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jueves, 2 de febrero de 2017

A SALUSTIO QUE ESTÁ EN TODAS PARTES

 (Salustio González Rincones, 1886-1933)



Te veo regresando a Caracas, luego  de años  de  ausencia, embutido  como turista de ocaso y ocasión en uno de los camarotes del vapor Caribia, que zarpó del puerto de Le Havre para encontrarse con los paisajes de América. Presagias una última travesía, Salustio, los astros personales bastan para testimoniarlo. Tus amigos fueron a despedirte con abrazos y lisonjas, esperanzas tenues y angustias escondidas; y tú les retribuiste mediante afirmaciones que tenían el sabor del disimulo: “¡Hasta luego, regresaré pronto!”. Algunos arrojaron lágrimas subrepticias, a otros les bastó la indulgencia de no mirarte de frente.
Sales a la cubierta del barco, el cielo te observa entre los amarillos del atardecer. Las piernas no logran sostenerte con temple, y en los brazos sientes ardores fijos, clavos agónicos.
Desechas, por advertencia médica, la pulsión del cigarro y el Calvados, ¡cuánto te gustaría saborearlos!, y empiezas a inmortalizarte en los recuerdos. Eres un niño que camina por las calles de San Cristóbal, respirando el oloroso frío de los Andes, y ahí está tu padre –comerciante de bigotes curvos– que decide enviarte a estudiar en Caracas y Curazao. Entonces dejas tu pueblo, como anuncio de las errancias, para sentarte en los bancos de colegios remotos, “¡Conjugue el verbo ser según Bello!”, “Explique el partitivo inglés (sin titubeos)”, pero tú no estás ahí, Salustio, porque te evades a través de las palabras y sus sentidos ocultos. Eres poeta desde pequeño: audaz, único, fervientemente personal.
En tumbos de memoria, que siempre está hecha de vestigios, asistes a la Facultad de Ingeniería. Sin embargo, las matemáticas y la regla de cálculo jamás logran apasionarte aunque incumplas los deseos paternos, y al cabo de los meses te hallas en la Academia de Bellas Artes de Caracas con un pincel y unas infinitas ganas de aprehender el mundo. Tampoco esa vocación concluyes porque la poesía y la literatura se te instalan en los hábitos del alma, y ya no hay  fuerzas que logren cambiarte. Más vestigios, más huellas inconexas, más segmentos de tiempo. Formas parte del grupo La Alborada junto con Rómulo Gallegos, Julio Planchart y Enrique Soublette, eres el único poeta y hablas poco. Prefieres dibujar los rostros de los compañeros cuando discurren, y opinas mediante vocablos concisos  que semejan ironías. 
En Caracas, escribes con asiduidad pero no publicas; tus versos corren por las manos de quienes ya te admiran. El océano, como una incongruencia de los días, te recuerda la celebrada misiva (Carta de Salustio a su mamá que estaba en Nueva York) impresa en edición sencilla, “Comienzo como es uso: mi querida mamá/ Bendición. ¿Cómo vamos de vida por allá?/ ¿Has visto los jazmines pausados por la nieve?/ Por aquí hace días que no llueve…” Luego, desde la baranda del buque, eternizas el suicidio del joven científico Rafael Rangel, coterráneo de parajes andinos, que motivó tu obra de teatro Las sombras: Rangel se encuentra en su laboratorio de hospital e ingiere contra las decepciones un íntegro frasco de cianuro; y detrás del cadáver que ha purgado así un error en el diagnóstico de bacilos, otro espejismo muestra la imagen de quienes contribuyeron a su deceso (¿Entre ellos, José Gregorio Hernández, Siervo de Dios?) El teatro se envuelve de llantos súbitos, tú no sales a recibir los aplausos. 
En la evocación, eres un muchacho de veinticuatro años y estás cansado de las vueltas del tranvía que pretende ingenuas modernidades. También te ahoga, con empeño de asfixia, el cerco de una dictadura absoluta e inapelable. El general Gómez dirige la república como su propia hacienda de reses marcadas a hierro candente, y los acólitos de paltolevita le soplan al oído los estatutos de aquel Orden, “cúmplanse los mandatos del Benemérito, rígida paz, presidio para quienes se opongan a ella y defiendan doctrinas extrañas”. Compras un boleto trasatlántico y te vas de errabundos periplos por Europa. Primero Madrid y después Barcelona: exilio de último piso, crónicas de viaje con destino a El País y El Universal, de Caracas. “Pensar y sobrevivir”, quizás asentaba tu factible consigna; y en las entregas de prensa escurres humores, erudiciones, trashumancias. Un día tomas el tren hacia París y, con el pañuelo tapándote la ética, acudes al embajador gomecista para solicitarle empleo en la legación de Venezuela. “Tiene usted suerte, Salustio, ha fallecido nuestro primer secretario y necesitamos un sustituto”. De allí, tu appartement cercano a la tumba de Napoleón y las correrías por Pigalle; te enloquecen las hembras rollizas y de pechos ampulosos –mujeres de Rubens, chicas al estilo de un vodevil opíparo–, y agregas algo más de dinero al precio prostibular,  las hetairas siempre tienen la razón.
