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martes, 27 de junio de 2023

EL OSCURO ENCANTO DE LA SOLEDAD



                                                 -I-

      El tiempo gira en su órbita extraña  y un cielo tenso  confirma   las  incógnitas. No siempre fue de ese modo: antes me refugiaba en  los suaves  ardores de la juventud, como  si  el precipicio estuviese detrás y las inclemencias  ocurrieran  decididamente a los otros.  Leyla duerme en la habitación que da hacia la montaña porque  no resiste mi  tos noctámbula ni las luces vehementes  que utilizo para leer; pero nunca discutimos, hay entre nosotros el silencioso armisticio  de quienes poseen iguales escudos y defensas. Tampoco el sexo  nos abruma, pues  a base de metódicas apatías lo encerramos en  el  abandono, o fue culpa de  nuestros vínculos eternos porque mi prima  Leyla  y yo somos parte de un mismo apellido (y quizás similar destino).
      La detallé por primera vez en una fiesta de tíos y nudos genéricos  otorgados por la sangre común. Era diciembre, llovía con fortaleza de relámpagos, Leyla se ubicó frente al ventanal y yo la acompañé sin hablarle: las palabras sobraban en la obvia conjura de la circunstancia. Fumamos, busqué dos tragos, luego la besé larga y hondamente. Al cabo de una semana, compartíamos mi lecho de soltero.
       Los meses transcurrieron como dardos cautivos de la felicidad; hablábamos sin agobios, oíamos a Bach con devoción, el vino  nos acoplaba en el éxtasis de sabores y fruiciones; parecía imposible solicitar más de la providencia terrenal, y por eso el soplo de la duda empezó a atemorizarnos, ¿un mensajero de órdenes adversas tocaría la puerta para anunciarlas? Mientras tanto, y a fin de alejar malos augurios, nos colmábamos de sólido amor.


