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jueves, 22 de junio de 2023

CON EL ORINOCO A CUESTAS


              

                  

París no era una fiesta como opinaba Hemingway. Sobre todo en invierno, porque el viento subía hasta mi buhardilla con una palidez redonda y giraba sobre sus propias ansiedades. O las mías.
Catherine me había telefoneado aquella tarde desde la oficina de la Unesco, pero aún no llegaba. Así son las francesas: impuntuales cuando uno tiene algo importante que decirles.
Conocí a Catherine en un curso sobre las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira que dictaba monsieur Malveraux, profesor emérito de la Universidad de Burdeos y aficionadísimo a los vinos de la región (según lo delataban el aliento y la conducta). Por ahí empezó nuestro diálogo, pues ella observó que el maestro hacía breves paréntesis en las clases para trasegar sus elíxires escondidos.
Me sonreí y, al contestarle cualquier banalidad, Catherine se percató de que yo no era de esos mundos. –Vous êtes latinoaméricain, n´est-ce pas? –sentenció como si hubiese atinado el premio mayor de la lotería antropológica, y sus labios me conmovieron porque formaban una cortina de erotismo móvil para pronunciar las palabras. “Oui, bien sûr, je suis vénézuélien”, afirmé con amable timidez y me encerré en un silencio de indígena sin flechas. Catherine, muy distante de quienes se amilanan por el mutismo de los "primitivos” recién aventados a Francia, planteó que siguiésemos la conversación en un localcito de la rue Blomet.

Yo aún me sentía torpe y extranjero en París. No alcanzaba a discernir el cambio, porque todo había sucedido con una rapidez que sobrepasaba mis esquemas: de pintor novato en un pueblo del Orinoco salté a las riberas del Sena, sin detenerme en Caracas ni en las previsiones de la variación. Todavía los colores del Orinoco, sus aguas de universo, sus rayos de sol magnético, me herían los sentidos y no lograba sustituirlos por el pacifismo del Sena. Muchas veces, desde el Quai d´Orsay, al mirar la plenitud del tiempo, imaginé que el torrente del Orinoco inundaba esa quieta dimensión para engullirse barcos, iglesias, mercados, museos, pero el Orinoco estaba lejos y yo también. En suma, vivía en París, aunque París no viviera en mí.
Por eso, al sentarme junto a Catherine, creí que formaba parte de un equívoco borgeano (dos personajes de ámbitos inversos en charla ininteligible), mas la astuta mujer dispuso una guerra contra mis inhibiciones y me tendió un cerco de lenguajes corporales, arqueándose, impulsándose, moviéndose, desde su polo gálico hasta mi aspecto de pintor silvestre. Cuando verifiqué que un calor de supuraciones rojizas le asaltaba la cara, no pude contenerme: “Deseo amarte, Cathy”. Y ella añadió: “Moi aussi, mon cheri”.
Catherine pidió la cuenta, pues yo sólo tenía algunas monedas; y el mesonero, en defensa del femenino patriotismo de La France, aguzó su crítica de ojitos irónicos. No le di importancia y aproveché la oportunidad para señalarle a Catherine: “No puedes ir conmigo a tu casa sin saber mi nombre. Me llamo Ricardo López-López y soy pintor de santos de alcoba”.
Caminamos entre la marea de las avenidas (aglomeración, cines con soberbia de ficha técnica, lujo y tiendas, olor a sucesos históricos). La abracé durante el lapso de un Metro que contenía alcachofas y ancianos, y por fin llegamos a las escaleras del apartamento. Enseguida, me olvidé de mi cauce acuático, desde donde emergían amigos, secretas aves nocturnas y animales frescos, porque otro Orinoco explotaba en los pezones de Catherine. La conserje se abismó de nuestra celeridad, pero no podíamos detenernos en aclaratorias: “¡Madame, es que el sexo nos urge!”
