marcas favoritas (todas), bebía poco alcohol no por prescripción facultativa sino por orden de los patronos, sonreía sólo a veces porque le faltaban causas para la irrisión, leía las letras de los buses pero le costaba mucho astigmatismo el abecedario de los periódicos, iba al cine únicamente el 31 de diciembre (para celebrar), se comía las uñas con extrema pasión, coreaba sin límites ni husos horarios la única canción que se sabía (Allá en el rancho grande), y amainaba las dolencias de las piernas mediante yerbas que le surtía un pasajero naturista.
        El cojo Gómez se afirmaba en las negaciones: no tenía familia ascendente ni descendente, carecía de retratos de colegio y de remembranzas en grupo, no le sobraban amistades pero tuteaba a todo el mundo, odiaba a los perros de la calle y a los gatos de cualquier hogar (quizás por una turbia inquina personal), nunca deseó ganarse trofeos de olimpíadas lisiales ni distinciones de handicap, jamás pensó en enamorarse de mujeres de hueso y carne, reducía la política a infinidad de insultos contra quienes la ejercen, detestaba que le hablasen en tono penetrante o acorralándole el oído medio, no le ajustaba ningún gobierno, y huía -con la máxima velocidad posible- de los gendarmes policiales y de los guardianes del (des)orden público.
El cojo Gómez, aunque parezca ficción fantástica o crucifixión real, poseía la recurrente quimera de comprarse un auto amarillo y supersónico, modelo A-XXI, recién disparado de los hornos de la fábrica, con mandos para minusválidos y butacas para las curvas vertebrales, un automóvil mayestático, digno de dignatarios, lujo de una élite minúscula, prototipo de la supina elegancia y centro específico de encomios mayores. Un auto cuyo chofer no sería el cojo Gómez ni el renco Gómez, sino el gran señor Gómez,  un desenvuelto caballero, un patricio, un patriarca de la sociedad de consumo.
Y mientras el chueco Gómez soñaba, desdoblado en el otro, las bandas tomaron los flancos opuestos de la calle: la banda de Cerro Arriba y la banda de Cerro Abajo. Dirimían una cuota de drogas, o una afrenta diaria, o un insulto de pequeñas infamias colosales. Principió la guerra y Gómez se ajustó, con dormida paciencia, el cinturón de seguridad del auto amarillo y transparente; ningún suceso podía apartarlo del ensueño, ninguna ráfaga, ningún atisbo.
         Las balas tomaron por asalto el aire y las circunstancias: todas las piernas huyeron salvo las flácidas, y la llama  correspondiente a Gómez se le incrustó en el corazón. Rubén Blades hubiese procreado como cantautor testimonial, una famosa  salsa de muletas al viento, pero sobre el callejón nada más se encontraban el cojo Gómez y un etéreo automóvil amarillo para conducirlo a su destino.















         

viernes, 5 de enero de 2018

TEXTAMENTO

Mi existencia, para decirlo con la verdad en el puño derecho como los milicianos de otros siglos, ha frecuentado un mustio rumbo, un vaivén indeseable, un poderío juvenil que se convirtió en melancólicas argucias. Ya casi no tengo cabello y me cuesta la firmeza de la respiración, estas piernas tiemblan de solo cumplir actos reflejos, veo mediante marañas de obstáculos, hablo (por lo bajo) sin asiduidad de interlocutores, concibo planetas de perpetua inercia, y ya dejé el cigarrillo -vicio noctámbulo- porque la tos aceleraba mis arritmias. Oigo música desde el amanecer, sus melodías lustran el espíritu y se convierten, digo yo, en palabras recónditas o en claras naturalezas: recursos para que el tiempo no me vuelva un fugitivo del porvenir. Afortunadamente, he desechado la colaboración de los médicos y la ayuda de unos bisturíes al interés por ciento cuyo objeto es quitarnos el dinero.
 "Pienso, luego resisto"  podría ser la máxima de mis pasos vitales. Avances, huidas, enmiendas, nuevos derrumbes, círculos concéntricos, etcéteras sin expiación. Al atravesar la puerta escogida, ya no habrá fuerza posible que cambie el destino, ni voces de los adentros capaces de mitigarlo; siempre reflexiono sobre  “suerte” y “muerte”, pues  sus opciones difieren en una simple letra. 

martes, 2 de enero de 2018

¿DÓNDE ESTÁS, ANDREA IBARRA?