        Yo me desprendía contra mi voluntad de esa rutina para cumplir tareas  en un semanario y luego iba, orientado por la poesía, a dictar clases en la Escuela de Letras, aunque sin olvidarme de Leyla. Ella salía de paseo a través de absurdos caminos, lo cual me inquietaba más por su seguridad que por celos de varón hogareño; y al regresar contestaba a mis preguntas con evasivas caricias. Admiraba, sin delatarme, su luminosa desmesura, sus franjas de alta pasión, sus espejismos en bosques íntimos. El verano  formaba parte de la trama fortuita, nada era confiable.
      Cuando menos lo pensábamos, llegó una carta para Leyla: el embajador de la India, mediante fórmulas diplomáticas  y congratulaciones de estilo, le notificaba que había sido acordada su petición de beca  para estudiar danzas folklóricas en  Calcuta. Leyla primero sonrió y luego lloró cíclicamente, como si aquello fuese la hecatombe de alegrías y desdichas que  nos reservan los dioses ocultos. Por la noche, se mantuvo en insomnio pleno, hablando consigo misma durante monólogos  temblorosos, seguidos, repetitivos. El nuevo día tampoco le proporcionó el equilibrio de la paz, aunque sus ojos irradiaban luces diferentes; y así, en un claroscuro de voluntad, me pidió que la ayudase a ordenar las maletas. “Iré al hotel de la estación, tendrás noticias mías cuando sea oportuno”,  dijo con voz metálica y partió.
     En la espera, volví al círculo de antiguos hábitos, redoblé lecturas postergadas y asumí el arrojo definitivo ante el procesador de palabras (que es un sabio  artificio para consignar ideas sublimes o fehacientes derrotas). Por fin, recibí novedades electrónicas de Leyla, “Estoy bien y en Calcuta”, y al referirse a la duración de  la beca, la imaginé firme y tenaz  cuando asentó cinco años, y no pude impedir la urgencia de varias lágrimas profundas.
   Nuestros correos, primero semanales y más tarde esporádicos,  aludían a temas generales. Leyla  consignaba  informaciones sobre aquel mundo de vacas sagradas y miles de héroes mágicos, picos con glaciares  “cual serpientes frías”, y una población que las estadísticas no lograban determinar; mientras yo reseñaba circunstancias del rumbo diario, obviando cualquier alusión a ocupaciones literarias.
     Durante la ausencia de Leyla, mi impulso creador produjo  tres libros de relatos y  dos volúmenes de ensayos históricos que según los críticos, obtendrán notoriedad cuando se publiquen. Algunas de estas obras han sido galardonadas en importantes concursos, lo que anuncia un promisorio porvenir. Además, me nombraron director del periódico donde trabajo y ascendí  en el rango de la universidad. Estaba lleno  de júbilo  por tantas gratificaciones, pero a la vez una sensación entre áspera y alegre me recorría el alma sin saber el motivo. Pronto lo sabría.
       Una tarde, idéntica a todas las de agosto, oí que sonaba el timbre. Bajé con morosidad las escaleras  y cuando abrí  la puerta,  estaba Leyla recortada contra el paisaje de la calle. Vestía una especie de túnica azul-triste, calzaba sandalias rústicas, de las orejas pendían aretes que semejaban salamandras, y en ambos lados de la cara tenía tatuajes redondos. Como de costumbre, emitió un “Hola, querido” para inmediatamente dispensarme besos en las mejillas. Yo estaba tan paralizado por la súbita visión que no podía hablar;  entonces detrás de ella apareció un hombre de edad mediana y tenue piel oscura que empezó a saludarme con inclinaciones de cabeza. “Él es  Kiran Nagarkar, mi maestro de budismo zen”, expresó Leyla observándome la turbación, y enseguida emitió un suspiro alarmante, “¡Estoy en casa, bendito sea, entremos!”.  Nada atiné a responder y los conduje, en ceremonia muda, hasta el recibo. Leyla se quitó las sandalias, miró hacia las brumas  del techo y dijo como recitando: “El maestro Nagarkar  será nuestro invitado hasta que logre un ámbito propicio para difundir sus orientaciones, por ahora ocupará la habitación de arriba”. Como yo seguía sin comprender, permanecí en silencio; Leyla subió con el maestro a fin de ordenarle  el cuarto.
     Según estaba previsto por los hados secretos, volví a compartir con Leyla el lecho de soltero perenne; sin embargo nuestras relaciones tuvieron un signo distinto en su hondura e intensidad, pues parecían actos ajenos que no lograba descifrar. Aunque el pasado es obstinadamente irrecuperable, continué en la búsqueda del tiempo perdido como un lúbrico personaje de mi Proust individual. Tampoco el diálogo con Leyla  tuvo la antigua fibra de emociones: ella se limitaba a efectuar  simples inventarios  de sus años en la India; y yo  le respondía de la misma forma. Nuestras naves surcaban riberas opuestas. 
