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sábado, 12 de octubre de 2019

EPHPHETAE





La infructuosa búsqueda de la obra de Walter Pierce (La historia incompleta de Ur, 1912) lo llevó por una de esas calculadas casualidades del azar a la casi desconocida librería de la Calle 48. Como siempre le ocurría —y ello forma parte del mito de los libros perdidos—, el viejo librero no había oído hablar en su pródiga vida de aquel raro ejemplar. “No tiene importancia”, quizás le dijo, y comenzó a revisar con estudiado descuido el caos impreso que se apilaba en el largo laberinto de Persépolis: La librería de todos.  
     
     Centenares de telarañas y volúmenes se juntaban en  los estantes. La luz que salía de la única claraboya existente apenas le permitió leer los títulos y autores: Pittman, Anandhava, Rooney, Los tótems de Ce-Kiang, La traición de Gog, El lenguaje taoísta... todos vergonzosamente ajenos a  su pregonada cultura. No quiso continuar tan desagradable masoquismo del espíritu, y por ello (¿sería en realidad por ello?) se fijó en la caja con el tigre.
     Era una caja como cualquier otra pero de color de tiempo. Un tigre con descomedidos ojos de diamante se alzaba sobre unas volutas que simulaban garras. Más bien parecía un tigre con máscara de tigre. En el centro, las letras difusas de un nombre indescifrable: Ephphetae. El viejo librero, ante la necesaria pregunta, dejó de lado los compases de una canción atonal y expresó:
     “Ephphetae es un vocablo arameo que designa un juego tan antiguo como el hombre, los árboles o los ríos. Podría decirse que es el juego de los juegos. Muchos sucumbieron ante su encanto, otros —más afortunados— lograron la gloria y el poder. Sus detractores piensan que encierra un placer maldito; sus defensores (que también los hay) opinan que en él se resumen los secretos de la vida y la felicidad. Un libro perdido, como el que usted busca con afán, atribuido a un poeta del octavo quinquenio del Calendario Tsé, es el primero que habla de las paradojas del Ephphetae. Después, miles de exégetas han tratado de penetrar con feroz inutilidad en su lúdica sabiduría”.