          
            
(La memoria ejecuta tumbos inexcusables, viene o se va con imprecisiones y desvaríos. Finalmente todo ocurre en un tiempo extraño: la imaginación se muerde la cola y gravita sobre sí misma, lo acontecido tiene brillos opacos, el porvenir es el ojo de una mezquina cerradura. A veces nos engañamos en provecho de la supervivencia).
Andrea arribó a la Escuela de Letras como una fulguración, para dilatar nuestras pupilas con su cuerpo de inclementes vibraciones. Era octubre y hacía frío, se iniciaban las clases. —Me llamo Andrea Ibarra Bernárdez —dijo enseguida—, cumplí dieciocho años, acabo de graduarme de bachiller y juro ante el mundo que seré una gran escritora—. Sumiso silencio, expectativa global. Ella entonces se ubicó en el primer pupitre, cruzando las piernas, y yo pensé que era una Beatrice, divina y rediviva, escapada de la Comedia del Dante. O una Venus renacentista con zapatillas de deportes. O una actriz lumínica, como Ava Gardner en sus días de belleza terrible y martinis secos. Todos, a secretas voces, decidimos conquistarla para fines nada literarios, porque la joven nos incrustaba su sensualidad por cualquier hendija voluptuosa, igual que un terremoto portátil, un vuelo subterráneo, un silencio a gritos. Me enamoré en mitad del extravío, nadie puede contra el destino.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

GUERNICA FONDO BLANCO

 El Bar Restaurant Guernica está ubicado en el corazón del barrio La Candelaria, o mejor dicho, en el hígado de los asiduos clientes, o con mayor propiedad, en medio de las tardes embarazadas de hastío, y sus botellas forman hileras de risa en los estantes junto a una colección de yesqueros que enciende volcanes de palabras, y sus mesas de tres patas —a la altura de diez whiskys y cien millones de sueños— parecen gatos erróneos que buscamos para justificar la exacta verdad de los absurdos, y los mesoneros confunden sus corbatas de pingüino con el frío polar de las cervezas, y los camarones duermen sus iras dentro de una salsa de ajos que los previene contra el mal aliento de la muerte, y las zarzuelas de mariscos poseen tanto color que saben a girasoles de Van Gogh y a amarillos de luciérnaga, y yo pido un Old Parr sobre las rocas de un iceberg tropical y tú pides un Martini seco para ver si rompes la docena récord de Ava Gardner

ASALTO DE PELÍCULA

El film Zona Escarlata, nominado a cinco premios Oscar de la Academia de Hollywood y otros tantos del Círculo Ojo Sapiens, de Roma, hizo que un vasto público con deseos de trepidar emociones frente a la gran pantalla, formara largas colas en el Teatro Esex: último grito de la modernidad por sus butacas ultra-reclinables, su atención personalizada de refrescos y palomitas de maíz, y un aire de soplos gélidos que equilibra las transpiraciones de las películas violentas. Ayer, como en las demás tandas, la sala se llenó de caraqueños afanosos del hipnotismo cinematográfico y de los exilios de la rutina. Función de las 9 pm, afuera llovía.
La cinta, como corresponde a las superproducciones, empezó por mostrar un sinfín de escenarios en cascada visual: cielos que se derrumbaban sobre una ancha megalópolis, colosales edificios gemelos y emergentes, calles inagotables, helicópteros de revoloteo perfecto, policías con cascos grises y metálicos, detectives embozados y unos ladrones-asesinos-facinerosos que robaban y huían. Acto continuo, la persecución de automóviles a velocidad mortal, los volcamientos de rigor, el surround de la metralla, los choques mutuos y fantásticos, los cadáveres encima del macadam…

viernes, 1 de diciembre de 2017

ASESINAN A DETECTIVE AFICIONADO

Revisó el buzón de correos y su éxtasis se materializó en una alegría casi de llanto: por fin la Academia de Investigadores Privados, de Miami, USA, se dignaba a enviarle el honroso título, “Otorgamos el presente diploma a Abelardo Ramírez que ha terminado sus estudios con méritos cum laude, autorizándolo al ejercicio de la profesión de detective, sujeto a las limitaciones jurídicas de aplicabilidad nacional e internacional” (firma ilegible y sello húmedo en forma de triángulo con el slogan No hay delitos sin culpables sino malos pesquisas). ¡Negocio de gusanos en emigración, sin duda!