      La coexistencia con Nagarkar no resultó difícil, pese a  su carácter hermético y sus escuetas palabras. Hablaba un inglés lento para que pudiésemos entenderlo, a retazos concluí que desde la juventud había viajado por Asia y Europa, usaba  trajes negros sin marca como los que ofertan en cualquier suburbio del planeta, le gustaba  beber  durante  sus  recónditas meditaciones (lo supe por la botella de ginebra que escondía bajo la cama). Solo en una oportunidad aludió ardorosamente a la reencarnación, nunca  suministraba datos  de familia y, como algo curioso en un preceptor místico, siempre tenía voraces e  indeclinables apetitos.
     Nagarkar inició recorridos con Leyla a través de la ciudad, en busca de local para sus actividades. Salían luego del desayuno  y retornaban casi anocheciendo, armados de una críptica libreta  donde efectuaban anotaciones. Por elemental educación  humana, decidí no formular preguntas azarosas,  aunque  la flecha de los celos me lo susurraba.  Llegué a pensar que tendríamos para siempre a un intruso solemne en la habitación de arriba, pero todo se adelantó porque Nagarkar una mañana, después de anunciarme el acuerdo que había llegado con la  escuela budista Nirvana Celestial, recogió sus pertenencias, me otorgó rituales  abrazos por la  hospitalidad  y  se  dispuso  a partir  junto con Leyla. “Querido,  regresaré tarde, no te preocupes, debo ayudar al maestro”, dijo ella lanzándome desde la puerta el vuelo de un beso.
    Leyla no volvió esa noche, ni la otra, ni la siguiente; tampoco utilizó el  teléfono  para  explicar su ausencia. Dudé si buscarla por Caracas a la luz de vagas e inconexas señas porque el establecimiento piadoso  no estaba registrado en ningún directorio, o tomarme una  dosis doble de pastillas contra  la angustia. En definitiva, escogí  el  letargo  de los sedantes  y solo  desperté cuando llamaron de la Comandancia de Policía porque Leyla y Nagarkar estaban detenidos.
      Me vestí con atropellado esfuerzo y tomé un taxi hasta la sede policial. La ventisca de la mañana enmohecía los huesos; mis nervios, por el contrario, se atizaban de fuegos y sospechas; los guardias cabeceaban su primer turno.  Después de algunas horas, el Inspector-jefe  me recibió para  comunicarme que en cumplimiento de  una alerta roja de Interpol,  habían aprehendido a Kiran Nagarkar, por los delitos de estafa, usurpación de identidad, fraude, juego ilícito y extorsión. Agregó en leve tono de sorna que Nagarkar no era maestro zen ni sacerdote de iglesia budista alguna, con denuncias en  cinco países del mundo. Para terminar, expresó que Leyla sería liberada, luego de que los tribunales  ratificaran  su inocencia;   “y usted, profesor, váyase tranquilo porque está limpio de culpas, nuestras investigaciones son concluyentes, jamás se equivocan”. Partí con la idea de serenarme el estupor, pero fue imposible.
       En breve se dio la noticia  a grandes titulares del suicidio de Nagarkar  en  la celda donde estaba preso, y rápidamente el amarillismo de los medios tomó por asalto la fe del  público  para  decir que se había inmolado “con una daga de bronce que acarrearon desde Calcuta los miembros de su banda internacional”. Aparte de tales engaños, mucho me sorprendió el verídico ahorcamiento de Kiran Nagarkar con el cinturón de sus pantalones negros, y lo vislumbré reencarnado en otro hábil estafador, tomando ginebra de botellas ocultas bajo la cama perpetua  o comiendo sin límites a lo largo de la eternidad. Y también imaginé, en visión paralela, el desconsuelo de Leyla  por la muerte del “maestro” y los tropiezos de alma que  sufriría.
       Un viernes lluvioso, el tribunal acordó la libertad de Leyla  y fui a buscarla al retén femenino. Silente y con el espíritu en el limbo se dejó llevar a casa; parecía la torpe sombra de sí misma. Durante el trayecto jadeó en etapas  como si le faltara aire para conservarse viva, y me pidió un cigarrillo que nunca encendió. Nada le comenté acerca de las últimas ocurrencias ni del suicidio de Nagarkar, pues preferí mantener los sentimientos bajo tierra, los ardores ocultos, las pasiones mudas. Lo contrario hubiese sido la ruta  más corta hacia el caos; todo posee su oportunidad.
       El tiempo sigue girando en su órbita extraña  y un cielo más tenso  confirma  las incógnitas. Leyla se ha guarecido en el silencioso armisticio de la otra habitación; mientras yo, a la luz secreta de antiguas vehemencias, continúo  escribiendo. Pero todo tendrá un final cuando Leyla, ataviada con su túnica azul-triste, regrese a Calcuta para alumbrar al  hijo que lleva en el vientre.

