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sábado, 1 de julio de 2023

HOTEL PARA SUICIDAS



Los suicidas siempre otorgan atención  a las señales del destino, como si de su fuerza tumultuaria dependiesen los únicos actos del porvenir. Y Erasmo Durán, en su calidad de mortal que buscaba las pistas ocultas de la existencia, soltó un grito de eufórico estupor cuando leyó el anuncio en Internet: “Foulton, hotel para suicidas, isla de Saint Austin. Escriba sin compromiso”.
La dubitación no le permitió establecer inmediato contacto; temía que el hallazgo formara parte de los juegos insidiosos y desleales que abundan en la red. Se consagró, entonces, al disimulo de los propósitos, revisando el correo electrónico y bebiendo elusivos sorbos de café, pero cada cierto tiempo volvía al insólito anuncio. Sus pocas letras en la pantalla del ordenador, el mensaje casi secreto y casi absurdo, se apoderaron de su voluntad; quizás aguardaba desde siempre tales osadías. Sin embargo, prosiguió el recurso de la evasión y fue al trabajo como quien cumple una disciplina transitoria, habló con amigos acerca del verano banal, telefoneó a su madre sorda, preparó la comida de los perros y, por desacatos de la memoria, se bañó varias veces aquella misma tarde. El ordenador mantenía, indemne, el aviso para clientes desesperados.

TRINIDAD NON SANCTA


La fiesta enraizaba alcoholes de media noche en el salón del club:  un vasto espíritu cuadrado dispuesto a cualquier desmán de felicidad. Los asistentes, con la conciencia en el bolsillo, paseaban mareos trasatlánticos entre truenos de bohemia. Las copas, como cálices vivos, solicitaban más y más añadiduras. El disc jockey de cabeza solar surtía mermeladas rítmicas, tras el escudo de su fortín electrónico. Los diálogos, hirvientes y ágiles, licuaban todo empeño de timidez, disolviendo rigideces. Y las damas, a través del aviso luminoso de sus senos, se hacían propaganda liminal y subliminal. Y los caballeros, al galope de potros vinícolas, asediaban a hembras desconocidas para proponerles la eterna amistad de una madrugada. Era un ambigú de vacíos ajetreos, de espuma en remolino, de efusivo champán.
Yo, desde mi recodo embebido, recorría los poros abiertos del espectáculo sin acobardarme ante el volumen de los tragos y la música. Heterónimo y escindido, pensé por un momento en los poemas de Pessoa, ese genio inútil que murió de todas las vidas posibles, pero luego me desprendí hacia las dimensiones mundanas y abracé a una señora durante dos piezas bailables, regalé tarjetas de presentación a cuanta cara de banquero se me interpuso por delante, canté New York, New York a lo Frank Sinatra (parodiando las lecciones in english del Reader One), recité con romo romanticismo “volverán las oscuras golondrinas”, y ya agotado me ubiqué en la hilera del buffet. Sin abandonar mi privada botella de Chateauneuf du Pape, me harté solo de corazones de lechuga, quizás con la intención de florecer por dentro a lo largo de las próximas horas, y después me hundí hasta los hombros en las dulces almendras de un amaretto. El presidente del club, sabiéndome periodista, trató de explicarme en un fastidio de veinte minutos las muy victoriosas perspectivas de su gestión, palabras que borré a prisa para que no enturbiasen mi contento.

jueves, 29 de junio de 2023

TRES CRONICUENTOS DE ESTA ÉPOCA

 


LE DISPARÓ A SU MARIDO PORQUE LA LLAMÓ POR OTRO NOMBRE (Diario  Actualidades)

 

        

El matrimonio vivía entre chubascos. La contienda estaba a la orden de los extremos verbales. La agenda diaria (un cúmulo de obligaciones huecas) se repetía por voluntad pasiva. De noche, a veces, Romelia lo arrinconaba en la cama, y Damián cumplía con la emergencia. Acuerdo de hembra y caballero, contrato sin rugido de palabras.          

         No siempre fue así: los años aderezan los entuertos.                 

         Como la vida parodia a las telenovelas, aunque algunos sostengan lo inverso, Romelia y Damián se conocieron en una estación de Metro cuando la energía eléctrica, discontinua y aleatoria dentro de los sótanos del Tercer Mundo, se largó por quince minutos. La muchacha, quizás con fingido nerviosismo, soltó dos gruesas lágrimas no exentas de rímel marca Revlon; y el joven, quizás con tramposa cortesía, se le acercó para ofrecerle un pañuelo sin sello de fábrica. Romelia, que en esa época no usaba lentes al aire, lo precisó a través de unos ojos nítidos y amarillos; y Damián, que en ese momento esgrimía un bigote fértil, le sonrió como el D´Artagnan de la estación Capitolio y la invitó a un café. “No sé si pueda porque es tarde”, dijo ella en tono de duda afirmativa; “Un rato nada más y te suelto”, respondió él pensando estrictamente lo contrario. La ciudad ostentaba una especie de crepúsculo escenográfico, diversas músicas competían por el Guinnes de los mayores decibeles, los semáforos se atragantaban de centenas de autos: nada nuevo bajo el cielo de Caracas.

LA OREJA DEL OTRO


                                  
                                  
