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miércoles, 14 de junio de 2023

ENTRE LUJURIAS Y FANTASMAS

Nadia  escondía  sus tumultos de  dieciséis años, para evitar el espectáculo de un cuerpo que inspiraba plenos desacatos. Ella no conocía a Marlene Dietrich, pero sus piernas eran de real similitud sinuosa. Jamás tuvo la dicha fílmica de ver a Sylvia Kristel, aunque ambas se pareciesen en albo desplante de pieles. Nunca se identificó tras el busto expansivo de Jane Mansfield, porque tanta sapiencia le resultaba ajena. Y ni siquiera estableció paralelismos con la fecundidad lúbrica de Madonna, pues su mundo no superaba los rituales del barrio común.
  Una húmeda circunstancia de ojos la perseguía por doquier. Su sola insinuación desentrañaba aturdimientos, fogosidades, delicias perversas, caminos ignotos. Y por mucho que encubriese aquel regodeo de esplendor, aquella lascivia opulenta, los hombres la fornicaban a solo golpe de vista.

Nadia, sin quererlo, tuvo la hazaña de todos los escándalos. El sacerdote de la iglesia Cristo Rey pretendió despojarse del celibato, enseñándole  —¡Oh, por Dios!— un miembro más largo que las sagradas escrituras. Su profesor de matemáticas, ¡qué pájaro de cuentas!, ansiaba enumerarle los hermosos vellos de la intimidad. Un tío sanguíneo y consanguíneo le declaró bajas ternuras en pública desnudez: "Entre familiares no es pecado, Nadia, te lo juro". Los compañeros de escuela, necios y con acné, se dedicaron al onanismo sin fronteras, ante la imposible proeza de besarla. Y hasta una monja auscultadora (carmelita descalza, por más señas) le propuso indignidades de tacto y contacto.
Dentro del hogar, Nadia también respiraba la calina del sexo. Su madre, una antigua bataclana de feria, todavía gustosa en redondeces, aprovechaba las ausencias del marido para demostrarle meneos horizontales  a cuanto fortachón se atreviera: "Hija, enciérrate y perdóname, es un vicio como cualquier otro". Y Nadia, desde el lugar de sus lágrimas, oía gritos en incendio, chirridos bramantes, ebulliciones de último minuto, para constatar luego que su madre siempre salía vencedora, y que el eventual recluta apenas lograba —a flácidas fuerzas— sostenerse en pie.
El delírium semens proseguía con la llegada del legítimo varón de la casa: un ex maromero de circo que deseaba reiterar sobre el lecho sus pericias de saltimbanqui. Alentado por furias etílicas, inventaba originales pericias de saltimbanqui. Alentado por furias etílicas, inventaba originales contorsiones de apareamiento, donde bocas, oquedades, sudores y entrepiernas se articulaban en el suceso de la complacencia. Muchas veces Nadia, bajo el temor de un resultado homicida (pues los dos ancestros estaban sedientos de sadismo), fijó las pupilas en el mágico ojo de la cerradura; pero no había lugar para ninguna zozobra porque sus padres se entendían a las mil poses y maravillas, fulgurando retorcimientos que ni la erótica oriental podría superar.
Y como si ese aire de salacidad fuese irrisorio, los perros de la casa vivían en un eterno olisqueo de glándulas, y los gatos se revolcaban con espasmos de aullidos terribles, y los canarios dejaban de silbar ingenuidades ante el apremio de un abrazo animal, y los peces se confundían en el rojo arrojo de sus escamas vibradoras.
La muchacha no aguantó más la circunferencia de desenfreno que la rodeaba, y por eso decidió buscar un sitio donde "nadie conociera a Nadia" y viceversa. Su intuición, en resonancia de murmullos, le señaló la ruta de la ciudad; y partió con una cabellera casi rapada para no suscitar miramientos, y un traje de holgura infinita que disimulaba la precisión de sus preciosidades recónditas.
Después de caminatas y ahogos, Nadia arribó a una metrópolis que, aunque exigua, le causó estupores gigantescos porque nunca había visto tal encadenamiento de automóviles ni edificios con egos cósmicos. Pero ya recuperada de las primerizas emociones, Nadia sintió el hambre como una maraña en los fuegos del estómago.