                                        
                                              -II-
          
        Mientras limpiaba, encontré en la computadora el cuento lleno de  equívocos que escribió Roldán; su verdadero nombre  es otro, pero yo le digo Roldán para mofarme del seudónimo que utilizaba en el periódico. El maligno cuento requiere infinidad de aclaratorias, pues confunde hechos, lugares y personajes, exponiéndome al sarcasmo público o, cuando menos, a la ironía de quienes me conocen. Aparte de mostrar errores y alteraciones, nada busco ni persigo, solo hago esto por mi derecho a réplica.
      Empiezo por señalar que me llamo Celia y no Leyla, que Roldán y yo no somos primos ni formamos parte de una misma familia, porque nuestros apellidos Castilla y Castillejo se parecen pero no son iguales; tampoco le conocí en una celebración de tíos  donde nos besamos “hondamente” (como él lo expresa  de manera grotesca), ni  a la semana estaba yo acompañándolo en su cama de soltero. No, no fue así.  
         Yo iniciaba mi carrera como actriz y me asignaron un papel menor en la Òpera de tres centavos que montaba el Teatro Pandemónium. El día de la inauguración  conocí a Roldán, periodista del semanario Artiletras que me doblaba en edad,  fumaba  pipa continuamente y observaba a  los demás como si fueran  piezas de laboratorio. Él me preguntó algo sobre la puesta en escena y yo entré en pánico y le respondí cualquier incoherencia, pero me serené y proseguimos la charla en la cafetería. Me pareció una rara celebridad de otras épocas,  pequeño de estatura  para mi gusto y con un tic nervioso que le hacía entrecerrar los ojos. Recordé a mi padre; y quizás por eso le di el número telefónico para vernos próximamente. Al despedirnos, noté que inflaba el pecho como si  festejara un triunfo.
       Luego de varias excusas y posposiciones,  fui a su apartamento en las afueras de la ciudad.  Me recibió con un  aperitivo “para que entres en confianza” (así dijo), e inició los pasos del ataque: resumen de su vida de soltero, periodista y profesor en Letras, mesa con velas de imitación, arroz chino enviado por el restaurant  de la esquina, vino tinto  nacional  y concierto de Bach. “Lo único que no me gusta es la música, ¿tienes algo de los Beatles o de Jimi  Hendrix?”,  pregunté animada por el vino; y él, sonriendo,  puso Let it be y comenzó  a besarme por todas partes. Luego  con sus “hondas” caricias me llevó a la cama. Recuerdo que gritamos  de placer al mismo tiempo  y que ese día nos convertimos en amantes libres, o sea, cada quien en su apartamento. 
         Nuestra relación se mantuvo cercana a la felicidad, aunque en ocasiones me desaparecía para comprobarle a Roldán que era una mujer  independiente. Así íbamos cuando el director del teatro me ofreció una beca para estudiar artes escénicas en Ciudad de México, que por supuesto acepté (nunca se trató de una beca para estudiar danzas folklóricas en la India, nunca). Al principio Roldán se alegró por el ofrecimiento y las posibilidades  que me brindaba, pero después cayó en una tristeza absoluta. Quise llamar al médico, pero él lo rechazo: “¡Se me pasará, se me pasará!, son trastornos del alma, querida Celia”.  Cuando se calmó, le solicité paciencia en los próximos cuatro años, asegurándole que estaríamos en contacto por Internet. Finalmente, Roldán me ayudó con las últimas diligencias  y el arreglo de las maletas, y en el aeropuerto  lloró  tras los vidrios que nos separaban. Como él mismo diría: “La suerte trama su propio juego”.
          Ciudad de México me deslumbró por su extensión, sus olores a maíz tierno  y una multitud silenciosa que se agolpaba en todas partes (¡obviamente inferior a las muchedumbres de Calcuta!). Los funcionarios del Instituto de Bellas Artes me alojaron en la Colonia Azuaje, a pocos metros de la estación del Metro, y desde la residencia podía observar el hollín que cubría la atmósfera  y el ritmo incesante de la  capital. Todo ello se lo describí a Roldán en los primeros correos electrónicos y  me sorprendió  que no contestara de inmediato, tal vez porque deseaba elaborar sus respuestas con pinzas.
     Al fin Roldán rompió el silencio y ambos empezamos a utilizar (¿inconscientemente?) un tono informativo para el resumen de nuestras vidas: él comentaba asuntos ordinarios y de escasa importancia, y yo de igual forma  le  sintetizaba mis rutinas. Por amigos me enteré que Roldán se había dedicado de lleno a la escritura, aunque no aceptaba críticas ni sugerencias; ojalá la suerte le acompañe porque en mi opinión sus textos son irreales y carecen de fuerza, y para constatarlo sugiero lean de nuevo  el cuento donde me maltrata. También supe que a Roldán jamás lo nombraron director de Artiletras, pues el periódico dejó de publicarse; que tampoco obtuvo el ascenso como profesor porque no cumplió los trámites; que el pobre padecía una tos horrible a causa del tabaco, y que bebía ginebra directamente de la botella (como acostumbraba Nagarkar).
          El tiempo transcurrió con increíble rapidez y un día me vi en la situación de regresar a Venezuela. Los problemas se juntaban: no tenía empleo en Caracas, las actrices más jóvenes colmaban las nóminas, había dispuesto  de la vivienda y los muebles cuando me trasladé a México, mi familia estaba en las Islas Canarias  en una ilusión sin retorno, y para colmo Cristian Albuerne, tutor de mi tesis y famoso dramaturgo, se empeñaba en viajar conmigo para atender una invitación de teatreros venezolanos. ¡Ni modo!, la única posibilidad era Roldán, aunque sin anunciárselo. Y así sucedió.