Me topé contigo, Vincent Van Gogh, un temprano y azaroso día de hace ya muchas vueltas sobre mi vida, y sobre la tuya, amado amigo. Vi una copia de tu autorretrato y nunca más pude separarme de aquellos ojos que se dirigían a lo impreciso. Ni de aquella blanca forma de permanencia sin tiempo. Ni de tu cara en triángulo de barbas.
Y empecé a seguirte, Vincent. Asistí a tu nacimiento en Groot-Zunder, un pueblo que estaba situado al borde de todos los inviernos, y escuché -como testigo de sombras- cuando tu padre dictaminó con rigidez de pastor protestante: “Se llamará Vincent Willem en memoria de su hermano muerto”. Estuve al lado tuyo en las ausencias de la escuela y en las inflexibles clases de teología que por fortuna no te condujeron a la profesión paterna, ¡felicitaciones, Vincent! Te acompañé al trabajo de marchand en la sociedad de comercio Goupil, con escalas tortuosas en La Haya, Londres y París, hasta que acordaron sustituirte por el bueno de Theo Van Gogh, cuatro años y un milenio menor que tú. Me encontraba muy cerca en la época que comenzaste a pintar rasgos incipientes, imitaciones, paisajes realistas; y casi compartí la cama meretriz de tu modelo y novia Siem Hoornik, ¿evocas la ruptura final de esos amoríos, Vincent Willem?
Después, te subí la valija al sexto piso  de Theo en Montmartre, donde fijamos menesteres, asiduidades y tormentos. París nos enseñó El Louvre, las técnicas del dibujo, los colores del impresionismo, el estrépito de la ciudad, los insaciables caldos de Borgoña, y también la figura deforme de Lautrec y la rigurosa  paciencia de Camille Pisarro, pero tú quisiste partir.
Con ayuda del fraterno Theo, porque las ventas de tus cuadros eran exiguas, nos instalamos en Arles, “el Japón del sur” de Francia, según la denominabas, para fundar una utópica comuna de artistas en la que se compartiesen gastos e ingenios; y decoraste tu Casa Amarilla con girasoles, emociones y esperanzas, pues recibirías a Paul Gauguin, Paul el vanidoso, Paul el terrible. Aún poseo la nitidez de aquel período de pugnas, de exaltación, de desacuerdos, de insolencias alcohólicas, aunque me gustaría olvidar la última escena: Tú, ofendido, amenazas a Paul con una navaja, Paul se va al hotel, tú te arrepientes y decides cortarte la oreja derecha, tú se la envías a Paul con una prostituta en señal de remordimiento, los gendarmes sitian la casa, Paul abandona Arles y a ti te recluyen en el hospital.

martes, 27 de junio de 2023

EL OSCURO ENCANTO DE LA SOLEDAD



                                                 -I-

      El tiempo gira en su órbita extraña  y un cielo tenso  confirma   las  incógnitas. No siempre fue de ese modo: antes me refugiaba en  los suaves  ardores de la juventud, como  si  el precipicio estuviese detrás y las inclemencias  ocurrieran  decididamente a los otros.  Leyla duerme en la habitación que da hacia la montaña porque  no resiste mi  tos noctámbula ni las luces vehementes  que utilizo para leer; pero nunca discutimos, hay entre nosotros el silencioso armisticio  de quienes poseen iguales escudos y defensas. Tampoco el sexo  nos abruma, pues  a base de metódicas apatías lo encerramos en  el  abandono, o fue culpa de  nuestros vínculos eternos porque mi prima  Leyla  y yo somos parte de un mismo apellido (y quizás similar destino).
      La detallé por primera vez en una fiesta de tíos y nudos genéricos  otorgados por la sangre común. Era diciembre, llovía con fortaleza de relámpagos, Leyla se ubicó frente al ventanal y yo la acompañé sin hablarle: las palabras sobraban en la obvia conjura de la circunstancia. Fumamos, busqué dos tragos, luego la besé larga y hondamente. Al cabo de una semana, compartíamos mi lecho de soltero.
       Los meses transcurrieron como dardos cautivos de la felicidad; hablábamos sin agobios, oíamos a Bach con devoción, el vino  nos acoplaba en el éxtasis de sabores y fruiciones; parecía imposible solicitar más de la providencia terrenal, y por eso el soplo de la duda empezó a atemorizarnos, ¿un mensajero de órdenes adversas tocaría la puerta para anunciarlas? Mientras tanto, y a fin de alejar malos augurios, nos colmábamos de sólido amor.

LA TRUNCA CABEZA DE PANCHO VILLA

 





No me llamo Carmelo Taborda, solo utilizo este nombre en mis andanzas e investigaciones sobre Pancho Villa y la Revolución Mexicana; tengo escritos más de setecientos folios sobre José Doroteo Arango Arámbula, Pancho Villa, sin todavía esclarecer los autores ni el paradero definitivo de su cabeza mutilada en 1926, tres años después de que lo enterrasen en un panteón de pueblo.

 

Pistas vagas conducían a inexactos finales: la exhibición de la testa de Villa en el circo Ringling Brothers, donde cobraban a los adultos 25 centavos para verla y a los niños la mitad del precio; la encomienda de cercenamiento impartida por un fervoroso militar cuyo deseo era que la ciencia estudiase el cerebro único del héroe; la venganza del General Álvaro Obregón porque había perdido el brazo derecho en refriega contra las huestes villistas; la posesión satánica del despojo por parte de la sociedad secreta Skull and Bones, de Yale University, con el fin de rituales subrepticios; la posible sepultura del cráneo cerca de Salaíces, Chihuahua, en una caja de balas para Máuser 7mm. Recovecos de la incertidumbre, espejismos merodeando la realidad, epopeyas de cuerpo fragmentado

 Por ello, no me sorprendió el correo breve y urgente de un profesor chicano, amigo mío, asegurándome que la cabeza de Villa se encontraba en Brooklin, bajo la custodia de anticuarios judíos. De inmediato, reservé por Internet el boleto desde Caracas y acomodé en la valija los utensilios imprescindibles: sendas botellas de ginebra contra el insomnio, las páginas con las pesquisas y dos trajes casuales. Le pasé llave a mi hogar solitario, no sin orar una retahíla absurda en provecho de suerte para que no entrasen los ladrones. 

BIOGRAFIA DE UNA VOZ

 



 (Tony y su esposa discuten dentro del apartamento de séptimo piso en Queens, New York. Ella le reclama su adicción a las drogas y al alcohol. Tony amenaza con matarse si prosigue, la mujer no le hace caso, Tony va al balcón, reza algo  incomprensible y se lanza al vacío. Son las once de la noche, cae una lluvia tenue, los vecinos escuchan el golpe y llaman a los bomberos, Tony yace sobre la calzada.)

     Tu porvenir quizás estaba escrito, como si la existencia fuese un círculo impávido y absoluto. Los amigos habían insistido mediante cartas continuas, “Tony, ven al Norte, el triunfo te aguarda, no demores los tiempos”. Y tú por fin llegaste a suelo ajeno; cargabas un bolso sobre la espalda y dieciocho años en las correrías de la vida. Nadie fue a recibirte al aeropuerto, entonces el taxi  te condujo a un cuarto en las propias mandíbulas del Bronx, con vista hacia  el desborde de potes de basura y olores que  casi impedían la respiración.

