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domingo, 13 de agosto de 2017

CARRERA DE RESISTENCIA PASIVA

Avelino Almario, un joven reseco y desgarbado que parecía imperfecto  desde lejos (y de cerca mucho más),  fue el creador del movimiento de resistencia pasiva del liceo Glorias Virtuosas, un instituto al borde del desvencijo final, con algunos cuartuchos donde se dictaban las clases, dos jardines caóticos  sin asomo de plantas ornamentales, una pajarera exenta de cacatúas (porque habían escapado desde épocas remotas hacia la eternidad), un filtro de agua que solo funcionaba para producir gérmenes malignos, y el anciano director con su estampa de pigmeo calvo y dueño de una halitosis gigantesca. Allí estudiábamos o fingíamos hacerlo, pues la indisciplina era la principal asignatura y nadie aspiraba alcanzar prodigiosas calificaciones ni obtener homenajes en el periódico mural. Nadie, y menos Avelino Almario Duarte.

 Él, que parecía el extremo opuesto del carisma seductor, la otra cara de la agudeza, la razón de la sinrazón, nos captó a todos con su  parquísima labia y su actitud de inercia vivencial. Hablaba deslizando  las palabras, en una suerte de idioma casi insonoro; se movía como un espectro que sufre de mareos obtusos; los delgados brazos le llegaban hasta las rodillas; nunca usaba calcetines y quizás para compensar su ausencia, se enroscaba en el cuello una bufanda de colores rojiazules (hábito tal vez copiado del afiche de Tolouse Lautrec que tenía sobre el inodoro).
La  familia  Almario-Duarte no poseía ninguna característica primordial en la pirámide de las clases trabajadoras: Herminio, el padre, administraba un taller de mecánica rápida (donde había más perros que clientes), la madre se ocupaba de mirar las telenovelas mexicanas hasta quedarse fervorosamente dormida, la hija mayor buscaba un esposo  con título de médico y dominio del idioma inglés para que la curase en el Norte de cualquier enfermedad del subdesarrollo, la niña menor aprendía guitarra por correo electrónico y se pintaba las uñas de lunas negras, y Avelino  iba al liceo, junto con su obesa novia Cindy, a fin de persuadirnos  de que la resistencia pasiva era la mejor forma de lucha.“¿Luchar contra qué?”, preguntábamos los demás, y Avelino Almario hacía una figura redonda con el dedo índice que significaba “contra todo”.
Un cinco de mayo (¡recuerdo bien la fecha pues  ese día rompí mi  marca veloz delante de los gendarmes  persecutorios!), Avelino nos emplazó en tono de complot para que ocupásemos la gran calle Unión como protesta por la falta de apoyo del gobierno a los estudiantes de secundaria. Juramos, entonces, acostarnos encima de la calzada, con las pupilas fijas en el cielo histórico, y no levantarnos hasta que fuesen satisfechos nuestros reclamos. “¿Cómo y cuándo sabremos del triunfo, Avelino?”, insistió el grupo, y el líder  -axiomático y palmario- se encogió de hombros como única respuesta.
Ese mediodía, bajo un calor de cuarentidós  (desa)grados a la sombra, el grupo invadió horizontalmente la ruta pública. Avelino y Cindy  presidían la siesta revolucionaria, los otros muchachos nos ubicamos en forma de abanico hierático. Al principio, los choferes y transeúntes pensaron que se trataba de la filmación de una cuña de colchones amables o de pastillas antidepresivas, y descendieron de sus automóviles y paralizaron sus oficios a fin de mirarnos con curiosidad. Sin embargo, cuando el tiempo los percató de la equivocación, iniciaron gritos y bramidos en demanda de la policía; alguno quiso utilizar la violencia para el despeje, pero no se atrevió ante la duda de que tuviésemos armas blancas dentro de las camisetas escolares. Avelino esbozaba un imperceptible gesto de satisfacción, la pecosita rechoncha carraspeaba de puro nervio. Luego llegaron los gendarmes, con sirenas de alarma y gases anti-motines, y enseguida tuvimos que suspender el gesto de inactiva rebeldía, movilizando las piernas en escape vertiginoso.