MENTIRAS TUYAS

Hoy se cumplen dos años y un naufragio de conocerte, o seis eternas magnolias al lado de tu retrato, o diez por diez exilios de mi mismo, o varias artritis en la voluntad por motivos que guardo con pasión. Suma y sigue, querida. Llegaste bamboleando las caderas dentro de aquel kimono fucsia que irradiaba minutos expectantes; y yo, a la luz de la oscuridad, agucé las dioptrías para verte mejor, ¡inquieta ballena erótica de las playas del Caribe!
Conocerte es un decir porque en esa fecha empecé a desconocerte, pues tu identidad significaba el enigma de los faraones y la popelina egipcia, el eslabón más antiguo de los siglos, la última gota de duda en el desierto de mis neuronas: un día afirmabas con todos los yerros que te llamabas Paula, y al siguiente te ponías loca extrema si no te mentábamos Ifigenia. Absoluto modelo cortazariano para desarmarnos, animal sietevidas, oráculo del pretérito imperfecto.

jueves, 30 de noviembre de 2017

SEXO SENTIDO

     Maximiano ve, desde su mecedora, cómo la línea del horizonte oscila hacia arriba y hacia abajo, y no logra atrapar el punto eterno, la seguridad de una quieta permanencia: está condenado a la inerte inercia del tiempo, a la cadencia Strauss de una madera de patas curvas, y pensar que yo, Maximiano, morrocoy de cueros escleróticos, potro traqueado por los traumas, caracol de cien mares promiscuos, todavía tengo sangre gruesa en las arterias, potencia para regalar, pene sin pena, verga vergataria que asombraría al más truculento de los marineros del Caribe, y conformarme aquí (¡cuánto deslustre octogenario!) con observar la impetuosa carrera de las niñas de quince años, el brote explosivo de sus senos atómicos, su nalgudo superávit. Quién pudiese llamarlas una por una, ¡chiquita, ven acá!, ¡mucho busto, encantado de conocerte!, y convencerlas luego para que me bajen de esta silla impaciente, ¡así no, doucement!, y procedan luego a despojarme de mi virginidad de viejo, y nos amemos en espeso embrollo de estrías y lisuras, y jueguen —estupendas, toscas e insólitas— a nadar encima de mi tumescencia, y yo empapándome de sus cabellos a contraluz de cielos jóvenes, activando mi próstata jubilada, destilando impulsos de espermatozoides veteranos, ¡carajo, quién pudiera! Siempre los demás me trataron con la distante compostura de una admiración ilímite, "Maximiano Rendón, abogado, doctor en Ciencias Políticas, ministro", sin saber, pendejos, que sólo me interesaba la alevosía del sexo, la encarnizada carne, las magistrales infamias del amor concupiscente, y que todo lo que hice en esta cachonda vida fue corretear tras la sabrosura de muchas hembras, mientras los varones —tan de corbata y tan ingenuos— me planteaban conversaciones de complejísima lógica, y yo los atendía desdoblado en ojos perseguidores de pechos, piernas y otros abombamientos: "¿Qué opina, doctor?", y por cortés esclavitud estaba en la obligación de responder un dislate afín: "Completamente de acuerdo, me parece munífico su criterio", aunque desease en verdad desabotonarme braguetas y prejuicios para emprenderla allí mismo contra las hendijas de mis venerables amigas, las mujeres.

martes, 14 de noviembre de 2017

EPICENTROS DE VARIAS VIDAS




El comandante Ulises, barbudo y guerrillero, huye por cuestas y espesuras de los asedios del ejercito. Le acompaña, como una vehemente sombra fiel, su camarada Fabio, hermano desde las aulas de la universidad. Ya no recuerda, ¡poco importa!, los años que lleva en esa utopía de la insurgencia: la consigna es luchar hasta vencer, aunque los cielos sean adversos y en ocasiones sienta que falta mucho aliento para imponerse a los enemigos.  Llueve y no escampa. Cualquier eco determina un alerta, incluso  las gotas de aguacero.
Ulises y Fabio casi no hablan. Saben, desde la intimidad, lo que van a decirse; por ello prefieren los largos silencios, la elipsis de las redundancias, la omisión de las palabras sobrantes. Caminan hace días por la montaña de El Cristo, desde que la reunión del Frente decidió que todos los camaradas se dispersaran para luego reagruparse en la capital. Ulises no estuvo de acuerdo, pensaba que sería dar marcha atrás a las acciones de combate, un repliegue inútil. “¿Inútil?”, vociferaron los demás. “No tenemos municiones ni comida, los contactos de apoyo se han debilitado, el ejército nos rodea y persigue. ¡Ulises, entiende!”. Ulises acató la decisión de la mayoría, Fabio hizo lo mismo, y ambos partieron como inseparables espíritus armados.

