El editor-jefe me solicita una breve nota para la
promoción de mis libros. Comprendí a través de un alienado hilo telefónico, que
era indispensable transmitir a los posibles lectores (¡siempre el libro es una
transacción!) la vida única y secreta de un autor. Accedí, después de hondo
examen, a borronear algunas cuartillas para llenarlas de mi escuálido resumen personal.
La loca intemperancia de Verlaine me vino a la memoria como ejemplo azaroso; también Arguedas con su recurrencia suicida, y no sin razón un Miller incisivo y demoledor. Pero, seguramente, nada de eso conmovería a los apoltronados lectores, ahítos de on the rocks, saturados de hueca urbanidad, y algunos repletos de “Monsieur, gracias, s’il vous plaît”. Por más que he repasado los momentos culminantes de mis años escriturales, no logro encontrar esos destellos extraordinarios que todo el mundo supone en la vida de un creador. Si dijese, ¡y es una hipótesis!, que pequé de matrimonio y divorcio por tres veces consecutivas, con su herencia de hijos indiferentes y desprendidos, nadie se abismaría por tan común tragedia familiar. Si añadiese, en la misma senda, que sólo fue a los cuarenta años cuando pude aprisionar en letra escrita los revoloteos de mi inspiración, todos tendrían derecho a exclamaciones de airada crítica.