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lunes, 30 de marzo de 2020

ENVÉS

La escena se desarrolla en un cuarto  matrimonial como cualquier otro. Son las ocho de la noche. El televisor encendido repite la hora cada cierto tiempo. El hombre: pijama de asteriscos, nariz de nicotina, cincuenta años dentro de poco. La esposa: joven, impasible, impertérrita. No te vayas —dice él—, tendremos hijos, haremos un tour por el Caribe, te compraré joyas, collares cultivados, zafiros, amatistas.

La mujer, para demostrar su ausencia presente, lee un periódico de ayer, y piensa qué fastidio, otra vez las súplicas, los “te quiero” y los “te adoro”, pero se acabó, estoy enferma de exactitudes, de previsiones menudas, necesito una vida, la vida, para nuevamente sentir motivos ardorosos, demencias nobles, renovadas energías.

Sus cincuenta años los tiene allí, en la artritis inflexible, en la hipertensión sin barreras, e insiste: No te vayas, no se te ocurra hacerlo, por Dios, por favor, vendrán tiempos mejores, diferentes naves sin olvido, barcos de La Habana cargados de a-mor,  a-legrías, a-lucinaciones, pero podía adivinar sus respuestas silenciosas (licenciosas): No me jodas, no me hartes más, mientras  pasea por  la habitación el  desparpajo de su dormilona de jersey y sus carnes en estampida.

Cuando la conocí, ella era un cotillón de risas dentro del carnaval, una lluvia de papelillos sobre la ternura de mis palabras; su disfraz de peluche me turbaba y conturbaba, y la música nos hacía deslizarnos en la pista con escarcha de saxofón y serpentinas. Me murmuró que la llamaban Betty, de por vida —de por muerte, y yo le afirmé (ladeando mi cigarrillo enésimo) que Heráclito siempre tiene razones fluviales, hoy estamos aquí, mañana en lugares distintos, aunque te bañes en semen-ríos, en semen-mares. Ella no entendió, le costaba entender, y yo la arrastré a la modestia de una pieza de a ratos para convertir nuestro encuentro en una olimpiada de besos descomunales, en un dulzor de sirop chocolatado, y la sorbía y subía por sus nalgas, déjate, libérate, dámelo, y Betty pensando —según me confesó después— en la estampa contraria de la Virgen de Coromoto, estricto concepto, fija fijación. Alfredo Sadel habría expresado que le vio brotar una lágrima íngrima; Panchito Riset se la hubiera bebido, consumido (la lágrima), para luego pregonarlo en todas las cantinas; Toña la Negra tan sólo hubiese agregado: “Flores negras de tus ojos”.

domingo, 29 de marzo de 2020

OCASO DE UNA VIDA DIGITAL





Abre los ojos y la incertidumbre de la mañana le aturde los sentidos.  Se halla como entre nubarrones opacos, traga una saliva amarga (densa, casi ajena), le cuesta determinar su nombre. No hay nadie, quizás todos partieron a cumplir el afán cotidiano. Con lentitud, el entorno se va haciendo reconocible: la cama y su colcha gris, el cuerpo de la cantante Shakira en el afiche lleno de fans, la ventana que da hacia la oscilación de los rayos del sol. Alarga la mano y se topa con el teléfono inteligente. ¡Enhorabuena!, ya no está solo, ha encontrado a su inseparable amigo, qué suerte  tenerlo  ahí, siempre dispuesto y comprensivo. Sonríe, aplaude, celebra la hazaña de poseer un camarada hecho en el verídico Japón, cuyas dotes le ayudan a sobrevivir.

 Se enjuaga y seguidamente busca los últimos comentarios en las redes sociales, donde él -con orgullo de ciudadano del ciberespacio- está  incluido desde que tiene uso de razón digital,  y ríe por los insultos de 140 caracteres que se otorgan sus compañeros virtuales; y luego, como internauta perfecto, responde cualquier ocurrencia, memes o emoticones, sin excederse en críticas ni en los esquemáticos “me gusta”.  Luego, va a la cocina y se engulle el pan de siempre, con rapidez a fin de no distraerse del diálogo en la red, y se toma un sucinto jugo porque ya debe  adentrarse en el correo electrónico  de Yahoo, Hotmail, Wanadoo y Gmail. Ahí están, a la medida de una contraseña, los seres humanos que solo frecuenta por esas vías, pues no posee tiempo real ni minutos disponibles  para hablarles cara a cara.