        Todo había empezado cuando te quedaste con la boca retorcida y el blanco de los ojos hirviendo, al ver a Chico Almeida en el Club Marítimo de San Juan. Y luego fue el éxtasis inmediato:  El Bárbaro entonaba el son “Me has dejado en el abandono”. Sin muchos cálculos, pediste tres tragos seguidos (como si fueran tres alegres tigres líquidos) mientras lo escuchabas, y al acabar la función el tembleque de las piernas te llevó hasta el camerino de Almeida. “¡No estoy pa´ nadie, tá prohibido pasal!”, gritó El Bárbaro sin ninguna corrección, pero tú permaneciste como una momia boricua aguardando que tu héroe saliera.   

lunes, 26 de junio de 2023

TEXTAMENTO

Mi existencia, para decirlo con la verdad en el puño derecho como los milicianos de otros siglos, ha frecuentado un mustio rumbo, un vaivén indeseable, un poderío juvenil que se convirtió en melancólicas argucias. Ya casi no tengo cabello y me cuesta la firmeza de la respiración, estas piernas tiemblan de solo cumplir actos reflejos, veo mediante marañas de obstáculos, hablo (por lo bajo) sin asiduidad de interlocutores, concibo planetas de perpetua inercia, y ya dejé el cigarrillo -vicio noctámbulo- porque la tos aceleraba mis arritmias. Oigo música desde el amanecer, sus melodías lustran el espíritu y se convierten, digo yo, en palabras recónditas o en claras naturalezas: recursos para que el tiempo no me vuelva un fugitivo del porvenir. Afortunadamente, he desechado la colaboración de los médicos y la ayuda de unos bisturíes al interés por ciento cuyo objeto es quitarnos el dinero.
 "Pienso, luego resisto"  podría ser la máxima de mis pasos vitales. Avances, huidas, enmiendas, nuevos derrumbes, círculos concéntricos, etcéteras sin expiación. Al atravesar la puerta escogida, ya no habrá fuerza posible que cambie el destino, ni voces de los adentros capaces de mitigarlo; siempre reflexiono sobre  “suerte” y “muerte”, pues  sus opciones difieren en una simple letra. 

jueves, 22 de junio de 2023

CON EL ORINOCO A CUESTAS


              

                  

París no era una fiesta como opinaba Hemingway. Sobre todo en invierno, porque el viento subía hasta mi buhardilla con una palidez redonda y giraba sobre sus propias ansiedades. O las mías.
Catherine me había telefoneado aquella tarde desde la oficina de la Unesco, pero aún no llegaba. Así son las francesas: impuntuales cuando uno tiene algo importante que decirles.
Conocí a Catherine en un curso sobre las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira que dictaba monsieur Malveraux, profesor emérito de la Universidad de Burdeos y aficionadísimo a los vinos de la región (según lo delataban el aliento y la conducta). Por ahí empezó nuestro diálogo, pues ella observó que el maestro hacía breves paréntesis en las clases para trasegar sus elíxires escondidos.
Me sonreí y, al contestarle cualquier banalidad, Catherine se percató de que yo no era de esos mundos. –Vous êtes latinoaméricain, n´est-ce pas? –sentenció como si hubiese atinado el premio mayor de la lotería antropológica, y sus labios me conmovieron porque formaban una cortina de erotismo móvil para pronunciar las palabras. “Oui, bien sûr, je suis vénézuélien”, afirmé con amable timidez y me encerré en un silencio de indígena sin flechas. Catherine, muy distante de quienes se amilanan por el mutismo de los "primitivos” recién aventados a Francia, planteó que siguiésemos la conversación en un localcito de la rue Blomet.

martes, 20 de junio de 2023

ANCIANO FALLECE EN ACCIDENTE SEXUAL


Tenía la misma edad que el actor David Carradine (72); y tanto le admiraba e imitaba que cuando se enteró de su muerte por los periódicos de Caracas, también divisó el linde del caos (desde un último piso sin vista panorámica y con el legítimo hastío de quienes han alcanzado la pensión del Seguro Social).
Julián Alcázar, mediante fieles secuencias memoriosas y largas lágrimas, evocó la serie de televisión Kung Fu, donde el “Pequeño Saltamontes” encarnaba a un monje budista experto en artes marciales: Carradine haciendo piruetas y contorsiones frente a los enemigos, Carradine estrechando más los ojos asiáticos, David meditando, David propinando golpes sobrenaturales e increíbles, David Carradine el único, el solidario de veras, el mejor amigo dentro de la pantalla chica.

jueves, 8 de junio de 2023

RECETA DE REQUIEM

                                                                                        Jean Luc, el obeso, el grandilocuente, el cronista preferido de la gula y la burguesía, no sabe por qué ha comenzado a morir a ras de huesos. Quien paseó su gordura por los mejores restaurantes del mundo ya no se escalofría con los sorbos de un martini, “bien seco, por favor”. El pato a l’orange le produce estragos de ruido universal, y los sorbetes helados son llamas de fuego polar dentro de sus padecimientos rutinarios. El periodista se inquieta ante el roce de la muerte: oblicua delgadez, magnitud de cuencas, espanta-ojos para pájaros. Aun así, debe salir en procura de temas sólidos y vinos agrios que conmuevan a sus lectores el próximo día. “Jean Luc, el irónico, el demoledor, el Brillat Savarin de estos trópicos".                                                                                                          Públicas alabanzas y martirio de cucarachas nocturnas, pues nadie comprende que está encadenado a la ruina de la soledad. Nació frente a una plaza con palomas, donde el eco del mar lo llamaba Ferdinando. Luego, la simpleza autoritaria del colegio de jesuitas, “No matarás, no fornicarás, no desearás a la mujer del...”. Después la universidad o la constatación del fracaso: “Me voy a París, nadie me obligará a construir edificios deformes”.

jueves, 25 de mayo de 2023

CÍRCULOS ESENCIALES


 

 

Las cuartillas están en su imperturbable quietud para que las ordene y remita al Concurso de Novela de la Universidad Cordeliana. Son doscientos folios que observo sin pasión, porque ya he olvidado las emociones bruscas y los excesos del sentimiento; si caemos en ellos, el corazón puede eliminar el trecho que nos queda hasta lo definitivo. Círculos Esenciales es el título de mi novela, no entiendo  cómo le coloqué  ese nombre tan insulso, pero ya  no hay retorno posible.

Necesito un trago, el whisky atempera el espíritu y sana la impaciencia y las dudas, creo yo. La Universidad Cordeliana premia al ganador con seis mil euros y una beca de creación literaria durante un año, ¡loables retribuciones en esta época de guerras y descalabros!, aunque las pesquisas a través de Internet no auguran un buen ambiente, pues la institución está ubicada sobre un risco, los habitantes de la zona comen magras sardinas para la subsistencia, llueve siempre al compás de truenos alocados y no resulta fácil asentarse ahí como extranjero, ya veré.