El minúsculo apartamento fue testigo del maratón que ambos emprendimos. Yo lancé mis pantalones sobre la única silla visible, Catherine tiró su vestido encima de una alfombra turca, y la cama -con himno de resortes- se hizo solidaria de la libidinosa lid: besos furibundos, estrujes violentos, lujuria de entrepiernas, saliva mutua, veneno sensual, chillidos espasmódicos, lenguas desbordadas, frote de pieles, hocicos para las axilas, liquen profundo, vellos en punta, ombligos adheridos, clítoris altivo, falo activo, vulva abierta, glande grandísimo, segregaciones de sólido amor, fuegos de poros, escalofríos incesantes, el Orinoco en celo, el Sena en los senos, dame-toma-dame-toma, succión, desesperación, embates, combates, alaridos, la petite mort/la pequeña muerte, el relax, el “mi cielo, ¿tienes cigarros?”
Catherine me levantó a la hora del desayuno con una ofrenda de croissants, café, quesos y la colosal caja de Gauloises. Del tocadiscos brotaban las modulaciones de Ives Montand; y ya en calma, mis ocios se dedicaron al balance de la situación: Estaba metido, por incógnitas existenciales, en  la cueva  de una hermosa mujer;  el alboroto  nocturno o “ménage à deux” había  sido prolífico, denso y multi-indisciplinario; la hembra se hallaba radiante en su cenit satisfecho; el reloj me señalaba la vuelta a mi infeliz pretérito cercano; el humo del cigarrillo anunciaba que al acabarse, no tendría más vicio gratis, ¡malheureusement! Como la conclusión era obvia (reintegrarme a la soledad), fui hasta el baño en búsqueda de duchas bautismales; y mientras aceptaba las purezas del agua, pensé que las alegrías duran el menor tiempo posible y ya ésta arribaba a su final.
Sin embargo me equivoqué porque Catherine, detrás de la puerta, expresó con tono de azúcar candy: “Debo ir a mi trabajo en la Unesco. Espérame para el almuerzo, mon latinoaméricain. Te adoro”. Entonces, permanecí bajo la ducha, pues necesitaba vincular los episodios de mi caos. Episodio uno: El partido ordenó que me radicara en París para que sirviese como correo de sus finanzas. Episodio dos: ¿Por qué no escogen a otro que hable bien el francés? Episodio tres: “Tú eres pintor, López-López, y eso ayuda al disimulo”. Episodio cuatro: “¿Y cómo viviré?”. Episodio cinco: “Te remitiremos dinero e instrucciones mensualmente y, además, podrás vender algunos cuadros a orillas de las catedrales”. Episodio seis: En el viaje me dio un mareo estratosférico por mi impericia en cuestiones de altura. Episodio seis: “Oui, monsieur, tengo una buhardilla pero exijo pago adelantado”. Episodio siete: Como baguettes y bebo vino de garrafa. Episodio ocho: Bebo vino de garrafa y como baguettes. Episodio nueve: Paseo por la ciudad, no hablo con nadie. Episodio diez: El piloto que debía traerme las remesas y las instrucciones, se desapareció. Episodio once: No he podido vender ni un solo cuadro. Episodio doce: París se torna insufrible para quienes no pertenecen a la clientela de los bancos. Episodio trece: “¿Y la renta, monsieur?” Episodio catorce: El próximo vendredi le cancelaré, madame. Episodio quince: Me inscribí en el curso sobre las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira, a fin de matar el hastío. Episodio dieciséis: Conocí a Catherine y nos sumimos en un jolgorio antológico. Episodio diecisiete: Estoy en el baño de mi amiga. Episodio dieciocho: ¿Qué haré mañana? Episodio diecinueve: Me resisto a salir de aquí. Episodio veinte: ¡López-López, debes hallar una solución!
La propia Catherine aportó la solución cuando retornó del trabajo: “Pintor, quédate en mi casa”. La sorpresa me agarró por la nuca a manera de un dolor de mieles, pero me serví whisky con la finalidad de ensanchar el suspenso. Tragos sin respuesta, los dedos moviendo el hielo, los ojos en blanco intacto. Catherine, habituada a la lógica de la Unesco, estimaba que yo saltaría de júbilo ante su oferta y que le daría mil gracias mil por ese arranque de generosidad, “¿Entonces, pintor?” Permanecí mudo. Mis cálculos se basaban en una escueta argucia: si demostraba excesos, la tipa dudaría; si me frenaba, obtendría el alojamiento eterno. Otro whisky.