Al joven dirigente se le ocurrió, como segunda acción contra el Orden establecido (aunque todavía no conociese la palabra establishment), que de acuerdo con los alumnos de otros liceos de la zona municipal, lleváramos a cabo una huelga de “ojos caídos” para no ver la TV durante todo el fin de semana, en rechazo a sus mensajes perversos y sus fatídicos programas. Avelino citaba, como contrapartida de nuestra deplorable realidad, el ejemplo de la televisión francesa, pero cuando le inquiríamos si había estado alguna vez en Francia, contestaba con un gruñido ininteligible. No obstante, la huelga de párpados cerrados  se cumplió al pie de las pantallas televisivas, aunque en su casa Avelino no pudo convencer a ninguno de los familiares para que se adhiriesen al boicot; y menos a su madre, adicta desde tempranas arrugas al hábito de los mexicanismos de telenovela, “¡Órale, no me apagues mi diversión, pinche güey!”.
Semanas después, ya más diestro en la rebelión estática, Avelino acordó que no ingiriéramos ningún tipo de carne durante siete inflexibles días, pues a ella imputaba los detritus del cuerpo humano, los dolores cerebrales y el sinnúmero de enfermedades que alteran los flujos sanguíneos,  además de considerarla responsable del homicidio calificado que se perpetra contra el inocente género animal de cuatro patas. La mayoría de los partidarios adoptó el mandato  con devota abstinencia y fidelísimo esfuerzo anti cárnico, salvo algunos renegados que subrepticiamente no aguantaron devorarse la traición de un cerro de hamburguesas en la cadena gastronómica  de su preferencia, o esconderse en casa tras el humo de fritangas término medio. Cabe recordar que las papilas gustativas de la rolliza Cindy también desobedecieron el precepto, enfrentándose a diversos hot dogs cubiertos de salsa de tomate (más pepinillos con mostaza) y enfrentándose asimismo a su novio Avelino, que dejó de hablarle hasta la próxima tarea.
Los seguidores confiábamos en la honda inteligencia del líder (honda quizás porque le costaba salir a flote) y en las quietas batallas  que emprendía, y por eso respaldábamos sus palabras: “Tenemos que oponernos  al Orden y su ordenamiento , aun a costa de la voluntad misma”. No sabíamos muy bien lo que significaba la consigna, pero la acatábamos como un modo de rebelde abulia contra las normas.
Las ideas de Avelino se extendieron en la flacidez de aquellos años: instauró como norte la indolencia para que no estudiásemos en los libros oficiales, censuró los bailes de ritmo violento porque atentaban contra la acendrada pasividad de la organización, proscribió los ejercicios físicos por igual motivo de desgana motriz, impedía que acudiésemos al barbero, y casi en silencio nos vedó cualquier acercamiento de activismo sexual fuera de las leyes del matrimonio. Sin embargo, a medida que alargaba las exigencias, los adeptos empezaron a flaquear (“¡Coño, Avelino!, ¿no te parece como mucho?”).
Al graduarnos de imberbes bachilleres no vi más a Avelino, pero le he seguido los pasos a través de los amigos  y la prensa. Supe que se casó con la triglicérida Cindy y que han tenido (hasta los soles de la actualidad) cinco niños tan gordos como la madre y tan impasibles como el padre. Observé su desaliñada fotografía en un periódico que promueve la defensa de los osos Panda y los elefantes Uj: llevaba anteojos blancos y el pelo revuelto. Leí las declaraciones  que hizo a Le Nouveau journalisme sobre el peligro de extinción del bosque Saratonga, en la Isla Conki. Revisé el brevísimo discurso (40 palabras a lo sumo) que pronunció por la merma de los reservorios fluviales perecederos. Noticias al Día, de la TV española, difundió su actitud frente a la contaminación ambiental sub-atómica, “venga de donde venga”. Me enteré, ¿quién pudo no hacerlo?, de las marchas pacifistas que organizó a lo largo del planeta contra el alto costo de los insumos verdes y la baja calidad del estroncio natural.

Hoy, en cumbre de tan perseverantes e impávidas luchas,  Avelino se juramentará como Secretario alterno de la Liga de Países en Vías de Subdesarrollo. Cindy no lo acompañará  porque se largó hace años con el propietario de una fábrica de chorizos y longanizas, pero aún Avelino no se ha dado cuenta de su ausencia.

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