Mi novela contiene tres partes que de alguna forma se imbrican: la historia de un monje lascivo del siglo XIII que desflora a una ninfa y como castigo es quemado en la hoguera, el presidente electo que se suicida después de juramentarse, y de manera transversal algunas circunstancias de mi propia y común existencia. Me ayudo con la bebida para ordenar a última hora tramas y capítulos: El monje libidinoso, ataviado con su hábito monástico, deambula por los olivares mientras reza. Súbitamente ve la estampa de una ninfa, un milagro que transita a contraluz, y enseguida desata el amarre del cordel de la cintura, se levanta la sotana y despliega un enorme falo bifronte que, orgulloso, muestra a la ninfa, ella lo ve y permanece impasible.

lunes, 24 de octubre de 2022

EL TEXTO INFINITO

Antúnez abrazó la literatura como forma de vida, quizás ante la imposibilidad  edípica de abrazar a las miles de mujeres que pasaban por el costado de su existencia. Antúnez leía en el autobús, leía en la oficina, y hasta leía en la olorosa incomodidad de los baños. Pero Antúnez también escribía: al principio una cuartilla diaria, después dos y más tarde todas las que le dictara su inconsciente surrealista. Llenó, de esta manera, muchos cartapacios con apuntes de personajes, juegos de palabras, palíndromos y descripciones varias; aunque jamás los mostró a nadie por impedírselo una pertinaz y autocrítica timidez. Sin embargo, soñaba con la aureola de los aplausos, y se decía: “Antúnez, tienes que traspasar el hall de la fama, cerrar filas en el cónclave de la intelligentzia, convertirte en gloria viviente”. Y fue así como decidió participar en el Concurso de Cuentos del Diario La Nación, porque sabía desde que tuvo uso de sinrazón imaginativa, que obtener tal premio significaba —aparte de elogios y fanfarrias— la publicación inmediata de cualquier absurdo narrativo y un lugar honorífico  en las revistas literarias de escasa circulación.

lunes, 24 de enero de 2022

ANÉCDOTAS DE ESCRITORES


—En París, promediando el siglo XIX, se organizó una reunión de psiquiatras para analizar colectivamente el caso de un enfermo mental que tenía deslumbrados a todos los galenos, por su inteligencia y sagacidad. Y como el evento coincidía con el arribo a Francia de un célebre alienista norteamericano, éste fue invitado a la reunión para que observase de cerca al paciente. Allí estarían también el gran escritor Balzac y algunos otros intelectuales y periodistas.

El encuentro se realizó como estaba pautado; y al concluir el mismo, los psiquiatras franceses le pidieron opinión sobre el enfermo al colega norteamericano, y éste dijo: “Nunca había visto algo así, el hombre es genial , hay que ver cómo se expresa e hilvana las ideas, hipnotiza con la fuerza de sus palabras y su gestualidad, en mi opinión se trata de un caso único, me llevaré copia del expediente”.

De inmediato, sus colegas lo sacaron del error: “¡La persona a quien usted se refiere es el escritor Honorato de Balzac, el paciente es el sujeto que casi no habló!”

—Andrés Bello, nuestro eximio polígrafo, sostenía correspondencia con un amigo cuyas colosales faltas de ortografía le desesperaban. En cierta ocasión, después de una velada, el amigo se despidió diciéndole:

-Esta semana le escribiré sin falta.

-¡Oh, no se tome ese trabajo! –le respondió Bello–, escríbame como siempre.

—Un joven compañero fue de visita a la casa del poeta Juan Sánchez Peláez; y la esposa de éste, después de abrirle la puerta, le pidió que se sentara y esperara pues el poeta estaba ocupado.

El visitante advirtió entonces cómo Sánchez Peláez, caminando alrededor de un patio, miraba hacia el cielo, entrecerraba los ojos, fruncía los labios y pronunciaba susurros ininteligibles. El joven, un tanto asombrado, le preguntó a la señora si le ocurría algo a su marido, y ella respondió: “No, chico, no te preocupes, es que Juan está buscando un adjetivo”.

viernes, 12 de noviembre de 2021

UNA VEZ QUISO SER GATO

Tenía treinta y ocho años y una sola vida. Quizás alguna vez quiso ser gato para arañar siete o  más  existencias, para maullar  a  las  salamandras, para  saltar y revolcarse con la felina ansiedad de sus antepasados. Quizás  también quiso ser gato negro, relumbroso, tierno en ocasiones, para observar con ojos calmos este desastre de  mundo. No es raro tampoco que quisiera  convertirse  en  gato para simplemente vivir como un gato y pensar como un gato.

No resulta caprichoso que alguna vez haya querido ser perro, a fin de hacer todas las cosas contrarias. Y meditándolo bien, podríamos aceptar que en una racha de debilidad haya pretendido mutarse en árbol, rama, cogollo, naturaleza. Todo cabe dentro de lo factible, aun la idea de ser cigarro, tinta o mariposa.

Pero ahora tenía treinta y ocho años y esa sola vida apenas. Ya no podía transmutarse en la  mirada de los gatos ni en la molicie de las sillas (tampoco lo deseaba). Debía conformarse con la simetría de las mismas escaleras, el desgaste de las palabras y de  las hembras conocidas.

Su existencia era el vacuo calco de otros dramas representados de antemano; y aquella esperanza de animal siete vidas, de mariposa incandescente, de perro orgiástico, había cedido paso a un tiempo sin imaginación. Durante una crisis decidió rebeliones, vistiéndose de asesino, vagabundo, poeta, pero nada dio resultado. En el desarrollo de dichas actividades (válidas para otros) él sólo repetía situaciones copiadas de las novelas, y poco a poco tuvo que volver a su figura inicial . Los demás (y esto parece lo más insolente) nunca se percataron de cambio alguno.

