El editor-jefe me solicita una breve nota para la
promoción de mis libros. Comprendí a través de un alienado hilo telefónico, que
era indispensable transmitir a los posibles lectores (¡siempre el libro es una
transacción!) la vida única y secreta de un autor. Accedí, después de hondo
examen, a borronear algunas cuartillas para llenarlas de mi escuálido resumen personal.
La loca intemperancia de Verlaine me vino a la memoria como ejemplo azaroso; también Arguedas con su recurrencia suicida, y no sin razón un Miller incisivo y demoledor. Pero, seguramente, nada de eso conmovería a los apoltronados lectores, ahítos de on the rocks, saturados de hueca urbanidad, y algunos repletos de “Monsieur, gracias, s’il vous plaît”. Por más que he repasado los momentos culminantes de mis años escriturales, no logro encontrar esos destellos extraordinarios que todo el mundo supone en la vida de un creador. Si dijese, ¡y es una hipótesis!, que pequé de matrimonio y divorcio por tres veces consecutivas, con su herencia de hijos indiferentes y desprendidos, nadie se abismaría por tan común tragedia familiar. Si añadiese, en la misma senda, que sólo fue a los cuarenta años cuando pude aprisionar en letra escrita los revoloteos de mi inspiración, todos tendrían derecho a exclamaciones de airada crítica.
Y si me ocurriese expresar “con el corazón en la mano”
(apelando a una trova histórica) que organicé fracasos tras derrumbes para
convertirlos en resignadas victorias, quizás algunos podrían pensar que sólo
soy una mediocre Ave Fénix con tenaz miedo a la muerte. Y si, por último, dijera
—ya en confianza— que pago recibos, notas y débitos, mermando sin cesar los
escasos números de mis haberes económicos, obligaría sin duda al ateneo
intelectualoso, a lanzar reproches contra un típico sujeto-objeto de esta
sociedad consumista.
Por tales motivos, recurrí al sonoro y falso nombre de
Germán Prudencio Vila Altuve, para suscribir una opinión también falsa sobre
mis libros: “Las novelas de M. M. poseen, en su denso contexto de recíprocas
conjeturas, el germen sin anfibologías ni acritudes arcaicas de un espíritu estructural
que sabe manejar avant la lettre, los
intrincados procedimientos sinalagmáticos y sintagmáticos de la verdad esencial,
para así proyectarnos una verdad/mundo que conculca los usuales arbitrios de lo
individual o efímero. M. M. aborda con su psico-lenguaje de personal factura
intimista, un universo extraño pero palpable, lleno de mitos y alegorías, con
el fin de obtener en cada aserto la ansiada ruptura espacio-temporal, pero sin
que ello involucre la consciente pérdida de su siempre obsesiva dimensión por
el aquí y el ahora (comme Sartre ou la Beauvoir). El pulimento insaciable del
signo y su imbricación directa con acontecimientos humanos, podrían ser los
caracteres más ilustres de este artista escritural…”.
El proyecto no pasó de allí, pues las furiosas
invectivas de mi editor lo destruyeron con mordacidad (“Amigo mío, hable de
sexo, de crímenes horribles, de sórdidas traiciones; y olvídese, por favor, de
estupideces elitescas”). Apremiado por esta compulsión, decidí finalmente
atender los sabios consejos semiológicos de mi mecenas, y enviarle lo que a
continuación transcribo: “M. M. es un prosista que se ha hecho a sí mismo. Fue
titiritero, ladrón de bicicletas, domador de leones, vendedor de pianolas de
segunda mano, pedagogo de palomas mensajeras, relojero ocasional y
contrabandista de cuadros célebres o en proceso de celebridad. Nació en nuestro
país, pero pronto se alistó en las fuerzas de liberación de la República de
Niam, de la cual —pese a su condición de extranjero— llegó a ser
Vicepresidente. Renunció a tan alta función para dedicarse de lleno a la
literatura. Sin embargo, infundios interesados pretenden achacar la causa de su
dimisión a un supuesto complot del espionaje internacional.
“Sus personajes son brutales, alcoholizados,
marginales. Viven en cuartuchos, junto a cucarachas nocturnas; escupen
maldiciones, roban para medio subsistir y hacen el amor con insólita
frecuencia. Como ídolos de una vulgaridad sensual, van por las ciudades
contaminando el ambiente con frenéticos desplantes de ignominia. M. M. ha sido
también un afanoso viajero y poliglota ejemplar, conoce veinte idiomas
(incluyendo el niamibio) y escribe con fina propiedad en cualquiera de ellos.
Fue distinguido en 1985 con el Premio “Arcángel de plata” que otorga
bienalmente el Club de Lectoras de Ruviano, populosa población de la Argentina;
y en 2002 obtuvo el “Ruiseñor Hispánico”, galardón a cargo de la Sociedad de
Estudios Comparados y Similares, con sede en Doral, Miami-Venezuela, USA.
“Es autor de diez volúmenes de cuentos cortos o semi-largos,
ensayos sin tanteos previos, novelas al por mayor según el estilo de Agatha
Cristhie, sones y sonetos, guiones de cine mudo, artículos periodísticos de última
necesidad, recetas aeróbicas, programas de radio, Manuales de Inteligencia
Artificiosa y 200 podcasts de Consejos prácticos o semi-prácticos. En la
actualidad prepara una antología de tan extensa obra. El Diario Le Fisgoniere,
de París, lo ha nominado este año para que dirija su página literaria y
coordine el homenaje conmemorativo al gran autor galo-marabino Louis Barrére
Linars. Por su parte, la Revista Plurimenio, órgano del conocido Sindicato de
Alforjadores, acaba de nombrarlo como gerente vitalicio hasta que fallezca o
desfallezca. Constituye una altísima honra, difundir la palabra de nuestro
notable escritor que pronto tendrá amplias repercusiones en todos los ámbitos mundialistas,
virtuales, locales y coloquiales”.
Mi editor, con especial énfasis, me ha felicitado por
esta “al fin lúcida contraportada”, asegurándome la venta total de los miles de
ejemplares que aún descansan en los depósitos de las librerías. ¡Así sea!
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