lunes, 13 de noviembre de 2017

LA ROJA VIDA DE CAPERUCITA



          Desde la cama y a las once de la noche, un monstruo de nueve años me ruega a gritos que le cuente un cuento. El monstruo que lleva mi mismo nombre, usa lentes contra la miopía y razona con palabras de cuarto grado, es, por supuesto, mi hijo. Recuerdo en ese momento, un grafiti que vi rugir en los muros de la Universidad: “Los niños son locos chiquitos”, y recuerdo también la modesta proposición de Jonathan Swift: sacrificar a los párvulos para vender su carne a personas de calidad y fortuna. Como por motivos de solidaridad familiar no me es posible encerrar al pequeño en un establecimiento psiquiátrico, ni ofrecer sus costillas en remate público, le refiero una historia moderna basada en cuento antiguo:
        En un barrio marginal vivía una alborozada muchacha llamada Caperucita Roja, que era famosa por sus pezones en flor y su adicción a la marihuana. Tenía tres entradas a la policía y muchas salidas a las discotecas nocturnas, aunque su madre nunca supo de tales peripecias por estar ocupadísima atendiendo una venta ilegal de cerveza en el sagrado comedor de la casa. Caperucita no iba a la escuela porque prefería las enseñanzas de la televisión, sólo leía fotonovelas para no forzar su preclaro retardo mental, y —sin problemas axiológicos— aspiraba casarse con un valiente asaltante de bancos o con un minucioso falsificador de dólares. “Lo mío es el goce”, solía expresar parodiando una hedonística balada de Tito Rodríguez, mientras se rizaba la tenacidad de sus pestañas y se pintaba los labios con el carmesí de un ansiado porvenir. Caperucita era una adolescente que no adolecía de nada: piernas de estatua, glúteos de estatua, cerebro de estatua, sobre todo cuando estaba durmiendo, porque al ponerse en movimiento más bien parecía una verbena de la sexualidad, un festín de pieles, un erótico postre de lascivias con vainilla. Y ella, que se suponía tan demoníaca como Marlene Dietrich en El ángel azul, paseaba sus olores de cangrejos profundos por la hermosa suciedad de la barriada, y no había caballero fálico que no la reverenciara con un leve dejo de cabeza (afirman que un tío la sentaba a menudo en el tiovivo de sus muslos para hacerla reír; otros relatan que el último padrastro murió de embolia seminal al verla tête a tête completamente desnuda).

domingo, 12 de noviembre de 2017

RELATOS DE TROPICALIA


RELATOS DE TROPICALIA
 IGOR DELGADO SENIOR             
Literatura, naturalezas casi muertas, sutilezas vivas, palabra de humor, futuros en retroceso, adivinación de pasados, presentes insolentes, truécanos, retruécanos, erotismo, derrotismo, y de todo una pizca como en la (in)humana globalización actual.





jueves, 9 de noviembre de 2017

LETRAS BREVES

             

            (CONFERENCIA  CASI INSTANTÁNEA)