Aunque nunca me gustó el papel de gigoló, no por ética machista sino por miedo a los terribles desenlaces, resolví aceptar la proposición de Catherine; y, en aras del dramatismo de ley, campaneé el escocés, enarqué las cejas, sorbí una lágrima y dije: “Cathy, te lo agradeceré hasta la tumba, sólo me quedaré algunos días”. Catherine, tan dramática como yo, empezó a bailar por su estudio y, desde las cabriolas, me tiraba besos alocados. Pensé en mi madre (“¡Cuídate de las mujeres porque son más pícaras que los hombres!”), pero no era el momento de dirimir tonterías ni de envolver a la vieja en una relación que me garantizaba kilos de quesos y carne diaria...carne francesa de veintinueve años, alta, fuerte, apetecible, cuya eficacia volvió a probarse sobre una cama sin límite de rounds. "¿Salimos a comernos algo en Montmartre?”, decidió luego Cathy en forma de pregunta, y yo no me atreví a confesarle que estaba exhausto.
El sábado siguiente fui con Catherine a buscar la maleta y los lienzos que reposaban en mi buhardilla. La patrona, previo pago de un mes (cheque de Cathy), accedió a reservármela contra su voluntad porque no le agradaban los “negros tropicales”. En un auto alquilado que figuré como carroza nupcial, atravesamos París hasta mi nuevo hogar. Catherine, dentro de su rol benéfico, no escondía la dicha de tenerme cerca.
 La vida en el estudio de Cathy se inauguró con el signo de la rutina. Ella partía a sus labores y yo me quedaba pintando o limpiando. A decir verdad, más limpiando que pintando, pues no poseía ánimo para dedicarme al arte porque mis anhelos se centraban en la política e inexplicablemente los contactos se habían suspendido. Cuando pintaba, del pincel surgía una idéntica figura en colores tortuosos, la del tirano Augusto Torres. Sí, un General opaco, corrupto, homicida y rodeado de mugre. Comprendí, en función de mi destino pictórico (¿tendría alguno?) que no podía seguir el camino de “las variaciones sobre un mismo tema”; y por eso, en los pocos ratos inspirativos, me consagré a esbozar naturalezas muertas: mala vía paralela porque en los cuadros el único muerto era yo.
 La sombra de la depresión se posó junto a mí. El aislamiento significaba verme de cofia y delantal en un hogar de ridículos bibelots, cuya dueña salía a sus plácidas funciones, mientras en Venezuela los camaradas de la izquierda luchaban con arrojo y se enfrentaban al fogonazo de las ametralladoras. Emprendí, sin éxito, todas las tareas para reestablecer los contactos: los números siempre sonaban ocupados, mi enlace ahora volaba a Hawai, los domicilios de las agrupaciones de apoyo no aparecían en los mapas, nada de cartas, nada de telegramas, ni siquiera un frágil mensaje de esperanzas.
Al cabo de diversos intentos, levantaron el auricular en Caracas. “¿No has fallecido, pintor?”, preguntó alguien reconocible. -¡Coño, Marcelo! -grité-, por qué me tienen viviendo aquí, por qué no me mandan dinero, por qué carajo no se cumplió el plan. Estoy en las últimas, deseo irme ya, ya, ya-. Marcelo meditó antes de responderme: “Perdónanos, Da Vinci, mañana te envío unos dólares para que aguantes. Aún no puedes volver. Sé discreto”. Lo maldije muchas veces; ¡el muy abusador, encima de dejarme en abandono extremo, me pedía discreción! Después, con la ayuda de un Calvados, pensé mejor el asunto. Si Marcelo consideraba necesario que me quedase en París, debía hacerlo, ni modo.
El giro llegó, y con él la posibilidad de afrontar pequeños gastos en provecho de mi orgullo. Le pagué a Catherine el adelanto para la casera, compré un abrigo de segundo uso, y colaboré en superficialidades materiales a fin de que Cathy no me juzgase como un huésped vil. Aunque gozaba del sexo, tenía todo el tiempo libre, escuchaba música y leía con fruiciones de constelación enciclopédica, los espejismos del Orinoco y de mi patria no dejaban que me adecuara a la molicie de una vida resuelta. Contradictorio y apesadumbrado, burgués y paupérrimo, eficaz e inútil, sentí la necesidad de escapar. ¿Cómo, a través de cuáles argumentos? Lo fortuito aceleró el rumbo de los hechos.