        Una tarde del mes de agosto arribé a Caracas en compañía de Cristian, y sin demora  fui al apartamento de Roldán y toqué el timbre. Luego de unos minutos Roldán abrió la puerta, todavía desperezándose de su siesta de ginebras, y se abismó muchísimo cuando me vio. Enseguida, de forma natural como si nunca nos hubiésemos separado,  le di besos en las mejillas y tomé la delantera: “Mi amor, él es Cristian Albuerne, archi-famoso dramaturgo mexicano y nuestro  huésped durante un tiempo”. Roldán, haciendo  grandes  esfuerzos, saludó a Cristian con la mano en alto y los tres  fuimos al recibo. Luego, para romper la situación incómoda, subí las escaleras a fin de arreglarle el cuarto a mi tutor. Advierto que jamás he usado túnicas, sandalias ni aretes con imágenes de animales desagradables, y que odio los tatuajes en cualquier sitio del cuerpo. ¡Lo juro! 
       Según estaba previsto por el destino, volví a acostarme con Roldán en su cama de soltero, pero no fue igual que antes porque él se mostraba indiferente a mis caricias (algunas de ellas aprendidas en Mexico) y permanecía con la atención fija en un punto muerto. Como traté de abordar el problema  y no obtuve respuesta, dejé el asunto de ese tamaño aunque a costa de un desánimo que todavía me carcome por dentro.
        La relación diaria con Cristian resultó desbordante porque “mi genio preferido”, como yo le llamaba,  era un ser humano de asombrosa  cultura que no paraba de hablar sobre cualquier tema (desde los tacos de saltamontes que venden al pie del Popocatépetl hasta las hordas de Atila o el libro póstumo de Sylvia Plath), y lo hacía con gestos histriónicos y voz afeminada, pues se jactaba de sus preferencias homosexuales. Cristian y Roldán se hicieron amigos rápidamente, a lo que contribuyó la dedicación alcohólica de ambos: ¡ninguno de los dos podía ver una botella sin vaciarla! Cristian, después de algunas semanas, se mudó al hospedaje asignado por los colegas de teatro, y solo acudía a nuestra casa los sábados, desdichadamente para  Roldán y para mí que regresamos al esquema de las palabras cortas.
           La lentitud de los meses ocurría sin salirse del rumbo, hasta que Cristian nos dio la noticia de su matrimonio (“¡Estoy enamorado con irracionalidad de adolescente y ternuras de anciano, por fin encontré el amor universal, la conjunción única!”). Dijo que el novio se llamaba Macedonio, peluquero de oficio y entusiasta de las tablas, a quien pronto conoceríamos porque la boda tendría lugar en nuestro apartamento, “si ustedes están de acuerdo, naturalmente; llevaré todo…hasta los invitados, no se preocupen”. Accedimos con inquietud, esperando las sorpresas.
      El día del matrimonio llegó el tumulto, se trataba de un bullicioso  grupo de compañeros que  ataviados con el  vestuario de sus obras, hacían reverencias a  los novios. Cristian, de falda larga y capa violeta, repartía saludos desvergonzados, mientras que el joven Macedonio exhibía su piel morena debajo de una malla traslúcida. Un  falso cura, casi tan real como los verdaderos, estuvo a cargo de la celebración del sacramento: después de leer en un libro de utilería los deberes “que casi nunca cumplen los cónyuges”  y  pedirles el sí de rigor, los declaró unidos en matrimonio “hasta que la suerte los separe”.  A continuación y para sorpresa de Roldán y mía, el postizo sacerdote procedió a casarnos mediante igual  ceremonia. La fiesta duró dos noches y varias cajas de alcoholes, y solo terminó porque el elenco debía cumplir compromisos de trabajo.
        Partieron y nuestra existencia prosiguió su tedio triste. Yo conseguí  empleo como asistente de producción en el Pandemónium, cuyo sueldo apenas me alcanzaba para gastos menores e ir a cines de precios solidarios; y Roldán, ya jubilado, se dedicó frenéticamente a escribir porque su meta era verse en la solapa de un libro, fumando pipa y con cara de profesor (¡le faltaba la botella de ginebra!), para que al menos le otorgasen un premio municipal de cualquier miserable poblado del país. Pero no tenía suerte: las empresas editoriales rechazaban  sus manuscritos con la excusa de “la crisis presupuestaria”, y los jurados siempre dictaminaban a favor de otros autores. Cada vez, Roldán se volvía más hosco y distante, y además empezó a recriminarme estupideces hogareñas, como si se hubiese tomado seriamente lo del falso matrimonio; y yo, en resguardo de mi salud espiritual y mental, busqué refugio en la otra habitación con vista hacia la montaña.
          A finales de año, nos avisaron de la policía que Cristian  Albuerne  se hallaba grave en el Hospital Central. Entre agitación y sorpresa, acudimos con urgencia para  enterarnos que Cristian se había cortado las venas en un intento de suicidio, porque Macedonio (realmente de nombre Wilmer) lo había abandonado por otro. Cristian,  al vernos, largó infinitos sollozos, como en parodia de una de sus piezas teatrales, y luego se durmió entre jeringas y transfusiones. Posteriormente, cuando nuestro amigo mejoró, establecimos contacto con el embajador de México para que lo devolviera a su país en un avión militar. Cristian, a veces, nos envía mensajes de voz, líricos y afectuosos, como prueba de gratitud.
        Roldán y yo volvimos a la rutina “matrimonial”, él escribe, toma, se embriaga y envejece; yo me dedicó casi íntegramente al trabajo y a reunir algún dinero para irme definitivamente a Ciudad de México, necesito colmar de alguna forma menos trágica e injusta el resto de vida y  amor que me queda. Espero que todo se haya aclarado en las líneas de esta réplica; gracias por su lectura y atención.   