domingo, 22 de diciembre de 2019

UNA PERLA (DE PALABRAS)


                         

         Un Día de los Inocentes Perla me citó, hecho que me excitó mucho, en el Bar Tolo, ubicado en un inmundo segundo sótano de esta ciudad del tercer mundo, y yo la esperé casi desesperadamente como si mi reloj Casio marcase -al derecho y al revés- el tiempo de los reveses humanos; y aguardándola, apenas guardé entre pecho y espalda los insultos, las penas, el despecho, los terribles reclamos que clamaba mi corazón de melón, y me embebí en una bebida escocesa sobre las rocas para meditar en lo que estaba a punto y coma de decirle, de espetarle, de espepitarle; y por fin ella llegó, llena de lluvia, y sin aclararme nada de nada por su retraso, ¡así somos en este lugar atrasado!, escogió una silla coja y se sentó frente a mí: “Holamiamor, cómoteva, porquéstastanserio”, me susurró arrastrando los vocablos con su boca de pintura labial, y por debajo de la mesa empezó a sobarme las piernas y las medias mediante las suyas, en son de paz contra la guerra a muerte que pronto íbamos a escenificar.
Perla, ¡es preciso precisarlo!, tenía un cuerpo descomunal que constituía el formidable atractivo de nuestra  comuna, o sea, de nuestro barrio adentro; e igualmente debo consignar que una noche de gran derroche decidí gastarme todo mi íntegro salario de pobre asalariado en el trabajo de conquistarla, y la invité al mismísimo Bar Tolo y pedí filé miñón y ensalada dulce y una botella de vino tinto venido del cono sur, para que no se enconara conmigo y aceptase mis proposiciones de caballero cabal. No tuve que esforzarme demasiado porque Perla, más rápido que inmediatamente, afirmó que sí a través de un claro susurro (“¡Luego te aclararé algo!”), y de ahí partimos al hotel de la esquina, el Hotel Edén, abrazados en la brasa de nuestros arranques, para besarnos, lamernos, acariciarnos, amarnos, mordernos sin remordimientos, dentro del divino infierno de una cama circular; y después que se agotó, gota a gota, mi función eréctil (“¡Defunción eréctil!”, enjuició ella), no me aclaró lo prometido y se largó por su rumboso rumbo de siempre, tras advertirme como si se divirtiera que sólo nos veríamos los jueves de cada semana de siete días, “¡Chao, chao, pescao!”.

CARACAS DE SOL A ASOMBRO


Caracas es una fe alterada, un callejón que se muerde a sí mismo, un tenaz olor de desmemorias, pero no puedo decirlo a los turistas que nos visitan porque soy guía de la Agencia Nacional. “Ladies and gentlemen, this city is... ”, mas la palabra “beautiful” no sale de mi garganta, se enreda en estertores, brinca, desaparece.
Dentro del autobús, el grupo de alemanes toma fotografías de pájaros que no existen, para luego guardarlas en álbumes olvidadizos porque Munich o Berlín resultan demasiado presentes para acordarse de un viaje a, ¿cómo se llamaba?, ah, okey, “Vezenuela”. Y la delegación gringa (cinco damas con carnet de jubiladas y cinco esposos idénticos) interroga sobre la hora del almuerzo o’clock, sin saber que aquí los relojes poseen manecillas a destiempo y la comida se agobia de absurdos tropicales. Y también nos acompaña un japonés, ¡no podía faltar el ojo horizontal!, cuyos intereses se vuelcan en la admiración de los autos que nos exporta su país. Y entre clicks, o’clocks y Mitsubishis, voy relatando el tema turístico: “Caracas has four millions of...”.
Cuatro millones de habitantes y una mosca que ha entrado por la ventana para fastidiarme los discursos, mosca inmensa, mosca subversiva, mosca con pasamontañas, y digo entonces que Manuelita Sáenz vivió junto a Bolívar en la casa natal del Libertador, perdón, señores, excuse me, tengo un mareo histórico, un ataque de fechas erróneas, un cruce de edades; pero como nadie se turba ni comprende, yo prosigo el descalabro, please atention!, Simón y Manuela se amaron bajo la luz de los semáforos y las lluvias de agosto, y ambos —ataviados de diversas naciones eróticas, falso, cierto, falso, ciertísimo, y hoy el bolívar vale la mínima parte de un dólar—, “how much?”, exclaman todos en coro de números ansiosos.
No respondo porque estamos frente a la iglesia de La Pastora y una bruma de nostalgia me envuelve los huesos y la lengua, y el alma, y el alma de la lengua. Aún oigo las voces de mi barrio en una angustia tardía: “¡Hirieron a tu padre, cayó el gobierno, escóndete en lo más alto del campanario!”. ¿Qué se reza contra el brusco frío de los tanques? ¿Me habrán visto los soldados? ¿Huirá mi perro? No, no es preciso comunicar a los turistas tanta maña de circunstancias personales, ni expresarles —a golpe de traducciones egocéntricas, Reader One, Reader Two— que ese chiquillo que observan, el de descarríos hacia las nubes, soy yo: ahora vestido de futuro actual, calzado de diecinueve siglos y noventa y seis años modernos. Y el chico corre persiguiendo una estela de aire, y los dos nos encontramos en sensaciones exactas; sí, hoy ratifico que quería convertirse en poeta deambulante, en poeta maldito, y lo abrazo (me abrazo) a través de... “How much?, how much?”, insisten las bocas turísticas.