Los novelistas y cuentistas, amigos, han atentado contra la paciencia y la sapiencia de los lectores; lo digo yo que tengo un largo trayecto elaborando folios, infolios y volúmenes enteros de tenaces obcecaciones. “¡Está loco del cerebelo que es más grave que padecer del cerebro!”, vociferarán los críticos, pero poseo íntegra razón y debo explicarme frente a ustedes en provecho de la seriedad académica.
Pido excusas por mi tos asmática, producto de un vicio que no mencionaré, y vuelvo al meollo central: la literatura. Ella, como se ha concebido hasta hoy, resulta egoísta, castrante y de una vanidad absurda, porque los creadores (¡Ah, los muy fatuos!) no solo olvidan a los lectores sino que pretenden que estos se sumen a sus planteamientos. Los arrastran, cual perros con cadena, por las avenidas fijas de la palabra escrita, los envuelven y atosigan como si fuesen seculares mentecatos, les cortan a daga de tinta el espíritu imaginativo. Y, encima, en una burda estratagema mercantil, les exigen que adquieran sus libros; pero de suceder lo contrario, o sea, la absoluta falta de público interesado, se deshilachan las vestimentas y reclaman ¡justicia, justicia! Por suerte, no hay tribunales que se ocupen de los dolores del alma.
Los “literatos” nos han legado millones de páginas huecas y deleznables, con reiteraciones que son como un chubasco estulto sobre el mar de los lugares comunes y el océano de las metáforas insípidas, creyendo que la prolijidad es un arte y que la confesión personal -plagada de circunloquios- emociona a la mayoría, cuando en verdad obtienen su tenaz aburrimiento, su fastidio perenne. Perdón, corrijo, no perenne, porque siempre queda la posibilidad de tirar el libro a la hoguera o al cesto de desperdicios. Como observo que algunos oyentes cabecean de un lado a otro en señal dubitativa, apelaré a algunas muestras.
Si un autor, por ejemplo, alude al atardecer, no resistirá la tentación personal de describírnoslo conforme a sus nociones; y allí viene la temible monotonía, pues de seguro dirá: “El ocaso reflejaba sus rayos violeta en los nubarrones del cielo”. ¡Qué barbaridad tan bárbara! ¿Acaso cada quien no sabe lo que es un atardecer? ¿Acaso no lo ha visto y “sentido”? ¿Para qué, entonces, machacarlo?
Igualmente ocurre con la referencia al campo. A mi modesto juicio, un campo se define por sí mismo: tiene árboles, frondas, cultivos y demás hierbas; pero los autores desean que ese campo sea sólo suyo, quitándole al lector el dinamismo de sus propios marcos de universo. ¡Un irrespeto inaceptable hacia el ser humano!
Para concluir los ejemplos, porque las horas del milenio no nos alcanzarían en el examen de tantos dislates, traigo a colación el término casa, quizás el más general que exista, ya que forma parte del continuum de las personas. Pero, ¡he aquí el problema!, los despiadados narradores estiman indispensable detallarnos hasta la saciedad, cuáles son las características de los modelos de hábitat que ellos postulan. “Tómenlo o déjenlo”, expresarían Marcel Proust o Thomas Mann, desde sus copiosas páginas de ataúd, y a nosotros -aquiescentes borregos- únicamente se nos permite obedecerlos…y admirarlos.
¿A dónde pretende llevarnos este hombre de tos cansina y corbata de lacito?, interrogarán ustedes. Y yo respondo para alejarles el sueño y los recelos: mi concepto de la nueva literatura plantea un original y productivo designio, a saber, que los lectores participen en la sustancia de las narraciones, sin cortapisas, sin férulas, sin guías ni vanidosos maestros. Todo residirá en la brevedad, única forma para que el hasta ahora inerte público comience a rellenar las obras con sus caudales de experiencia, pues si escribo “verano”, a secas, sólo cabrá la alternativa de que cada uno y libérrimamente le agregue las propiedades, olores, colores, historias e imágenes que desee. Y eso entraña la desaparición de los géneros, porque será el lector quien establezca, según su criterio, las concisiones del cuento o las larguras de la novela.
No los detendré más. Os lego mis ideas para vuestra meditación, y os lego también cien textos de una sola palabra, con iguales y respectivos títulos, que hoy anoté mientras maduraba esta conferencia: Noche, Angustia, Estertor, Envidia, Magnitud, Carnal, Infortunio…

  Servando Augusto Valladares (escritor y disertante apócrifo)

sábado, 21 de octubre de 2017

CALCO INFIEL DE UN DICTADOR REMOTO

 “¡Malditos carajos revoltosos!”, brama el General Augusto Torres delante del espejo, mientras la multitud lanza piedras contra el palacio de gobierno. Pueblo-multitud, estudiantes-multitud, pobres-multitud. Y el general de cinco estrellas estrelladas se observa las arrugas que le caminan, como microbios vivos, por su cara de gendarme temible, aunque jamás detonase un tiro ni una explosión, pues para ello contaba con secuaces, subalternos y policías.
El espejo le responde: “¡Tenga cojones, mi general!”, y Torres alega: “cojones poseo, lo que me falta es tiempo”. Sí, tiempo para guardar en las maletas los títulos valores y las divisas y los documentos de propiedad, y también los escritos sigilosos a fin de que no queden huellas de ningún escándalo (“Amado mío, hoy te esperare en el lugar de siempre”).