Anduvo varios días de angustia con menesteroso rumbo, escarbando, pidiendo, suplicando, hasta que un anuncio de esperanza le devolvió ánimos: la Biblioteca Municipal requería los jóvenes servicios de una doméstica.
Sin mayores vueltas de neuronas, entró en el recinto de libros incunables. Don Ramiro, su director, un hombre veterano  y maduro, la hizo sentarse frente a él para observarla con perspicacias bifocales. Al cabo de un rato de silencio, le ordenó que se paseara por los extremos del despacho. Nadia quería hablar, justificar su humildad, rogar empleo, pero el funcionario —con ademán estricto— se lo impidió. Por fin, Nadia escuchó las hondas suavidades de un tono amable: "Siéntese otra vez y dígame su nombre y edad, la experiencia no me importa". Cuando la muchacha balbucía los datos requeridos, una palmadita feliz le ratificó destinos: "El cargo es suyo. Trabajará de lunes a sábado en la limpieza del local. Vivirá aquí. La habitación del segundo piso tiene cama y baño. A veces hay ruidos molestos, cada biblioteca posee sus secretos como las páginas de los libros. Por ello, exigimos absoluta discreción. No lo olvide. ¡Enhorabuena!".
Nadia, abrumada de alegría, deseaba alzarse en brincos y estrechar a su mecenas, pero prefirió la vía de la seriedad, "¡Gracias, muchas, gracias!", y subió a la pieza que le habían asignado como estancia permanente. Una grata disciplina se respiraba en todos los rincones, y el mobiliario —un jergón colosal, dos sillas y amplio espejo— contrastaba con la brevedad física del cuarto.
Aquella noche, Nadia, desnuda e inquieta, pensaba en las sorpresas de la existencia, y casi por juego comenzó a bailar delante del cristalino espejismo que la envolvía. Descubrió, entonces, que su cuerpo era fiebre pura, llama sin rescoldo, sazón  lumbre, y que su busto —erguido en puntas purpúreas— tenía la dureza de un trópico de volcanes. Al tiempo que bailaba, la piel se le iba sembrando de aceites de intimidad, como fiesta de ríos carnales o aguavientos de desasosiego. Una voz paralela sonó en el aire, "Así quería verte, hija"; y Nadia, confortada por la adhesión materna, redobló locuras rijosas. El espejo la atraía con mil signos de ardentía, y ella se dejó llevar: sus senos tocaron la imagen de otros iguales en el destello, su boca se entreabrió para besar los mismos labios reflejados, sus piernas se afincaron en un roce de similares órbitas concéntricas. Una mano, suya o del espejo, no resistió la tentación del hurgamiento, y bajó hacia el virginal embrollo de la vulva. Los deseos de Nadia se lubricaron para recibir la digital incordura: mano con largueza de araña que palpaba  calores y profundidades, socavones y humectaciones; mano en giro tibio, mano después enardecida, pugnaz, deliciosa. Un rayo de flujo escindió a Nadia en bifurcación de lenta muerte; su otra cara (¿Marlene, Sylvia, Jane?), dentro de la luna del azogue, le sonrió como indisoluble cómplice de un hallazgo.
Con rapidez, la joven se habituó a las normas de la biblioteca. Comenzaba labores al despunte de relojes exactos, pues debía abrir el grueso portón y situar el cartel que anunciaba la jornada de trabajo, porque solo ella habitaba en la sede de papiros. Más tarde le correspondía la preparación del café, para recibir —taza en ristre— a don Ramiro y a los otros cuatro funcionarios municipales. Hasta el vestigio de la tarde (con una hora para almuerzos incómodos), tenía que aplicarse a la limpieza del local: pisos, entrepisos, corredores y estanterías. Pero a las seis estaba libre de férulas; y tras la despedida, "¡Que les vaya bien, señores!", se mutaba en dueña risueña del fenomenal bosque impreso.
En beneficio de los ritos, primero subía a la modestia de su pieza y se despojaba de olores ofuscantes. Luego, vestida con la transparencia de una túnica (ilusión de reina en mísero organdí), bajaba hasta el espacio de los libros y escogía cualquier volumen al azar, para leerlo entre el sereno ambiente de su cama.