viernes, 20 de diciembre de 2019

CIANURO ETERNO


En vuelo directo, Victorino Arriaga ha salido de Ciudad de México con destino a sus compulsiones y sabe la razón: debe indagar las causas de por qué los uruguayos son los primeros en las estadísticas de suicidio en América Latina y el Caribe. Como psiquiatra, le interesa más el análisis in situ que la consulta de miles de páginas a través de Internet; y sobre tal realidad, empaparse de la vida (o la no vida) de sus sujetos de hipótesis científicas. Aunque hasta ahora no tenga ninguna, pues así trabaja: parte de un conjunto de datos y va elaborando la secuencia de las labores. “Estás tan loco como tus pacientes, Victorino”, le recrimina su mujer desde una memoria conyugal que dejó instalada en la Colonia Polanco, y entonces ataca sin prejuicios el pollo a la naranja que le sirve la aeromoza.
El avión gravita sobre espumas de nubes y Arriaga observa Montevideo, una ciudad que sólo conoce por imágenes de folletos turísticos. Pocas luces, edificios pequeños, el cauce del río que exalta las brumas de las construcciones. Antes de bajarse, compulsivo como siempre, le echa un vistazo a la Revista de Suicidología que le envió un colega de esas tierras:
“En el contexto mundial, ocupamos el noveno lugar de la tasa de suicidios, el cuarto entre las naciones en vías de desarrollo y el primero entre los países de América Latina y el Caribe”.
La perspicacia de Arriaga, acostumbrada a las intuiciones, se afina en una agudeza sensible para que nada ni nadie se le escape, “Al Hotel Universis, por favor”. Mientras el taxista habla acerca de los problemas del tráfico, el psiquiatra anota mentalmente: “hombre maduro, caucásico, pícnico y con facilidad de palabra”. Las calles no se parecen a las de la capital mexicana, son reducidas e íntimas y un adiposo hollín las envuelve de cierta nostalgia; –Te gustará, che  –dice el taxista, ladeando una sonrisa que Arriaga aprecia como signo melancólico.