     El viejo hizo una pausa para tragarse una levísima sonrisa, y luego prosiguió: “Yo conozco los enigmas del Ephphetae, pero me está vedado  descubrirlos. Nada más le confesaré, David (sé que se llama David), que este juego postula todos los principios del universo. Sus inocentes fichas rojas y negras son sólo la excusa para construir maravillosas conjeturas. A cada golpe de dados, el jugador debe idear una máxima —falsa o engañosa, es lo mismo— y concatenarla con las de su adversario. Obtendrá la victoria quien más suerte y talento posea, y al final de la sesión siempre se revelará una enseñanza de mundo. Dentro de la caja encontrará usted un manuscrito con cinco palabras arameas; descífrelas y adéntrese en la misteriosa pasión del Ephphetae. Le regalo todo. Ahora, por favor, parta con premura. Después comprenderá...”.
     Durante muchos meses la caja con el tigre reposó su malicia en el triángulo de un rincón, pero aquellos ojos diamantinos perseguían a David  hasta en los sabores del sueño.
     Por eso, una noche del mes de septiembre de 195..., decidió resolver las cinco verbales incógnitas. Estaba enterado por su amigo Sam que el profesor Jeffrey Huld, de la Escuela de Altos Estudios Orientales, se había dedicado con parsimoniosa devoción vital al conocimiento de las lenguas muertas. Concertó una cita con el especialista y le contó, sin mayores detalles, el objeto de su intranquilidad. Huld, con la afable distancia que manifiestan los doctos, lo remitió a una extensa bibliografía. David comenzó, así, su aventura aramea. 
     Supo, más tarde, después de dedicar toda su tenacidad a la ardua tarea, que la epopeya humana estaba llena de aquel “juego perfecto”. Averiguó que bajo los jardines colgantes de Babilonia, entre la arenisca desmesurada del desierto y el olor de los dátiles frescos, los descendientes de Nabucodonosor se fascinaron con su artificio. Leyó igualmente que las terribles bandas de Atila, junto a alfanjes y cuchillos, cargaban las fichas rojinegras para apostar sus sangrientos trofeos de guerra. Constató, no sin alarma, que la joven princesa de Nippur, obligada a abandonar su reino, solamente llevó consigo un tablero diminuto que sintetizaba los arcanos del infinito. Supo, además, que los sagaces discípulos de Sócrates, para evadir los espinosos problemas que planteaba el maestro, extendían sus túnicas en el suelo de los portales y sobre ellas colocaban “unas raras esferas moldeadas en bronce”. Y se informó que la Corte victoriana, tan inclemente en cuestiones mundanas, no se atrevió nunca a limitar las delicias del Ephphetae.
     Una madrugada, en medio de palimpsestos y cigarrillos, David no pudo contener un grito triunfal. ¡Por fin había descifrado lo indescifrable! ¡Por fin la exégesis correcta e inaccesible! Llamó a Sam por teléfono y le repitió con emocionada insistencia: “Sólo la pasión es vida, sólo la pasión es vida”. Sam, desconcertado, colgó el auricular y la hora le prohibió cualquier pensamiento desdeñoso acerca de su amigo.
      Al día siguiente, Sam acudió a Persépolis y se encontró con un David discursivo y sofista, cuyo aire de profeta no le impedía atragantarse de café. Oyó varias veces, con disipada atención, la minuciosa crónica del Ephphetae, pero estimó que la paciencia era uno de los secretos de la amistad y tras esa reflexión se animó a obedecer. David lo invitaba, enseguida, “a ser el primero en probar el todo y uno trascendente de la mayor convicción posible”. No entendió nada, pero asintió con fraterna sonrisa de conformidad.
     Caminaron desde la librería. Una brisa tenue hacía girar las hojas de otoño y el sol clareaba calles y tejados. Quizás tropezaron con ancianas eclesiásticas y niños en bicicleta, pero aquella mañana sabatina era demasiado hermosa para fijarse en otros entusiasmos. Subieron cuatro pisos chirriantes hasta la casa  de David: un estudio de artista convertido en incómodo hogar. Orondos afiches de ciudades famosas (aunque nunca visitadas) escondían la disparidad de los tabiques, y los escasos muebles habían cedido paso a desequilibrados riscos de libros. David sacó la caja con el tigre y una botella de coñac (Sam le notó una ligera y disimulada turbación). 
     Se ubicaron en la breve mesa y David empezó a explicar, con acucioso fervor, el objeto del juego. De tanto en tanto consultaba notas y compilaciones, para proseguir el detallado recuento que incluía hechos históricos, prédicas, silogismos, fechas, moralejas... Cuando ya Sam estaba a punto de una deliberada huida, su compañero lo convidó a jugar. Al inicio de los dados, David, de acuerdo a las reglas, formuló un precepto freudiano; Sam le replicó con un doble seis y una frase de Tolstoy. Luego, citaron a Engels y a Sábato, a Rulfo y a Quevedo, a Chaplin y a Saussure; por último, recurrieron a proverbios, refranes y chascarrillos. Para asombro de los jugadores, los dados iban entretejiendo el albur y la razón como si sus números —monstruos casuales— conocieran de antemano la íntima lógica de los actos humanos. David colocó su restante ficha roja en la meta y, con los brazos alzados, indicó que había sido el ganador.
