ENTRE LUJURIAS Y FANTASMAS
Nadia escondía sus tumultos de dieciséis años, para evitar el espectáculo de un cuerpo que inspiraba plenos desacatos. Ella no conocía a Marlene Dietrich, pero sus piernas eran de real similitud sinuosa. Jamás tuvo la dicha fílmica de ver a Sylvia Kristel, aunque ambas se pareciesen en albo desplante de pieles. Nunca se identificó tras el busto expansivo de Jane Mansfield, porque tanta sapiencia le resultaba ajena. Y ni siquiera estableció paralelismos con la fecundidad lúbrica de Madonna, pues su mundo no superaba los rituales del barrio común.
Una húmeda circunstancia de ojos la perseguía por doquier. Su sola insinuación desentrañaba aturdimientos, fogosidades, delicias perversas, caminos ignotos. Y por mucho que encubriese aquel regodeo de esplendor, aquella lascivia opulenta, los hombres la fornicaban a solo golpe de vista.