lunes, 9 de diciembre de 2019

SI ME HAN DE MATAR MAÑANA




Sólo quedan él y los mariachis temblorosos. “¡Toquen hasta morir de veras, no se me achicopalen en las últimas!”. Por algo lo llaman el Mexicano, aunque nació en una sierra de los Andes a varias leguas de Bogotá, bajo cielos ásperos y un frío de dioses alocados. “¡Que suene la música, caleños!”. Dispara y toma, como si el anís Carta Blanca, de reales cepas colombianas, le infundiese audacia a la ametralladora. Dispara y escupe, como si necesitase juntar ambos extrañamientos. Dispara y canta, como si las razones melódicas formasen parte de una misma guerra de estruendos. Observa los helicópteros en vanguardia de exterminio, el ejército agazapado entre arbustos luminosos, el fuego con precisión de víctimas, “¡Ríndete ya, Mexicano!”. “¡Que se rindan sus madres!”, grita o piensa, mientras un calibre de cuarenta y cinco violencias destroza lujos inmerecidos: el cuadro de Picasso, la escalera con artificios de ebanistas barrocos, los grifos de oro, la estatua de contrabando, los divanes en redundancia de caobas, el fraude genealógico de un escudo de patrañas...
La muerte siempre se viste de evocaciones, y por ello recuerda —a trancos de memoria— sus órdenes para decorar la casa de hacienda y me ubican esto aquí, y gasten lo que sea, y quiero mi retrato presidiendo el mobiliario, y obedezcan y callen. Sobre todo eso, nunca hablar en discordia ante el capo de los carteles de la droga, un mexicano por convicción de guitarras, falsetes y despechos, que nunca salió de Colombia, ¡mala suerte, Pedro Infante!, y jamás pudo conocer los alcoholes de la plaza Garibaldi ni el Tenampa ni las suaves agruras del mezcal. De atrás le venían las pasiones. Años toscos de edad y un semblante a lo Jorge Negrete que lucía en la fonda de la miserable calle mayor. Y la navaja, y las ganas de usarla con propiedad de filos; y un sombrero ladino, ladeado, lanceolado, sin alturas heroicas. Cada noche igual: la música girando dentro de la rocola, los corridos en sonoridad de diluvios, voces múltiples, voces superpuestas, “¡Ay, Chihuahua!”, y otra cerveza y otra para engrandecerse el solitario pálpito del corazón. Hasta que le hundió la navaja al dueño de la cantina (pendencia, sangre, blasfemias), porque el viejo nacionalista no deseaba más escarnios de Jalisco. Y antes de irse, en un tiempo que “apenas le permitió montar en su caballo”, juró sobre un puño de cruces abstractas: ¡volveré rico para comprar toda la mugre de este pueblo!

domingo, 8 de diciembre de 2019

GUERNICA FONDO BLANCO

 El Bar Restaurant Guernica está ubicado en el corazón del barrio La Candelaria, o mejor dicho, en el hígado de los asiduos clientes, o con mayor propiedad, en medio de las tardes embarazadas de hastío, y sus botellas forman hileras de risa en los estantes junto a una colección de yesqueros que enciende volcanes de palabras, y sus mesas de tres patas —a la altura de diez whiskys y cien millones de sueños— parecen gatos erróneos que buscamos para justificar la exacta verdad de los absurdos, y los mesoneros confunden sus corbatas de pingüino con el frío polar de las cervezas, y los camarones duermen sus iras dentro de una salsa de ajos que los previene contra el mal aliento de la muerte, y las zarzuelas de mariscos poseen tanto color que saben a girasoles de Van Gogh y a amarillos de luciérnaga, y yo pido un Old Parr sobre las rocas de un iceberg tropical y tú pides un Martini seco para ver si rompes la docena récord de Ava Gardner

sábado, 12 de octubre de 2019

EPHPHETAE





La infructuosa búsqueda de la obra de Walter Pierce (La historia incompleta de Ur, 1912) lo llevó por una de esas calculadas casualidades del azar a la casi desconocida librería de la Calle 48. Como siempre le ocurría —y ello forma parte del mito de los libros perdidos—, el viejo librero no había oído hablar en su pródiga vida de aquel raro ejemplar. “No tiene importancia”, quizás le dijo, y comenzó a revisar con estudiado descuido el caos impreso que se apilaba en el largo laberinto de Persépolis: La librería de todos.  
     
     Centenares de telarañas y volúmenes se juntaban en  los estantes. La luz que salía de la única claraboya existente apenas le permitió leer los títulos y autores: Pittman, Anandhava, Rooney, Los tótems de Ce-Kiang, La traición de Gog, El lenguaje taoísta... todos vergonzosamente ajenos a  su pregonada cultura. No quiso continuar tan desagradable masoquismo del espíritu, y por ello (¿sería en realidad por ello?) se fijó en la caja con el tigre.
     Era una caja como cualquier otra pero de color de tiempo. Un tigre con descomedidos ojos de diamante se alzaba sobre unas volutas que simulaban garras. Más bien parecía un tigre con máscara de tigre. En el centro, las letras difusas de un nombre indescifrable: Ephphetae. El viejo librero, ante la necesaria pregunta, dejó de lado los compases de una canción atonal y expresó:
     “Ephphetae es un vocablo arameo que designa un juego tan antiguo como el hombre, los árboles o los ríos. Podría decirse que es el juego de los juegos. Muchos sucumbieron ante su encanto, otros —más afortunados— lograron la gloria y el poder. Sus detractores piensan que encierra un placer maldito; sus defensores (que también los hay) opinan que en él se resumen los secretos de la vida y la felicidad. Un libro perdido, como el que usted busca con afán, atribuido a un poeta del octavo quinquenio del Calendario Tsé, es el primero que habla de las paradojas del Ephphetae. Después, miles de exégetas han tratado de penetrar con feroz inutilidad en su lúdica sabiduría”.

