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viernes, 6 de enero de 2017

EL PENSADOR BARROCO




             Estaba sentado y sus brazos reposaban sobre las rodillas quietas. No se le ocurrió, por obvio, compararse con el estoico elucubrador de Rodin, aquél de marmórea posición y fisonomía descomunal. Pensó, más bien, en el escriba egipcio con sus ojillos infalibles y su lasitud milenaria, que ahora no observa los papiros del Nilo sino que en los vericuetos sotanales del Louvre (tercer pasillo a la izquierda) cuenta y recuenta los rostros embebidos de todos los turistas del planeta. Se acordó, por asociación de pétreas reminiscencias, de los modelos olmecas referidos por el Padre Sahagún, Juan Torquemada y Alva Ixtlilxóchitl: torsos inmensos, cabezas colosales, junto a ofertorios cilíndricos y secretascajas rituales. No pudo olvidarse, tampoco, de los largos colmillos del animal sedente de Chiapas ni del Príncipe de Sayula, espíritus siempre vigilantes dentro de la alternativa de la piedra. Rememoró sitios de voces primitivas, donde todavía se yerguen los testigos precolombinos: Zapote, Izapa, Kaminaljuyú. Se le vino en torrente a la memoria el curioso relieve de Pitágoras, esculpido en la Catedral de Chartres por un anónimo artista gótico, que presenta al genio aritmosófico desentrañando las medulares relaciones entre los entes y el número (el uno constitutivo de la unidad del mundo; el dos, de la fecundidad; el tres, de la perfección; el diez, el súmmum de todas las cosas). Por su sortilegio onírico, evocó el Sueño de Atenea, símbolo griego de casco y lanza para defender la polis helénica y heroica. Y metió en el mismo saco de sus recuerdos al clasicismo ascendente de Policleto, Mirón y Fidias, junto al descendente de Praxíteles, Escopas y Lisipo. La posición de estatuario descanso también lo vinculó en años de cautivadora distancia al atleta Apoxiomeno, revolucionario del canon corpóreo, cuyas proporciones fueron mil veces alabadas por Alejandro Magno. No evadió las imágenes mnémicas de Hermes, Discóbolo, Heros y la Diosa del Mar de  Anfitre. Reprodujo con fidelidad las figuras del Pórtico de la Gloria, labradas en la rancia y medieval Iglesia de Santiago de Compostela, que conociera como un Almirante tropical en su primer viaje allende estas aguas azulosas del Caribe. Y atisbó, acomodada en su carruaje de leones rugientes, a la Magna Máter Cibeles, frigia de origen y luego exaltada en el culto patricio después de la Segunda Guerra Púnica, a quien —con toda razón de estético abundamiento— el sin par Catulo dedicó exquisitos poemas. En la reconstrucción iconográfica no podía faltar el condotiero Colleoni, mirada grave de bélicos avatares sobre el caballo mercenario a través del cual el gran Verrocchio concitó la inmortalidad en su paso por el Renacimiento. El David de Buonarroti, esperando el ético desenlace de su desigual refriega, se le confundió con los rostros hieráticos de las diosas chibchas, la Venus de Tacarigua, las nalgudas maderas pulidas de Marisol Escobar. Buriles, cinceles, punzones acuciantes, íconos, almas de piedra y de barro, bronces luminosos y lumínicos; todo ello y mucho más se enroscó en su memoriosa retrospectiva.
Después, bajó la cadena del water-closet, se subió los pantalones y salió para el trabajo.


             

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