      Sam bebió dos copas de coñac y pidió la revancha con una voz tan gruesa que David escuchó “venganza”. Ordenaron de nuevo las fichas, y el judío (olvidábamos apuntar que Sam  era judío) completó su 1-6 con una hipótesis de Claudio Tolomeo. David se aferró en las cinco jugadas posteriores a un pasaje de La Eneida, pero su contrincante arribó al final con el concurso de tres dobles y la receta de un recio licor incaico. Ya en paz, rieron y tomaron.
     Al otro día volvieron a reunirse. Era evidente que ninguno de los dos había dormido con serenidad. Sam llevó salchichas y una botella de blanco seco; David escarbó en las repisas para hallar la indispensable mostaza de Dijon. Nuevamente se implicaron en el juego, nuevamente se metieron en la aleatoria singularidad del Ephphetae, hasta que la noche los agobió de incoherencias y cansancio. Sam prefirió (era más fácil, dijo) pernoctar sobre el sofá que presidía la única habitación (“además es muy peligroso atravesar media ciudad”). Sam había sido el vencedor absoluto, y por eso David se levantó con regustos de vino y contraataque. El camarada argumentó  horarios y trabajo, pero en el fondo sabía que su empleo en la Biblioteca Nacional siempre le permitiría una partida más.   
     Reafirmaron la inquietante obsesión con un motivo complementario, al descubrir que ningún azar es pleno sin la ayuda de otras esperanzas. Así, a través de conceptos y postulados, dirimieron sus elementales  economías. Sam, “el más fiel ephphetómano” (como él mismo se denominara), resolvió instalarse en la casa de David. Mudó únicamente lo necesario; lo demás estaba allí. Planificaron con exactitud  los pasos cotidianos, a fin de no malgastar los minutos libres en deleznables contratiempos: se encontrarían en Persépolis a las cinco menos cuarto de la tarde para empezar a las seis en punto la sesión diaria. Y como suele ocurrir en estos casos, las apuestas se iniciaron por lo bajo, pero pronto, debido al sutil embrollo de la suerte, David se fue muy arriba, más arriba de lo que Sam podía devengar en seis meses como metódico bibliotecario. Sin embargo, Sam agigantó ilusiones y concentrando en los dados su ferviente convicción de triunfador, ganó al amigo una suma cuyos ceros lo dotarían del mejor viaje de vacaciones. Pero ello no duró mucho rato, porque David también llamó en su beneficio al elusivo soplo de lo fortuito. Con la finalidad de evitar continuas y desagradables transacciones, decidieron anotar en un cuaderno el resultado de las apuestas. Si antes desconfiaban del nubloso equilibrio que sustenta la existencia, en ese momento, al verificar los variables números, tenían a la fuerza que aceptarlo.
     David obtuvo una asombrosa sucesión de juegos a su favor y dejó de acudir al trabajo. Le parecía un extremado absurdo enfrentarse a facturas y cheques ajenos, si ya su huésped le debía una nunca imaginada  fortuna. Alegó las habituales excusas y enfermedades, y, después, hastiado de tanta formalidad engañosa, se abstuvo de utilizar el teléfono, único hilo que lo ataba a su raído pasado de oficinista. Sam, nervioso y descompuesto (y también contra su voluntad) no podía darse tales lujos; por eso se levantaba temprano, retaba al adversario entre sorbos de café, y salía con rapidez a efectuar su tarea pública. Pero no tardó ni una semana en convencerse de su ingenua responsabilidad, y determinó no acudir más a la Biblioteca Nacional hasta que solventara angustias y deudas. Esta situación los obligó a reformar costumbres: dormirían cinco o seis horas diarias, reservarían dos para comer y las otras serían íntegras para el Ephphetae; aunque en verdad jamás se ajustaron a dichas normas.
     Abundantes cuadernos se llenaron de cifras y Sam se recuperó en felicidades transitorias. Voltaire, Maquiavelo y Pushkin rodaron junto con los dados. La memoria de la Enciclopedia Británica fue saqueada sin  cesar. Turbias escenas de infancia completaron el desorden, y no hubo recuerdo lúcido que escapara del rito. Mónica, la amante de David, dio ahogados gritos frente a la puerta del estudio. Los vecinos insultaron en orfeón cuando la madre de Sam se presentó con el rabino. Comentan que ni siquiera la connotada comisión de bibliotecarios  logró persuadir al judío. Otras refinadas argucias fueron asimismo ineficaces (como por ejemplo, impedir la corriente de luz y agua). Los jugadores tampoco flaquearon ante remotas vivencias de cigarrillos o sexo, y ni aun las botellas vacías amedrentaron su ingenio. El tiempo fue lenta ballena derrotada; largo lagarto de sudor y vigilias. Afuera, cuando ya nadie quiso insistir, los pájaros proclamaron el final de la lluvia. Alguien (tal vez un curioso) oyó susurrar a David: “Sólo la pasión es vida, sólo la pasión es vida”.



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