domingo, 23 de junio de 2019

EPOPEYA MALANDRA


                          

                 

Partieron  en tres orgías tripuladas, desde cualquier Guanahaní San Salvador. Ningún caudillo visible, ningún capitán de nao altruista. Solo desordenadores, trajinantes, desarrapados: ceniza e hijodalgos para la escoria. Se reclutaron ellos mismos, pasaron la voz en tono de arrebato: "Nos vamos de esta  mierda de mundo que nada  ofrece".
Y la reina de la cantina, puta al fin, se desprendió de sus ganancias vaginales, -diez mil papeles obtenidos a zarpazo de sudores y meneos-, para que el malandraje se fuera en pos de los pretextos.
Se embarcaron con sus loros desempleados, y sus hábitos de contienda particular, y su maíz para la hornilla diaria, y sus perros sin nombre (simplemente perros) y una esperanza en el cielo de otras ya fenecidas: ganarse el premio a la mejor proeza en los quinientos años del descubrimiento. No habían leído jamás "El País" madrileño, pero alguien les comentó que ofrecían millones de pesetas  a quien dejase turulatos y ojiabiertos a los comunes del mercado europeo.
A raíz y flor de esa noticia sin críminis, se reunieron en su áspera zona marginal. Discutiendo, arrechándose, sobreviviendo. Y luego de intercambiar generalidades exentas de historia, acopiaron cartones de "Fume usted caballero", latas de Coca-Cola, planchas de zinc inválido, tejas descarriadas, asbesto con carcinomas profundos, palos mayores, cucarachas dispuestas al turismo, y unos voluminosos velámenes de utilería; y así construyeron tres barcazas, tres pedazos de neo-América, para arrojarse a las ondas del estricto océano.
Ningún periódico de grandes tintas quiso divulgar la hazaña inversa. Pero allí, en el puerto, se congregaron -como cardúmenes parlantes- todas las esposas (creyéndose ya viudas de facto), junto a los posibles huérfanos,  para proceder a la decorosa despedida. No faltaron barraganas subrepticias ni la hilera tuerta de alcohólicos homónimos; y hubo cohetes, claro está, y regocijos de ánimo animal y un descorche perverso de botellas de Ron Nacionalista, "el único compañero en los momentos aborrecibles".
Lanzaron las carabelas al mar de los Caribes, sí señor, y un mensaje de fulías los colmó de augurantes estrépitos, como si la guaracha en imprudencia les demostrase la redondez terrícola del planeta. Y no parecían carabelas, no señor, sino favelas desprendidas de los cerros: despojos de inundación, restos de aguaceros, bahareques en pantomima danzante. "¡Coño que les vaya bien!", "¡Traigan vainas alimenticias!", "Pan, sardinas y dinero fresco, y páginas de revistas y cuanto encuentren por allá". Nadie lloraba porque era lo que habían efectuado siempre.

miércoles, 19 de junio de 2019

VAGUEDADES NOCTURNAS






Este programa, como todas las noches de 9 a 11, llega a ustedes, amables radioyentes, por cortesía de lavaplatos Orix, el único que deja su vajilla más limpia que acabada de comprar... y cuesta menos. No, no se queden sin su lavaplatos Orix, salgan ya y adquiéranlo al 50% de su precio con solo mencionar el nombre de Vaguedades Nocturnas, el espacio radial que alegra el corazón de los adultos contemporáneos, aunque también pueden oírlo los niños, siempre que hayan hecho las tareas escolares.
Hoy, ¡perdónenme y excúsenme doblemente!, no pondré música, no comentaré sucesos, matrimonios o filmes de moda, ni tampoco responderé llamadas telefónicas, porque se trata de una fecha especialísima y turbia: cumplo 48 años, la mitad de ellos al frente de este programa diario que, para decirlo con un abominable lugar común, me ha cambiado la existencia. Ustedes se preguntarán, al borde de múltiples ataques de asombro, “¿Cómo es posible que Jimmy Marcos, el encanto de nuestras noches, el galán de las ondas hertzianas, el paladín del optimismo, el consejero de la familia, esté sumido en la tristeza por un año más encima?”. Mientras salen del desconcierto, comprueben en los gabinetes si aún poseen amplias reservas de lavaplatos Orix, para que no se queden sin el mayor descubrimiento de la época postmoderna.