En pocos meses había devorado una montaña de novelas, cuentos y breviarios, pero lo que más llamaba su atención era el nudo singular de aquellas narraciones donde los personajes se intrincaban en celos y abrazos, odios o caricias. Y comprendió que la literatura suponía un real desciframiento, porque a medida que avanzaba en el alma de las páginas, su cuerpo se distendía y enervaba, se rendía y cobraba nuevas fortalezas de lujuria. Y cuando llegaba a un desenlace de imaginación, percibía una corriente en zumo que le mojaba las raíces de hembra redimida. Y después venían los goces puntuales, el éxtasis, la coronación de los adentros. Su cerebro se liberaba en meandros de vagina.
           Por las noches, era sacerdotisa de la textura oculta de la vida, pero durante el día le tocaba enfundarse en la cofia servicial, "¿Desea café, don Ramiro?". Ella estaba segura de que los otros compañeros de biblioteca no entenderían jamás sus astucias, porque sólo se hallaban sintonizados con el trote de caballos y los números de la lotería. Mutilaban enciclopedias para que los hijos realizasen tareas escolares, se reían de chistes procaces, jugaban dominó sobre las santas mesas de aprendizaje, y se entretenían con carcajadas salivales y juergas de anís barato, "¡Ven, niña, tómate uno!". Nadia, lejos de amilanarse, y lejos también de lo que había sido en su rústico pretérito, aguardaba las reivindicaciones de la soledad para atenazar el deleite que hallaba en las letras de los libros.
              En una oportunidad memorable, el sueño se le escapó por las grietas del insomnio. Aún tenía presente la figura del Conde de Valmont en Relaciones peligrosas. Un escozor le subía por los muslos, como excitación de heridas afables y mortificaciones de voluptuosidad. Sus carnes se reventaban en fruición de ansias: desde la nuca eléctrica hasta el enjambre del más oscuro de los precipicios. Sudaba, se arqueaba en sofocos y avideces, gemía a plenitud de ingle. De repente, una sensación, un ruido extraño, le afinó el delirio: sus ojos vieron la sombra descomunal del espectro masculino que quizás aguardaba (¿Valmont?), y lo llamó por miles de nombres iguales y distintos para que se acostase a su lado. La humana presencia, que en espíritu concreto enaltecía dotes de generosa virilidad, empezó a succionarle los pezones, el musgo de las axilas, la espalda erizada. Nadia rotaba en círculos afanosos, urgiendo bondades y reclamando la decisiva penetración. Sin embargo, la sombra se detenía en cada zona corpórea, a gusto de lengua, como sabihondo artífice de la impudicia. Y cuando Nadia llegó a la cima de su propio marasmo, admiró el embate de un árbol nervudo, de un tronco férreo, que la aniquilaba con violenta dulzura. Y se repitió en gritos, y en sangre, y en júbilo. La madrugada disolvió cualquier indicio de alucinaciones y fantasmagorías.
             La mañana siguiente despertó entre sábanas revueltas. Una huella roja comprobaba lo que había experimentado con niebla de duermevelas, pero se acordó de la orden de don Ramiro: ¡callar, siempre callar!
               Desde esa ocurrencia, Nadia no fue la misma. Sospechaba que todos centraban en ella sus atenciones, y que —por detrás— le hacían señas malditas; aunque en verdad ninguno de los compañeros dio muestras de alteración. Sólo el director le susurró una especie de acertijo: "Ahhh, Nadia, el infierno y los cielos se tocan en las nubes de arriba", pero le restó importancia porque únicamente anhelaba que corriese el tiempo para hallar su frenética soledad.
            Varias noches se quedó esperando que regresara el duende erecto, táctil y vigoroso. Cuando ya estimaba que nada sucedería (pese a que Boccaccio era su Decamerón de cabecera), adivinó en claroscuro una extravagancia de macho con ganas de inclementes violaciones.
