Me topé contigo, Vincent Van Gogh, un temprano y azaroso día de hace ya
muchas vueltas sobre mi vida, y sobre la tuya, amado amigo. Vi una copia de tu
autorretrato y nunca más pude separarme de aquellos ojos que se dirigían a lo
impreciso. Ni de aquella blanca forma de permanencia sin tiempo. Ni de tu cara
en triángulo de barbas.
Y empecé a seguirte, Vincent. Asistí a tu nacimiento en Groot-Zunder, un
pueblo que estaba situado al borde de todos los inviernos, y escuché -como testigo
de sombras- cuando tu padre dictaminó con rigidez de pastor protestante: “Se
llamará Vincent Willem en memoria de su hermano muerto”. Estuve al lado tuyo en
las ausencias de la escuela y en las inflexibles clases de teología que por
fortuna no te condujeron a la profesión paterna, ¡felicitaciones, Vincent! Te
acompañé al trabajo de marchand en la sociedad de comercio Goupil, con escalas
tortuosas en La Haya,
Londres y París, hasta que acordaron sustituirte por el bueno de Theo Van Gogh,
cuatro años y un milenio menor que tú. Me encontraba muy cerca en la época que
comenzaste a pintar rasgos incipientes, imitaciones, paisajes realistas; y casi
compartí la cama meretriz de tu modelo y novia Siem Hoornik, ¿evocas la ruptura
final de esos amoríos, Vincent Willem?
Después, te subí la valija al sexto piso
de Theo en Montmartre, donde fijamos menesteres, asiduidades y
tormentos. París nos enseñó El Louvre, las técnicas del dibujo, los colores del
impresionismo, el estrépito de la ciudad, los insaciables caldos de Borgoña, y
también la figura deforme de Lautrec y la rigurosa paciencia de Camille Pisarro, pero tú
quisiste partir.
Con ayuda del fraterno Theo, porque las ventas de tus cuadros eran
exiguas, nos instalamos en Arles, “el Japón del sur” de Francia, según la
denominabas, para
fundar una utópica comuna de artistas en la que se compartiesen gastos e
ingenios; y decoraste tu Casa Amarilla con girasoles, emociones y esperanzas,
pues recibirías a Paul Gauguin, Paul el vanidoso, Paul el terrible. Aún poseo la
nitidez de aquel período de pugnas, de exaltación, de desacuerdos, de
insolencias alcohólicas, aunque me gustaría olvidar la última escena: Tú,
ofendido, amenazas a Paul con una navaja, Paul se va al hotel, tú te
arrepientes y decides cortarte la oreja derecha, tú se la envías a Paul con una
prostituta en señal de remordimiento, los gendarmes sitian la casa, Paul
abandona Arles y a ti te recluyen en el hospital.