lunes, 5 de noviembre de 2018

INSTIGACIÓN DE VIDA Y DE BOLEROS



    El escenario aplaca por un momento las disonancias en furor. Una luz rojiza determina, en el centro, la silueta del frac alquilado. ¡Señoras y señores!, a continuación el segundo show de la noche en su American Bar. Aplausos desmedidos, cigarrillos de fulgurantes avispas. Nuestra estrella invitada no necesita presentación, es Lucyyyy, la Terrífica. Pero en el American Bar no hay orquesta de pianos y cencerros, sino una rockola tornasolada y violenta que comienza su guaracha. Tampoco existen cortinas como en Hollywood, ni registas ni directores de escena. Lucy se toma un ron, piensa en su abatimiento de vida y se enfrenta al público. Vivas por doquier. El cuerpo inicia el movimiento y se va enroscando lentamente a esa música que conoce de antemano. Muslos de calor, furiosas culebras tropicales, sudor de tambores por dentro. “Dale, mulata, dale”, rugen los espectadores. Sus caderas pueden remover el mundo, hieratizar los deseos, formar durezas y tiesuras. Cada contorsión la delimita y aproxima, los demás casi logran tocarla, lustrosidad de animal escurridizo, cabellos emplumados con olor a naranja, todas las precisiones anudadas a sus nalgas en fronda; Lucy ya no piensa, ya no ve el asombro que la rodea, porque sólo quiere despojarse, mostrarse, evidenciar por fin su pequeño sol de instigaciones. Ahora está desnuda, ausente, girando sobre sí misma, erecta en la pasión de los testigos. La guaracha desborda las últimas notas, promontorio de gritos, la luz retrata —antes de desaparecer— un diminuto terremoto triangular que se afinca en las miradas. Aplausos. De nuevo el frac: Y esto ha sido todo por esta noche, distinguidos amigos que nos acompañan. Un vaso roto protesta la impotencia.                  
      Yo la aguardo entre la niebla de un habano placentero. Sobre la mesa, una engañosa vela alumbra con su bombilla los agujeros del mantel. Las parejas no quieren perderse ni un solo estruendo del bolero que prosigue la madrugada del bar, y por eso confunden sus contornos en la pista. Barullo de besos, destreza de pasos ebrios, proposiciones indiscretas ante la inminencia de los relojes, arte y alarde de la nocturnidad. Yo la espero y ella, mientras tanto, quizá se adosa de nylon las piernas transparentes, se retoca pinturas, saca su lengua frente al espejo con marco de cartón, ausente de mí, lejana en su lejanía personal. Un hombre en la barra desequilibra su banquillo de cliente asiduo, y cae con propios y ajenos improperios. En individual apuesta, juego a que no se levanta, pero él pronto redescubre el punto estable y ordena otro trago. Alguien a mis espaldas insulta la existencia, se sofoca, amenaza (obviedades que nadie toma en justa consideración). Yo la espero y ella, tal vez, revisa pacientemente las honduras de sus strapless, la medalla sin quilates, los dos crisantemos de zarcillos; sin duda el espejo le devuelve la figura, junto con un cuartucho tapizado de antiguos almanaques.

domingo, 28 de octubre de 2018

ATAQUE RACISTA CONTRA JOVEN ESTUDIANTE

                              (CRONICUENTO DE ÚLTIMA PÁGINA)


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Volteó, como si algo imprescindible lo obligara, y vio a los hombres que caminaban detrás de él (o vio sus sombras o el espejismo de sus sombras). La noche corría en ráfagas de humedad, las ventanas de los edificios mostraban el resplandor de televisores encendidos, nadie en la calle, el cielo tenía forma de alto océano, un perro lento se escondió entre los potes de basura. 
El muchacho se detuvo. Las siluetas de los hombres también. Desde cualquier lugar, alguien gritó incoherencias: quizás contra el mundo, quizás contra sí mismo. 
Dilas, el negro Dilas, regresaba de estudiar con sus amigos de la preparatoria. A ellos les costaba mucho la biología (o la aritmética o el ingés), y el negro Dilas poseía facilidad para enseñarlo todo. Explicaba con ejemplos palpables, personificados, certeros para intelectos obtusos; y nunca perdía la paciencia ni se tanteaba el pelo afro en señal de hastío, por las preguntas asombrosas (y vanas) que le formulaban sus condiscípulos. 