              Sin rubor, lo atrajo hacia el alboroto de su paroxismo, y fue ella quien tomó la iniciativa de besos, cosquilleos, succiones y retozos. El nuevo fantasma, mudo en la complicidad, se dejaba llevar por el ritmo indomable de Nadia, hasta que —a diapasón pasional— se le encaramó en el tormento de sus nalgas. La chica sintió un monstruo grueso que la hundía de quemaduras ("¡No, no!"), y se volteó para recibirlo por los frontales barrancos de la concupiscencia. El demonio la traspasó con sólida fuerza, aunque luego disminuyó brusquedades para regocijarla en armonía de pausas y crucifixiones. Nadia saboreaba la destreza de su fragoroso oponente, como si estuviera bajo un zodíaco de placer: su clítoris enloqueció, sus labios buscaban recompensas, sus pechos pedían mordeduras... y se derramó con alaridos sucesivos. Quiso un turno más de gloria ("¡Más, más!"), pero el espanto la abandonó en eclipse.
  Nadia se negaba a ahondar en las enigmáticas experiencias, por miedo a que desapareciesen sus felicidades espectrales. Diariamente acometía la rutina de la biblioteca, sin reparar en huecas historias ni adentrarse en solidaridades con los otros camaradas. Prefería la meticulosidad de la escoba y los plumeros, porque después tendría todo el ámbito de la noche para su disfrute.
La lectura de El amante de Lady Chatterley la sumió en una inquietud de poros abiertos. Rogaba el milagro de un guardabosque formidable que, a vuelta de página, se concretase en realidades para desgarrarla con violencia. Aguardó durante muchas aflicciones, y tuvo que acudir a las travesuras del espejo: encanto reflejado que la satisfacía en propias órbitas. Pero cuando menos lo pensaba, un hito de asombro le colmó certezas: dos guardabosques, sí, dos Mellors espléndidos y fálicos, surgieron de la nada para sobarla en pluralidad de goces. Mientras uno la recorría por las caderas, el otro se empeñaba en los lindes del cuello; e intercambiaban posiciones a fin de degustarla sin pérdida de territorios. Nadia acezaba, maldecía, bramaba. El guardabosque más alto le clavó, por delante, su corpulencia erótica; y el amigo se sitúo atrás, para inferirle un promontorio de inauditas dimensiones. Nadia, en mitad de las dos potencias, se torcía y retorcía con exultación divina hasta que una candela encrespada le mojó los subterráneos del alma. Los guardabosques sin rostro huyeron por los vericuetos de la oscuridad.
            A partir del dichoso encuentro, la joven redobló ilusiones, pues no se conformaba con la gratitud de un único martirio, sino que necesitaba el holocausto de varios duendes en lucha. Y escogió el mundo turbador y novelesco de Henry Miller como guía de sus sueños.
           Las próximas noches le dieron la razón. Tres fulguraciones en estampa de hombres se revelaron desde el suspenso. Nadia, maravillada, los condujo hacia la hojarasca del vientre, y usó todas sus armas de fémina para la lidia erótica. Los tres belicosos desenfundaron energías y glandes, pero la amorosa adversaria les respondió con una efervescencia de grupas. La batalla se planteó sin desmayo sensual, y hubo hostilidades de espeluzne, mordiscos, calofríos, rotamientos, masoquismos, virulencias y orgasmos en cadena. Nadia resultó triunfadora, pues los amables enemigos se escabulleron por donde mismo habían arribado.                                                                         La noche posterior, el torneo incluyó un  contrincante más. Y en la siguiente, el número se elevó a cinco. Quizás las obscenas recomendaciones de Henry Miller dirigieron la estrategia de la reina del fornicio, o tal vez ella —en recuerdo de bataclanas y maromeros— impuso las lujuriosas reglas de la guerra inventando originales contorsiones, a voluntad de baboseos, licencias y ninfomanías. Los cinco hálitos se rindieron sin exigir otras escaramuzas, aunque regresaron durante semanas para que el ángel azul les enseñara su arte inédito.
          Nadia nunca vislumbró tanto paraíso y tantos huracanes. Se sentía el corazón de la desmesura, la elegida, la diosa altiva; pero comprendió, en un soplo de relámpago, que todo esplendor tiene final. Por eso no lloró la última mañana de don Ramiro. Se apresuraba a servirle café y lo encontró en mortales agonías, rodeado de libros y compañeros. Parecía un fantasma sin destino, exhausto, indigno. Al verla, don Ramiro suplicó que solo Nadia se quedase. Entonces la acarició con escombros de ternura, hasta que las palabras fueron adiós y sentencia: "¡Te lo advertí, pequeña mía! Cada biblioteca posee sus secretos".


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