–Mignon, quiero presentarte a mi padre –dijo Catherine. El hombre, un Dorian Gray gigantesco, se quitó la gorra que lo coronaba y me alargó su helada mano de tocino invernal, “Enchanté, Frederick Desnois”. Seguidamente, escogió una silla metálica, pidió jugo de naranja y, sin pausas, me enumeró las trazas de su existencia. Viudo a los sesenta y cinco años, policía jubilado que aún realizaba algunos trabajos especiales, alpinista de fin de semana, asiduo de las novelas de detectives, abstemio feroz, enemigo del cigarro y otros cancerígenos, religioso por hábito disciplinario, militante de la derecha y admirador de los gobiernos enérgicos. Mientras el ex policía hablaba, padecí corrientazos de peligros cercanos y, con espanto, me hundí hasta los hombros en la imbécil brevedad, oui, non, oui, bien sûr, d´ accord, olvidando las apetencias de nicotina para que el tipo no se forjara un criterio verídico acerca de mi pernicioso estilo.
Según aseveran, los policías, los niños y los escritores aplican el sexto sentido de la detallista observación, y Frederick Desnois practicaba mejor que nadie ese método. Me veía con pupila de patólogo, clasificaba mis ademanes, listaba mis posibles defectos, me integraba a sus datos de sabueso, luego se detenía y principiaba de nuevo el examen. Aterrorizado y confundido, oí que Frederick dictaba su sentencia inapelable: “Ah, puerco comunista, tu castigo es la pena capital, pero antes sufrirás la sanción de las torturas.” Y en un trámite fantástico que sólo yo advertí, el verdugo abrió el maletín de SS, escogió la pinza más aguda y se dedicó a sacarme las uñas. “¡Arrepiéntete de tus pecados políticos, merde!”.
Mis gritos de dolor sorprendieron al par de Desnois. “No, no, estoy bien”, aclaré, levantándome hacia el panorama del balcón. Catherine me consiguió un vaso de agua y atribuyó el problema a revulsiones de estómago. Frederick insistió en su actitud fascista, ojinegra, picante y, para atenuar la ópera tragicómica, nos invitó a unos escargots au vin rouge en la Place de la Bastille. Catherine comprendió que mis piernas no bajarían los escalones y se desembarazó de su padre con un “excuse-nous” y algunos besos de compromiso. El impasible verdugo me dedicó un doblete de palmadas sobre las clavículas, se cuadró como hipotético comandante del ejército y ofreció volver en ocasión más propicia.
Durante la noche no pude entregarme a los deleites de Eros. La náusea, con su ataque de muerte espasmódica, me mantuvo en crisis total. Sentía como una piedra fogosa dentro de la boca, la saliva se me escurría hacia las vísceras, plomos ácidos abarcaban mis intestinos. Y todo por culpa de Frederick Desnois, el Dorian Gray de un imperio fanático y perverso.
Catherine tampoco mostró espíritu para el amor; los brazos le caían como frutos independientes, y los párpados -simples asomos de oscuridad- no parecían de ella. Durmió un rato y se levantó con faz de carmelita descalza. “Ahora me toca el turno de aclarar los malentendidos”, proclamé con ingenuidad. Montañoso error porque mi amiga, emergiendo de sus niveles pasivos, enhebró un rosario de palabrotas e insultos muy ajenos a la Asamblea de la Unesco. No perdonaba que hubiese desdeñado a su padre, y menos todavía que rechazara el agasajo de escargots. Pretendí calmarla mediante la ataraxia del diálogo y las pastillas del raciocinio, pero fue imposible: Cathy destrozó ceniceros, dividió lámparas, mutiló alfombras, quebró discos, platos, tazas.
En silencio, busqué la valija y metí mis pertenencias. La ciudad me acogió a la luz de círculos distintos, como si me esperase desde siempre para mostrarme que había caminos más originales. Volteé hacia arriba con la intención de observar los destellos de la Osa Mayor, pero únicamente percibí las lenguaradas de Catherine (“¡Pauvre homme, tropical absurd, nain intolérant!”). Sus dardos eran inocuos, ya no me alteraban.