Para ser fieles a la verdad, debemos registrar otro intento fallido. Como creía en la grandeza de los actos insignificantes, alentó la ilusión de perfeccionarlos, y así cronometró las horas, prefijó la intensidad de los vocablos y las risas, pero ni aun de este modo pudo convencer a nadie.

jueves, 4 de noviembre de 2021

SOWAMI SHOP


                                    SOLO PARA ADULTOS DESCARRIADOS                                         

         


          Llegué al aeropuerto de Saint P. una noche torrencial, luego de haber cruzado el océano en un avión que parecía a punto de disipar sus alas. Aunque soy ateo, durante el viaje me persigné con religiosa coherencia, pues figuraba que la muerte tenía los lazos dispuestos para envolverme. Mi compañero de butaca, un viejo cínico vendedor de seguros, aprovechó la oportunidad y me obligó a firmar la póliza dorada de su compañía norteamericana. Para celebrarlo, nos tomamos tres botellas de Dry Sack que surtieron el efecto de la anestesia.
          Al pisar tierra, el gringo propuso que siguiésemos la diversión, “Saint P. es único, yo le enseñaré el mejor burdel que jamás haya conocido”. Agradecí su deferencia con unas palmaditas de cortesía y lo abandoné en sus trámites de aduana; pero el hombre, deseoso por fungir de guía especial, me extendió una tarjeta donde su nombre coronaba varios números telefónicos, “¡Llámeme, amigo, llámeme, no se arrepentirá!”.
          El agente de Boulin Limited, empresa de perforación a la cual presto mis servicios como asesor free lance, aguardaba en el aeropuerto. Desde que lo vi, con aquel impermeable de pequeño monstruo cansado, me di cuenta de su abulia genética. Sin poder evadirlo, le estreché la mano; y él, en acto formal, desprendió de la boca un saludo imperfecto: “Terry, para servirle”.

domingo, 26 de septiembre de 2021

CORTE ARRASADA

 


El señor Presidente camina sobre las puntas de sus pantuflas para no alterar los blandos sueños de la Primera Dama. La abundosa noche anterior, pródiga en brindis y zumos gubernamentales, justifica un momento más de mullida evasión. El doctor Eliseo Goncourt, mientras repasa obligaciones de agenda, medita con nostalgia anticipada en que pronto terminará el mandato presidencial, y siente —junto a los fugitivos aires de noviembre— una cívica satisfacción por el deber cumplido que casi lo impele a improvisar un discurso histórico, “compatriotas dejo el honroso cargo con…”, pero inmediatamente se percata de que necesita rasurarse sin dilaciones porque su republicana investidura no acepta una faz tan ofensiva. En todos estos años palaciegos ha aprendido a moverse con prestancia cabal, y aun dentro de su recámara y a las nueve de la mañana actúa con cultísima etiqueta, pero el sobresalto del intercomunicador para muy secretos asuntos de Estado le impone un ¿qué vaina habrá sucedido?, y luego escucha la fornida voz del general ministro de la Defensa: “¡Apúrese, doctor, la guerrilla de Andrés Amaral tomó la Corte de Justicia!”.

El abogado Sabino Alcázar, máximo magistrado tribunalicio, cuando mira irrumpir al grupo violento en el despacho de las leyes, cree que las pupilas lo engañan con otra de sus tinieblas, aunque esta vez no requiere de la usual confirmación de los espejuelos porque la circunstancia resulta de perfecta obviedad: “¡No se mueva, es un operativo del Frente Nariño!”, y en reacción primaria quiere emprender un esclarecido alegato, que si respeten, que si la democracia, que si la digna y Suprema Corte, pero la imagen de su mujer, menuda y dócil, le amuralla el riesgo de las frases triviales, y entonces —con tintineo de miedos ocultos— suplica a sus dos secretarias lívidas que acaten sin histerismos la disciplina de la subversión.

jueves, 16 de septiembre de 2021

DIEZ CONTRAPOEMAS EN EL BARRANCO


 


                              I

ESTAMOS FRENTE A TODAS LAS MIRADAS

GUÁRDATE EL ALMA DONDE MENOS LO ESPEREN

NO TEMAS POR EL MUNDO

ÉL SEGUIRA GIRANDO CONTRA SÍ MISMO

                             II

EL MARASMO NOS INVITA  A SU ORDEN ÍNTIMO

POSEE FLORES ARDIENTES Y PROFUNDAS

CON SIGNOS QUE CONOCIMOS

CUANDO ESTÁBAMOS MUERTOS

                            III

VEO DESDE MI CAMA UN ÁRBOL AZUL

AL BORDE INTENSO DE LA MONTAÑA

CUANDO NIÑO PENSÉ QUE SUS RAMAS NO EXISTÍAN

AHORA ESTOY FERVIENTEMENTE INSEGURO

                             IV

 ESCRIBÍ UNA OBRA  EN CINCO TOMOS

PARA LA PERPETUA POSTERIDAD

MAS  EL VIEJO EDITOR DETRÁS DE SU NIEBLA

RESOLVIÓ  LEERLA  DURANTE EL INFINITO

                             V

UNA MÚSICA  A  LO LEJOS INVENCIBLE

RESUENA TRAS LAS NUBES

EL SUEÑO ESTA VEZ TODO LO ARRASA

NUNCA  MÁS ME SENTIRÉ DESPIERTO

miércoles, 8 de septiembre de 2021

EL TEXTO INFINITO

Antúnez abrazó la literatura como forma de vida, quizás ante la imposibilidad edípica de abrazar a las miles de mujeres que pasaban por el costado de su existencia. Antúnez leía en el autobús, leía en la oficina, y hasta leía en la olorosa incomodidad de los baños. Pero Antúnez también escribía: al principio una cuartilla diaria, después dos y más tarde todas las que le dictara su inconsciente surrealista. Llenó, de esta manera, muchos cartapacios con apuntes de personajes, juegos de palabras, palíndromas y descripciones varias; aunque jamás los mostró a nadie por impedírselo una pertinaz y autocrítica timidez. Sin embargo, soñaba con la aureola de los aplausos, y se decía “Antúnez, tienes que traspasar el hall de la fama, cerrar filas en el cónclave de la intelligentzia, convertirte en gloria viviente”. Y fue así como decidió participar en el Concurso de Cuentos del diario La Nación; porque sabía desde que tuvo uso de sinrazón imaginativa, que obtener tal premio significaba —aparte de elogios y fanfarrias— la publicación inmediata de cualquier absurdo narrativo y un lugar honorífico en las revistas literarias de escasa circulación.

Con el objeto de no fracasar en esa loable finalidad de espíritu, se dispuso a escribir un relato que respondiese exactamente a la filosofía del concurso. Exclamó, entonces, “manos a la obra y obras a la mano” y consiguió todos los cuentos ganadores para analizarlos línea por línea. Primero, elaboró una lista, casi matemática, casi estructuralista, de las precisiones de estilo,de los giros de lenguaje, de las imágenes innovadoras. Luego, resumió argumentos y anécdotas, aunque fue una labor difícil porque la mayoría de las creaciones carecía de evidentes hilillos argumentales. Por último, leyó la totalidad de los libros de los distinguidísimos jurados anuales, y fijó —a través de curvas estadísticas— la correspondencia entre sus respectivos caracteres y los de los cuentos premiados. No hubo, pues, sinestesia, metáfora o figura retórica que escapara a la voraz labor investigativa.