sábado, 6 de octubre de 2018

TEASE-STRIP


         


El dancing camina hacia todas las delicias, posee miradas y desplantes, furores, aguijones, gritos de alcohol y de arrebato, bar-barahúnda, bar que navega hacia la isla central de tu sexo; y entonces apareces desnuda, lustrosamente desnuda, bajo los reflectores de una noche con mesas enanas y velas de artificio y briagos que no saben dónde abandonaron el mundo. Los aplausos, en maraña, son presagio del erecto porvenir.
Una música casi visible enrosca tu desnudez  al eje fálico que imaginas;  y  te mueves, cadenciosa y lúbrica, absorta y total, como flor de insanos apetitos. Te abres, te cierras, te arqueas, gimes con varias lenguas de serpiente amada, juegas al ritmo de tu bosque triangular, desfalleces en tiempos vaginales. Muero, morimos, de inmensa vida, admirándote, aunque la exaltación se postergue.
Con deífica lentitud, te pones las medias negras que hacen más brillosos tus muslos -martirio crudo, testimonio eléctrico- y te calzas unos zapatos de coturnos virreinales para acentuar la larga caoba de las piernas; y entre frescores de guayaba, empiezas la danza alrededor de nuestras tumoraciones, sensualidad que alborota, fluido omnipresente, empeños de ingle. ¡Sigue, sigue!
Ahora cubres tus brazos con un nylon tenue que trasluce poros y vellosidades, en senda hacia la augusta fronda de la nuca, y  sentimos, percibimos, paladeamos, tu olor caribe: un cangrejo de alas anchurosas que te ondea por el cuerpo y nos arrasa las razones. Mientras bailas, tu busto se lubrica de tenso sudor y convoca los martirios, asediándonos, pero pronto lo ocultas para que los desenfrenos sean intuición de esperma sangre, deseo entrevisto, clímax bajo la tela de seda. El dancing  ha perdido la voz, sólo quiere que el silencio se alegre en cada malicia tuya, ¡No te detengas, sigue vistiéndote, no puedes separarnos de este regocijo de pequeñas y profundas muertes!

viernes, 5 de octubre de 2018

MÁXIMAS MÍNIMAS



                       25 MÁXIMAS MÍNIMAS DEL AUTOR

Aquel hombre no tenía disfunción eréctil, sino defunción eréctil

 La vejez se caracteriza por vivir el tiempo  presente pero en pasado.

Si regañas a tus hijos, ellos se vengarán regañándote a ti cuando sean  grandes.

La ironía es un sustituto de la rabia y a veces de las lágrimas.

La imaginación es la línea más corta entre dos puntos.

En política se acepta la mentira, siempre que se diga frente a las multitudes.

El matrimonio constituye el máximo egoísmo mutuo entre las personas.

Los teléfonos inteligentes embrutecen a la gente.

Algunos se acostumbran tanto a la libertad que se vuelven esclavos de ella.

jueves, 6 de septiembre de 2018

CONTRA-TIEMPO


   
     Abordé el avión de la Japanese Airlines que debía llevarme de Caracas a Tokio, para asistir a un coloquio de hispanistas. Trayecto de modalidades automáticas, ruta habitual en el sinfín de itinerarios. Las aeromozas, delicadísimas y pálidas, como corresponde a la estirpe que las caracteriza, se mostraban serviciales en su oficio de geishas flotantes; la comida era agria pero aceptable (¡mucha soya y exceso de pepinillos!); un aire frío alteraba el confort previsto y los compañeros de circunstancia, viejos con pantalones cortos, damas remendadas, chicos miopes, se dedicaban a ver las películas de desenlace alegre.
     Para fortuna de mis ansias, elegí una botella completa de la Viuda Clicquot, que me tomé en el primer estirar de piernas, dudoso de si el líquido reconfortaría las angustias ancestrales. La concluí bajo el efecto de la pasión etílica y solicité otra en el término de la impaciencia, pues no hay nada más reparador que los grados alcohólicos al compás de un jumbo-jet internacional. Entre las tinieblas de afuera y de adentro, percibí la aureola del infinito: estelas cósmicas, arrebatos silenciosos, incógnitas profundas, pero no me dejé alterar por los hados de ningún misterio y encendí la computadora en la franja banda ancha. Sting cantaba, ajeno a su edad de carbono catorce, Shakira lucía un ombligo casi perfecto, el petróleo aumentaba de precio. Cambié varias veces el foco digital, y para evitar el letargo me dediqué a los pronósticos del tiempo. En Japón, según los palomares del observatorio, haría un frenético calor amarillo; y en el resto del mundo sin ojos a rayas, los termómetros no lograban acuerdos (bufandas o camisas, chaquetas o pomadas para el sol).