Como no sabía a dónde ir, me senté a cielo abierto en Champs-Elysées. Mi soledad contrastaba con el despegue diario del resto de la gente, humanos vivos que sí tenían una meta de claros o turbios empeños. A punto del suicidio real, saqué pliegos y pinceles y dibujé lo que me acontecía (manchas toscas, líneas tenebrosas, perspectivas clausuradas). En poco tiempo, mi entorno semejaba un museo callejero, con cuadros sobre el suelo y clientes que pugnaban por adjudicarse la muestra de “arte contemporáneo”. –Es estupendo y picassiano  –asentó   una   señora; –No, lo creo afín a la escuela de Monet –opinó el muchacho que la acompañaba; –Se nota el origen árabe de su energía –añadió un crítico espontáneo–. Sin prestarles atención, cobré los francos y huí al mejor establecimiento (barato) de crêpes à la confiture, para que el hambre no se quejase.
Con el dinero de marchand accidental, me devolví a la antigua buhardilla. La circunstancia de encontrarme solo, autónomo y digno, se expresó en una tierna sensación de duermevelas. Comía soñando y al revés, la paz conculcaba el desorden, los objetos imponían su inercia.
Cuando casi se me agotaban los fondos, monté el tinglado artístico en el mismo lugar. Sin embargo, la suerte no quiso ayudarme, porque los peatones se detenían pero nunca compraban. Reduje los precios y me esforcé en búsquedas opuestas: la belleza deforme, las chifladuras de Goya, los hermetismos abstractos, la intensidad de los románticos, el edén de los santurrones de alcoba, y tampoco así pude vender ni un boceto. El análisis de mis precarias operaciones pictórico-mercantiles, me llevó a la conclusión de que debía arreglármelas como pudiese, o sea, habituarme a las migajas.
Catherine no aguantó la ruptura. Quizás por tumulto del deseo, quizás por venganza de hembra herida, digo, de francesa herida. El timbre repiqueteó y era ella. Una camiseta de deportes le acentuaba los senos, su pelo caía en tiras como de momia egipcia (un símbolo perturbador), la fragancia de jabones aromáticos se aliaba a la maniobra de acercárseme con docilidad. Pero no exterioricé la agitación de mis arterias, ni el forcejeo del bulto que crecía y crecía dentro de mis pantalones. “¿Te sirvo algo, Catherine?”
Meneó el café durante un rato de inquieta paciencia. Le secundé el juego porque me pareció indecoroso conducirla a la cama sin permitirle el discurso, los arrepentimientos, el pañuelo para secarse las lágrimas. Tonto yo, cándido yo, típico macho equivocado, pues Cathy se redujo a proponerme que cada uno viviese en su casa y sólo nos frecuentásemos para acostarnos, “¡Lo haces bien, mon artiste!”. La idea de Catherine potenció la ambivalencia de mis prejuicios y ardores: los prejuicios porque me apenaba que una mujer tomase la iniciativa; y los ardores porque no resistía admirarla, de vulva presente, tan dispuesta a entregarse bajo contrato sexual. Luego de minutos, le respondí: “Acepto, Cathy”. El lecho, esta vez el mío, auspició un nuevo certamen de ahogos, jadeos y maravillas.
Como ambos nos necesitábamos, el acuerdo funcionó. Catherine me visitaba, ligera y gentil, y yo la complacía hasta los tuétanos lujuriosos. Ningún interés económico, cero celos, prohibidos los préstamos y las herencias. Pienso hoy que tal tipo de relación debe ser sustituta del matrimonio, porque impide el cansancio, las funestas obligaciones... y la carga de hijos.
Entonces, la llamada desde Caracas me ubicó en la patria, “¡Cayó el tirano, vente en el primer avión que salga de París, aquí todos te esperamos!” Como no logré formularle a Marcelo las miles de preguntas que tenía, sintonicé la radio y la TV, pero las noticias sobre América Latina sólo comentaban el desarrollo del clima o el subdesarrollo de la pobreza. Los periódicos tampoco decían nada y los compañeros venezolanos se hallaban más en despiste que yo. Entonces, fui a la oficina de teléfonos e insistí en la comunicación hasta que mi madre -del otro lado de la ansiedad- respondió: “Sí, hijo, somos libres, el General Torres huyó, tenemos una Junta Cívico-Militar, la familia...bien. Y a propósito, ¿en qué parte del mundo te encuentras?”