Al cabo de dos años y una úlcera gástrica, se consideró preparado para redactar su magna ópera prima. El original relato condensaba la circunstancias vitales y mortales de un escritor desconocido que moría de suicidio sin vislumbrar el gran éxito que alcanzarían sus ficciones: “Ráfagas ocres encendieron la taciturna quietud de su mirada. Sobre la tierra apareció una mano verde y con sus dedos estirados e innumerables empezó a tejer una lánguida alfombra de humo. El camino era como una larga víscera encantada; el hombre desafiando la agreste furia de los pedernales se había escapado hacia la espiral sin nombre. Por cada rendija, por cada orificio, se colaba el mismo sol que plenaba los espacios abiertos…”.

Un día antes de que finalizara el período del certamen, concluyó la narración; y al observar las hojas apiladas y autónomas, se sintió como una madre primeriza al borde de un ridículo huracán de lágrimas. Pronto se repuso de tan vergonzantes emociones (“qué dirían los críticos si me vieran en este trance”), y resolvió remojar su personalidad de escritor en las albricias de un bordeaux. No pudo, sin embargo, acogerse a la acaramelada paz del sueño, pues aparte de los gritos de una vecina en celo, lo perturbaron pesadillas con sustantivos iracundos, pronombres asesinos, adjetivos encabalgados en esqueletos horrendos. Lo acosaron también cientos de frases hechas que pedían airadas las incluyera en su texto, y hasta una de ellas lo amenazó con la sanción de un anonimato vitalicio. Al fin, gracias al buen burdeos, logró dormirse; y a las ocho de la mañana, cuando soñaba kafkiano que eran las ocho de la mañana, se levantó con agilidad de artista predestinado porque debía consignar el cuento en las oficinas del periódico.

Mientras degustaba su desayuno de prosista, revisó la versión definitiva del relato y, antes de cerrar el sobre, enmendó algunas impertinentes comas y dos o tres desastrosas cacofonías. Aunque confiaba más en los monos de Darwin que en los Adanes de La Biblia, se persignó para cubrir todas las posiblidades del azar partiendo presuroso hacia el Diario La Nación. Ya allí, un portero de efluvios malignos se desenchufó por breves momentos del radiotransistor, y humedeció la entrega con varios sellos de recepción. Antúnez, sonriendo, meditó la ironía: “Soy el próximo laureado y este miserable ni siquiera se lo imagina”.

Su cuento “La Postrera Verdad”, suscrito con el seudónimo Anaximandro, apareció publicado en la relación de concursantes bajo el Nº. 181, cifra que consideró de indudables premoniciones por cuanto sumaba diez, y diez eran precisamente las normas hipocráticas, diez los mandamientos cristianos, diez los consejos literarios de Horacio Quiroga, diez las cuartillas que había escrito con tanto esmero (sin que se le diezmara la voluntad), y diez también el número de lotería que acertara en el decenio anterior. Pero su alegría se elevó a sublimes cúspides, al constatar que el veredicto sería otorgado el noveno día del noveno mes del año, guarismos que se acercaban en forma sorprendente al señalado por la suerte.

Convencido de las seguridades del triunfo, se dedicó a preparar las respuestas que daría a los “chicos de la prensa” (los llamaba así desde que oyó el eufemismo en boca de un Ministro de Cultura), respuestas sencillas pero necesariamente barnizadas con el matiz de la agudeza: —¿Cuál es su color preferido?—, “Los caballeros las prefieren rubias”; —¿Para qué escribe?—, “Para que me odien más mis enemigos”; —¿Se desnuda usted cuando está escribiendo?—, “Sólo si tengo visitas”; —¿Cree en la inspiración?—, “No, en la expiración”; —¿Compone poesías?, “Nunca en la vida reciente/ha sido vate mi mente”; —¿Cuáles son las autores que más lo han influenciado?—, “Los autores de mis días”; —Algunos señalan que acostumbra saquear la enciclopedia… —, “Como Acteón nefelio relucta mi utrículo a planismos momeros”; —¿Utiliza con frecuencia el género epistolar?—, “Cumplo en dirigirme usted para significarle muy atentamente que no”; —Si se encontrase en una isla desierta, ¿qué libro le gustaría tener consigo?—, “Cómo hacer amigos, de Dale Carnegie”; —¿Cuál es su recomendación para los escritores jóvenes?—, “Envejecer”.

Antúnez, durante el lapso concedido a los jueces calificadores, aprovechó el tiempo para leerse, con la ayuda de un curso de lectura veloz, todas las obras famosas que había obviado en su juventud (seguramente para que no lo tratasen de ignaro los eruditos del Suplemento Literario). Se bebió, por ejemplo, El Paraiso Perdido en una hora y dos minutos, y las tragedias de Shakespeare en apenas tres madrugadas, pero lo que le costó mayores bríos fue revisar —en plena vigilia— el Archivo Histórico de la Nación. Asimismo, cambió de físico y vestimenta, a fin de que su apariencia coincidiera con la estricta imagen que el público grueso posee de los intelectuales. Siguiendo las indicaciones semiológicas de Umberto Eco, se cortó el cabello a la francesa en la mejor peluquería de la ciudad, sustituyó los antiguos anteojos de carey (tipo Clark Kent) por unos de montura al aire (tipo Sartre), y compró una chaqueta de cuero importado como la que usaba Pasolini antes de quedarse en cueros. Ya listo, dijo con Jean Paul en la memoria: Les Yeuxs sont Faits, y se largó de paseo por los boulevares del este.

No obstante, leves dudas empezaron a inquietar sus duermevelas: ¿Y si resultase otro el escogido? ¿Podrá el meritorio jurado captar mi mensaje subyacente? ¿Será inteligible la audaz simbología? Para enfrentar el terremoto de tales pensamientos, deambuló cada noche por el triangulo del arte (bares, librerías y Escuelas de Letras), e inquirió detectivesco acerca de noticias y entretelones. El fracaso fue ominoso, pues sólo obtuvo una punzante acidez alcohólica y una ronquera de incansables cigarrillos.