NOTA DEL EDITOR: Fuentes generalmente  bien informadas determinan que el cuento El oscuro encanto de la soledad, suscrito con los seudónimos Roldán Castilla y Celia Castillejo,  obtuvo la Primera Mención en el XXV Concurso de Cuentos del Sindicato de Ferroviarios y Afines de Neuquén, República Argentina, pero que el jurado al abrir la plica correspondiente no encontró la debida identificación de los autores, dejando constancia de ello en el acta de rigor.
Sin embargo, otras fuentes no menos respetables aseguran que las  afirmaciones  anteriores son totalmente falsas.






                                                    
              
            

3 comentarios:

maripeco dijo...

Me gustó mucho este cuento tipo dos por el precio de uno. Y como dicen que todo relato tiene su origen en una experiencia o referencia de algún hecho real, me pregunto: Qué pasaría si la inspiración de cada historia hiciera como Leyla-Celia y escribiera su propia versión? Sería muy interesante. Digo yo...

Luis Barrera Linares dijo...

Mi querido concañero y hermano:
Mejor, imposible, como la película. Redondos los dos cuentos, que muy bien pudieran funcionar independientemente. Tu lenguaje sigue buscando caminos líricos, sin perder la gracia de la narrativa espontánea. El de Celia-Keyla parece escrito por el Igor de tiempos anteriores; el de Roldán, el profesor de la Escuela de Letras, es más cercano al último Ígor que he leído, pero ambos son de primera línea, con ese cuidado maravilloso de cada palabra,cada imagen, cada escena. En fin, cuentos de dos de tus etapas en el oficio. Me sigo quitando el sombrero con tus cuentos.

Luis Barrera Linares dijo...

Ofrezco disculpas por haber cambiado en mi comentario anterior el nombre de Leyla /Celia por Keyla. O de Keyla por Leyla/Celia. Gases del oficio y errores digitales, cometidos con el dedo que pulsa la tecla. Eso puede significar que, en mi inconsciente, funciona mejor un nombre que el otro. Total con el autor me he vuelto casi adicto desde hace muchos años a jugar con las palabras (en lo que ha sido un maestro y no de budismo zen), sobre todo con el Igor de la primera etapa.