–Estoy en Francia, mamá, y me emborracharé por ti y por las esperanzas del país. Bendíceme.
La telefonista no entendió (no podía entender) mis gritos de “¡Muera, muera Augusto Torres!”, ni mis abrazos ni mis brincos a través de la sala. Le largué un bon soir, adquirí un montón de botellas y luego, ebrio pero sereno, escuché la onda corta de Radio Rumbos: “El General Torres partió hacia Alemania con escala en París. Recobramos la libertad que el tirano nos arrebató a lo largo de quince años. En estos momentos el pueblo sitia el edificio de la policía política, donde se atrincheran los asesinos. Hay centenares de muertos y heridos, los hospitales no se dan abasto y el nuevo gobierno ha solicitado la ayuda de la Cruz Roja Internacional. Seguiremos informando”.
El vino se me atragantó. ¿Cuántos de mis camaradas habrían muerto por culpa de las últimas “hazañas” del dictador? ¡Oprobioso General y oprobiosas las injurias del poder! Lo imaginé, en el avión de turbinas, admirando la atmósfera de un París que pronto lo saludaría. Con la plata de la comida futura y sin decirle nada a Catherine, pagué el taxi hasta el aeropuerto.
En medio de la tempestad de viajeros, no sabía a dónde dirigirme ni a quiénes interrogar sobre un tirano tropical, gordiflón y sangriento, madame, de este tamaño, monsieur, que se evade hacia el exilio después de tropelías, robos y matanzas. No desesperé porque algo secreto me soplaba la certidumbre del encuentro: “Lo verás tête à tête, López-López”. Consumí una cajetilla de cigarros mientras leía la pancarta de neón que anunciaba los itinerarios, Peking, New York, Roma, Santiago... El fastidio se ataba a la inquietud, no poseía francos disponibles para beberme unas cervezas, el tufo de los alcoholes anteriores me empapaba la camisa. De repente, alcé los ojos tras la pista de unos hombres que, con sus corpulencias, amurallaban a otro. Mi cautela los siguió. Caminaban y se detenían para garantizar las normas de seguridad, y hablaban entre ellos en un argot de atribuciones policiales. Me acerqué, ocultado por la sombra de los turistas, y el odio estableció sus bruscas raíces: Ahí estaba, disminuido, anodino, empequeñecido, el General Torres, sin uniforme ni condecoraciones, sin gloria ni corajes, sin pedestales ni ejércitos. No parecía el mismo dictador que nos desbarató la nación, sino un blando enfermo crónico, un reducto, un vestigio.
Adelanté algunos metros para que mi puño poseyese la fibra del castigo. El grupo de escoltas no adivinó la furia con la cual saqué un derechazo que cobraba, en el aire, impulsos de exasperación. Cuando el golpe casi resultaba inminente contra la nariz del General, una drástica violencia me aferró la mano y tensó mi cuerpo hacia el suelo, "¡Halte, cochon!” La voz no plagiaba otra voz: era la de Frederick Desnois, policía a destajo con encargo de velar por los tiranuelos que pisaban Francia. Los guardaespaldas pretendieron darme una ronda de patadas, pero “mi suegro” les ordenó que se mantuvieran quietos. Luego, en castellano perfecto, agregó: “¡Necio subversivo izqierdista!, te soltaré con la condición de que nunca más veas a Catherine, ¿en-ten-dis-te?” –Sí, sí, entendí.
A lo lejos, obturé una última mirada; el General Augusto Torres se amenguaba en tembleques de nervios. Después, efectué diligencias para que el cónsul de Venezuela me repatriara con boleto gratuito, y el diplomático asintió con ceremonias por mi carácter de batallador político.

París no era una fiesta. Y menos en el momento de comunicarle a Catherine que nuestro pacto erótico había terminado.

1 comentario:

Miriam San Juan dijo...


Como todos tus relatos muy bien escrito, pero me ha resultado previsible y muy caricaturesco.