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sábado, 10 de abril de 2021

TARIFAS PARA UN ESPOSO DISMINUIDO

 

                                       

YO me topé con Norberto Alviárez cuando ambos estudiábamos Economía a trompicones y blandíamos los estandartes de la lucha política. Desde que hablamos por primera vez en el cafetín universitario (entre palabras sueltas y un torbellino de iracundias contra el Sistema), supe las reales inclinaciones de Norberto: la música y el sexo; lo demás no le interesaba de veras o sólo le importaba como signos del tiempo. Hoy que lo enterrarán sin elogios de prensa ni avisos mortuorios, sin coronas de claveles ni chocolate caliente, veo su imagen de bigotes y sus manos sobre el piano del Trópical (pronunciado así con ínfulas gringas): un bar de mujeres tristes y cervezas alegres, o lo inverso, donde nos fiaban hasta que terminaba el mes. Norberto  –Tito para los amigos cercanos– era un conquistador de chicas desquiciadas, de locas profundas, de zorras frescas, y siempre se enamoraba como un maniático y les componía canciones pasionales (mitad poéticas, mitad estrafalarias) para mantenerlas en su harem de seductor urbano. Yo me beneficié, por carambola, de tal arca de mozas fermozas, convenciendo a algunas para que también me arrullasen; “Tito me ha autorizado, somos como hermanos de leche”, les decía, y las tipas aceptaban sin mayor obstáculo porque las modas de la época pregonaban la libertad sexual y la toma del poder a toda costa. Tito y yo, yo y Tito, fuimos una inseparable conjunción de caracteres disímiles, de orillas lejanas, de aguas y vinagres, hasta que se marchó al exterior. Ninguno de los dos terminamos los estudios de Economía. Afortunadamente.