Se despertó al día de la esperanzada fecha con dos ecuanil al sur de su cerebro, y corrió a sintonizar la emisora oficial. Escuchó impaciente el Tercer Acto de Mefistófeles, las Cuatro Fugas para Piano, la Quinta Sinfonía de Bethoveen, discursos, planes estatales y programas costumbristas, y en el límite máximo del aburrimiento una cálida voz de locutora le congeló la atención: “Queridos amigos, nos es grato informarles que el Vigésimo Concurso de Cuentos del primer diario del país ha sido ganado este año por Basilio Báez, con su relato El Invernadero Falso. Los invitamos a oír la interesante entrevista que nos concediera el extraordinario literato…”. Antúnez no tuvo fuerzas para insultar, ni para patear, ni para rabiar, sino que enmudeció la radio y enmudeció el mismo durante varias botellas de brandy, mientras su otro yo —el de escritor, naturalmente— organizaba in pectore los resquemores de la derrota.

Pasó algunos meses vacíos rehabilitando su lacerada vocación, y después volvió a la inmensidad de papeles y referencias (entre los cuales incluyó, no sin disgusto, El Invernadero Falso). Al reiniciar el profundísimo estudio, pensó en la victoria tardía de Joyce, en la pobreza pulmonar de Vallejo, en los fantasmas vinícolas de Rubén Darío, y su temple creador lo conminó a perfeccionar la narración hasta el logro de un justiciero reconocimiento.

Precisamente hoy se dará a conocer el veredicto del Trigésimo Concurso de Cuentos del diario La Nación.  Antúnez, con sus lentes al aire, su chaqueta impecable y su peinado parisino, revisa los términos de una sapiente declaración de principios, muy optimista porque “La Postrera Verdad”, firmada por el fiel Anaximandro, apareció en esta ocasión bajo el Nº 887, cifra también de innegables sugerencias cabalísticas. Tan solo espera que el selecto jurado, bajo la presidencia de Basilio Báez, sepa comprender el valor de sus palabras infinitas.

 


viernes, 23 de julio de 2021

PERIODISTA EN CRISIS DE RECUERDOS

 




El día es un lento transcurrir de menudencias, o de esa forma lo percibe y escucha Amancio. Está en una calle amplia, con edificios que muestran pátinas de moho. No sabe el nombre de la calle, tal vez lo ha olvidado, tal vez nunca lo supo. Camina a pasos invariables, como tratando de encajar los zapatos en los adoquines (juego de infancia, desmán del adulto que todavía se cree inexperto). En las alturas, un avión embadurna el infinito con destellos de gas y un eslogan que los transeúntes observan: Tome la vida en serio.

Esquiva la agresión de los automóviles y cruza la calle. Perros maleducados que se desfloran entre sí, árboles enanos, radios en competencia de ondas vacías. Ahí la ciudad parece  modificar su rostro corriente y se vuelve un deforme ensamblaje de ladrillos y tachos de basura, aunque él no lo observe ni le produzca asombro.

El anuncio de Último Clarín, periódico de amarillismo crónico y enjuto tiraje, se encuentra en el cuarto piso (sin ascensor) de un inmueble bombardeado por las guerras del tiempo. Amancio lo ve y, al compás de mecánicos actos reflejos, abre la puerta y sube las escaleras. El ahogo le encabrita los bronquios, las pulsaciones no hallan ninguna sindéresis. ¿Se lo diagnosticó el médico?

sábado, 10 de abril de 2021

TARIFAS PARA UN ESPOSO DISMINUIDO

 

                                       

YO me topé con Norberto Alviárez cuando ambos estudiábamos Economía a trompicones y blandíamos los estandartes de la lucha política. Desde que hablamos por primera vez en el cafetín universitario (entre palabras sueltas y un torbellino de iracundias contra el Sistema), supe las reales inclinaciones de Norberto: la música y el sexo; lo demás no le interesaba de veras o sólo le importaba como signos del tiempo. Hoy que lo enterrarán sin elogios de prensa ni avisos mortuorios, sin coronas de claveles ni chocolate caliente, veo su imagen de bigotes y sus manos sobre el piano del Trópical (pronunciado así con ínfulas gringas): un bar de mujeres tristes y cervezas alegres, o lo inverso, donde nos fiaban hasta que terminaba el mes. Norberto  –Tito para los amigos cercanos– era un conquistador de chicas desquiciadas, de locas profundas, de zorras frescas, y siempre se enamoraba como un maniático y les componía canciones pasionales (mitad poéticas, mitad estrafalarias) para mantenerlas en su harem de seductor urbano. Yo me beneficié, por carambola, de tal arca de mozas fermozas, convenciendo a algunas para que también me arrullasen; “Tito me ha autorizado, somos como hermanos de leche”, les decía, y las tipas aceptaban sin mayor obstáculo porque las modas de la época pregonaban la libertad sexual y la toma del poder a toda costa. Tito y yo, yo y Tito, fuimos una inseparable conjunción de caracteres disímiles, de orillas lejanas, de aguas y vinagres, hasta que se marchó al exterior. Ninguno de los dos terminamos los estudios de Economía. Afortunadamente.

lunes, 26 de octubre de 2020

TAL DÍA COMO HOY

 

                                            TAL DÍA COMO HOY

                                              (24 de diciembre)

 

1865. Seis hombres blancos organizan en Estados Unidos el grupo racista Ku Klux Klan.

1922. Nace Ava Gardner en Boon Hill, Carolina del Norte.

1946. Son hallados en México los restos del conquistador Hernán Cortés.

1986. Un rehén francés es liberado en el Líbano.

1989. Caracas, capital de Venezuela, sacudida por sangrientos motines callejeros.

 

Sidney los cuenta. Hay cinco en el cobertizo. Sólo falta Jeremías. “Perdonen, el bastardo de mi jefe no quería soltarme”. Ahora son seis y una sola sangre de blancos, enhebrándolos. Sidney, “el Gran Mago”, absorbe su cigarro hasta sentir la flama entre los dedos: violencia del fuego, cercanía de calores primarios. Enseguida habla como si estuviese en púlpito de guerra: “¡Hermanos que aún no logran escucharnos!, los aquí presentes juramos constituir el Imperio del Sur para defenderlos de todo mal, y prometemos restaurar los honorables principios y el poder que nos han arrebatado. ¡Gloria a Jesús! ¡Muerte para inmortalizar la existencia! ¡Negros a la pira perpetua! ¡Vivan los Caballeros Secretos del Ku Klux Klan!”. Un cuervo ahorcado los ve con sus cristales fijos.