Las remembranzas cobran fibra de caleidoscopio; se alternan, se alteran, se descomponen. De París, una vallejiana noche de aguacero, te largas a Ginebra y Roma. Los parajes son vertiginosos y enigmáticos. Consigues modestos alojamientos y  subsistes gracias a comedidos empleos y traducciones ocasionales (Villon, Baudelaire, Apollinaire, Víctor Hugo). Degustas los idiomas  –sobre todo el francés– como si te fuesen propios, y eres capaz de imitar las voces que escuchas en corrillos y mercados. Te llegan al disperso cauce de la memoria, los cuatro libros de poesía y las dos obras dramáticas que dejaste inéditos en Venezuela, y los muchos heterónomos que siempre usaste para firmar tus creaciones (Otal Susi, List Uao, Sir Sawy Lost, Ottius Halz, Luo Satis). Algo te llama desde la incertidumbre, ¿un fulgor inocente?, ¿una coartada imprecisa del año 1914?, y retornas a Caracas durante la brevedad del error para pronto devolverte; “fue una equivocación, encontré una ciudad campesina e inmóvil”, comentas sin resentimiento.  De nuevo en París, formas parte de los asiduos de Chez Monique, un local en la Rue Targot con luces lánguidas donde las putas reciben a la clientela y toman vino de marcas borrosas. Monique, dueña del sitio lascivo, canta al compás de un enorme piano ronco y escoge a quienes habrán de subir con ella a la habitación principal. Y tú, Salustio González Rincones, nómada e incauto, estás entre los señalados para las terribles ternuras de Monique: la sífilis envuelta en caricias a término. Por ese amor fugaz y de sábanas promiscuas, sufrirás hasta el final, Salustio.
Toses sobre el balaustre del Caribia y te aquejan mareos globales. Los astros giran, el firmamento se atisba a sí mismo. Revives los seis poemarios que publicaste en París desde 1922 a 1932, ¡cómo transcurre el tiempo, Salustio, tan callando!, y confirmas tus preferidos: La yerba santa y Trece sonetos con estrambote. –No, es falso –te enmiendas–  un creador verdadero no posee preferencias, a todos sus hijos ama por igual–. Ríes, con esfuerzo corporal, porque  aceptas  que La yerba santa fue un ejercicio lúdico en el cual acoplaste varios textos y hasta inventaste un idioma indígena (“Enda capun puichu erue – aujmasa inkape maso – augqui tosachoka avreue…”); y entonces te enserias pues en Trece sonetos con estrambote aludiste a los nombres de la sífilis (Mal de conquistadores o mal de mercaderes, mal francés, mal español, mal napolitano, mal americano), y referiste  sus pavores y los remedios conocidos, el arsénico, el bismuto, el mercurio, en una alegoría de símbolos múltiples.
Repasas, serenamente, estoicamente, las fases de tu enfermedad. El chancro primario y su redonda ulceración que no te producía molestias sino incógnitas; la  etapa secundaria con aquellas erupciones en la piel y los inevitables escozores en las mucosas, además de cuadros febriles y calvicie patológica; y por último, resignado Salustio, la fatiga pertinaz, los dolores generales, los golpes de corazón, la parálisis momentánea, la inercia de las articulaciones, y una visión tenue, engañosa, casi unicolor. Y oyes los conceptos de Girolamo Fracastoro, el médico y poeta veronés que ideó la palabra “Sífilis” en un largo texto épico (Syphilis sive morbus gallicus), y luego incluyó el síndrome dentro de su tratado médico del cinquecento. –No, no se debió a ningún castigo de Apolo, señoras y señores –determinas en tu caso, Salustio–, me contagié “la negra Hada muda" por desidias existenciales y hoy no me reconozco frente a los espejos.
Nunca tu discernimiento se enteró, Salustio, de que fuiste según los críticos el primer poeta de vanguardia en Venezuela, por las cáusticas irreverencias, el lenguaje desmañado, el humor, la ironía y la parodia, la puntuación en disloque, las contra-reglas de la gramática, la inaudita invención de vocablos. Y tampoco llegó a tus oídos muertos que otro poeta venezolano, Jesús Sanoja Hernández, rescató tu obra y la publicó en 1997 junto con un prólogo lleno de tributos.
La baranda del vapor apenas te sostiene. El ritmo de las sístoles  alcanza niveles de impaciencia, tus ojos arden en una hoguera de calina ficticia, no logras llorar ni moverte. Has resuelto volver definitivamente a Caracas para encontrarte con un pretérito que se desvanece y un futuro de brevísimas certezas. Grupos de pájaros líricos cruzan a lo lejos, el mar se encrespa. Los amigos que fueron contigo hasta Le Havre, no te participaron su última maniobra de afecto: con lágrimas ocultas han consignado ante el capitán del barco, la urna a la medida para que allí colocase tu cadáver  porque estaban seguros de que no superarías el viaje.                                  
 Y el 5 de marzo de 1933, Salustio, en pleno cruce de aguas, vientos y soles salobres, el capitán te encerró en tu destino de madera.


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