Sidney salpica el juramento con varios tragos de whisky que le liman ardores de lengua y de discursos. Los otros —sudorosos, irritables— escancian últimas gotas. Ahora las máscaras puntiagudas, el terror en indumentaria de odios pálidos, ojos que lanzan fogaradas tenebrosas, “¡negros cerdos, negros esclavos, negros hijos de negras putas, reos de soga y látigo, cuchillo y expiación!”.

martes, 20 de octubre de 2020

TRAS LOS BARROTES DE LA VIOLENCIA

 

           

  

Abandonó Caracas en un ferviente impulso por preservarse de la violencia y la inseguridad. Aquí el sueño se le escapaba a través del desespero, veía homicidas (o espectros de homicidas) en cada calle, sentía que los vericuetos de la criminalidad lo cercaban con creces, se angustiaba a vaivén de sístoles y arritmias ante las estadísticas del delito, no confiaba en los bancos para guardar los sudorosos ahorros (“Siempre se los roban”, decía o maldecía), se enclaustraba -hermético- entre las rejas de su apartamento con la ilusión de que no llegaran los malhechores, y subsistía a base de pastillas y granulados sin récipe para mitigarse el pavor que lo atenazaba. Tenía motivos de sobra y de zozobra: lo habían asaltado varias veces y ostentaba en el pecho una bala que los médicos-matasanos no pudieron extraerle.

Cambió su peculio en el mercado de dólares negros y partió por el aeropuerto principal, renegando del Alma Llanera (en espíritu o en CD), del clima  autóctono, de la harina de maíz y el desayuno criollo. Había escogido el pueblo de Busenberg, en los confines del suroeste alemán, para recalar su aflicción, pero, sobre todo, para conservarse en vida, porque aún no quería rendirle cuentas a cualquier deidad santísima y suprema. Eligió  Busenberg, según las recomendaciones Web de la cromática zona de Renania, con la maciza voluntad de formar parte del reducto campestre (1.400 habitantes, un cine, clima suave u oceánico, varios parques naturales y uno de diversiones con trencito y tiovivo). ¡Qué más pedir!

lunes, 12 de octubre de 2020

IN MEMORIAM PARA EL OLVIDO

 


Hoy  cumples  año y  te levantas de la cama  con  el  escozor de verte en el espejo. Desde los huesos, ráfagas temblorosas tratan de impedirlo, pero tus deseos de comparación y evidencias son superiores a cualquier adversidad. Conforme al rito de los récipes, tragas las pastillas contra los achaques eternos, luego te calzas la prótesis dental de sonrisa fija y  exclamas como  en plegaria de un ego tímido “¡Ah, otro ciclo más!”. Las pantuflas, vetustas y resignadas,  aguardan que amaine el dolor  para conducirte hasta el baño, los diez pasos de distancia resultan interminables. Ya ante el espejo, pones cara de septuagenario decoroso  para que la imagen sea grata a tu propia vista, pero la argucia  es inútil pues aparece un anciano de rostro vacuno, con arrugas en crucigrama, pupilas mortuorias y un insólito soplo de adioses definitivos. Lanzas  gritos  como de ahogo crucial, mientras cierras los párpados a fin de que  el mundo se esfume; y en ese trance oyes a  tu madre hablándote  desde el azogue con una escurridiza voz que no semeja la suya: “Felicidades, Larinio, pero no te adelantes, la eternidad es un completo aburrimiento, aquí no puedo dedicarme a los encajes ni a los bordados en cruz porque el tiempo solo existe para obedecer los mandatos del Señor; espera, Larinio, espera sin nervios, tu fecha llegará cuando menos lo creas, ¡te bendigo mil veces, adiós!”. Larinio, ese horrible nombre copiado  por tu madre de un libro anónimo, te devuelve a la realidad donde sobrevives; entonces sueltas una densa lágrima y las pantuflas te llevan a la cocina-comedor mediante catorce pasos de cuerda floja y extremas hazañas del equilibrio.

jueves, 9 de abril de 2020

ASEDIOS DE MINOTAURO






          Asterio Minotauro olvidó cuántas pieles de vida abrigan su soledad, ya no sabe el porqué de las palabras en herrumbre ni la causa de ese verano ocre que le envilece las retinas. Añora su casa (la otra) con pasadizos perplejos  y fértiles laberintos de libros irreales. Recuerda, en difuminados vestigios, la heroica acción que opuso a los soles del mundo, las proezas de certero triunfo personal, la muralla traspuesta donde cayeron los enemigos. Asterio habita, ahora, dentro de un traje único que se refleja en las vitrinas del centro comercial, y su fama mediocre vive de preguntas no correspondidas, “¿me salvarás, me matarás?”. La gente lo elude, con hábil premura, y él llora quizás de cansancio. Aquellas ínfulas de morir con bronca grandeza quedaron a la espera de una argucia de tiempo: ficción trascendente, espada liberadora, internas razones de paz perdurable.
          Antes, cinco o cien años antes (es lo mismo), Asterio dedicaba sus primordiales fruiciones a construir epigramas y a leer infamias cruentas. Sin embargo, ningún pomposo suceso de letras y ardides era capaz de encresparle las sobriedades del alma, pues estaba convencido de que su fraterno victimario llegaría —en el preciso e injusto  momento— para herirlo de radiante posteridad. Se asomaba a la ventana, cada cierto lapso de pupilas gustativas, a fin de actualizar imágenes lejanas: el himen del cielo en pugna con el alto deseo de los edificios, las habitadas ojeras de un cerro estupefacto, el trajín violento de nuestro planeta sublunar. Jamás sintió medulosas ganas de entregarse a los vicios de la multitud (el amor a ciegas o el alcohol a gatas, por ejemplo), y prefería oír el chubasco de la noche desde su fiel encierro. Pero un atardecer de Tauro, la constelación tutelar de su destino, llegó con el viento la casualidad de una hoja de periódico, y Asterio quiso empaparse de las últimas negligencias humanas. Un cronista de costumbres antiguas, suculento en odios y adjetivos, consignaba en un artículo desechable las modernas pesadillas del Centro Comercial Moeris: “Disparate granítico, corolario de la imaginación absurda, juego de envite y holocausto…”. Asterio, con húmedas e inusuales curiosidades, resolvió otorgarse un temerario escape, una escabrosa pausa para visitar al monstruo de lenguas de hierro y cementos en emboscada.