martes, 4 de septiembre de 2018

MALDITO ELOGIO DE LOS RECUERDOS

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Cuando abrió la puerta, supe que don Heraclio Carranza iba a morir. Él me extendió su mano acostumbrada a las ceremonias, y yo la mía de estudiante imperfecto. No cruzamos palabras sino intuiciones.
Me condujo hasta la biblioteca a través de un limpio desorden de muebles Chipendale y faroles en desuso, torsos de metal, estampillas entre vidrios, gatos que alargaban las sombras; todo parecía dispuesto para la eternidad.
–Siéntese ahí –me dijo, o me ordenó, estirando los labios.
Le miré en pretérito. Recibía el Premio Nacional de Literatura y los individuos de la Academia, con sus bastones numerados, hicieron fila, entregaron el diploma y escondieron la envidia. Don Heraclio, herencia caribe de los siglos de España, proclamó en el discurso: “¡Escribo para el infinito porque soy finito!”; y yo aplaudí, desde la última silla, esa parábola de mi propia existencia y me fui a releer la obra del Maestro; imágenes en cada línea, una reflexión sabia y desconcertante a la vez.

domingo, 2 de septiembre de 2018

PERIPECIAS DE UN ESTUDIANTE SUBVERSIVO DEL 60

Yo nací en una localidad de esta ribera del Arauca vibrador, y soy hijo de mi mamá (evidentemente) y de un padre que nunca me reconoció. Por eso sólo me llamo  Marcelino López. “¿López qué?”, preguntaban algunos con ironía; y yo contestaba “López sin más apellidos, como el hijo de la puta que te parió”. Y no continuaban insistiendo porque sabían de mis habilidades en la arena de los coñazos boxísticos.
De aquel pueblo no hay mucha tela para contar. Poseía dos calles principales y una misma tradición de vicios nobles e innobles. Entre los nobles, estaban el trabajo de “sol a asombro”, la disposición de tomarse cualquier cantidad de cervezas, y el uso abusivo del sexo (inclusive con animales de corral); y entre los innobles, el chisme calumnioso y la manía de apoderarse de tierras ajenas. Yo disfrutaba de la primera categoría de vicios, exceptuando el trabajo porque me hallaba sin empleo; y nunca me sentí agobiado por el segundo grupo de vicios, pues acepté mi condición natural de hijo idem y no tenía bienes raíces que fuesen objeto de envidia.

sábado, 1 de septiembre de 2018

FABULARIO INEXACTO



                                               
                                                            I 
El Versius, según lo anota el Capitán Arthur Thompson en su libro póstumo Sueños Inestables (1754), es un animal que encierra todas las contradicciones del universo y que sólo aparece durante períodos de intensa lluvia. Su cuerpo enorme, como el del Ave Roc citada por Borges, se aplana hasta volverse exiguo cuando recibe el calor del sol, pero nuevamente cobra volúmenes formidables bajo los aguaceros del mundo. Sólo dos personas lo han visto entre los temporales: el Capitán Thompson, una etílica noche de invierno en Madagascar; y el poeta griego Euxino, cuya obra fundamental desapareció en el naufragio del barco donde perseguía a las Musas (34 a.C.)
La hechura de El Versius no tiene principio ni arribo, posee escamas translúcidas, colmillos en sucesión, orejas nimias y su organismo funciona como estigma de contrariedad: defeca por la boca y se alimenta por un gran orificio posterior, respira por ombligos escondidos y bota el aire por ocho ojos descomunales. Piensa nada más que en futuro, aunque en un futuro tan próximo que no puede diferenciar del presente; sonríe en circunstancias aciagas, lloriquea en sucesos bienaventurados, odia a quienes lo protegen y se apega a los adversarios.
Asientan los tratadistas que la tosca inteligencia de El Versius logra apoderarse de las originales ideas de los genios, para transferirlas a los obtusos.

miércoles, 11 de julio de 2018

COMISARIO INVESTIGA CASO DE ESCRITOR FALLECIDO


Cuando sonó el teléfono de su oficina, el comisario Dolande leía una novela de detectives. El jefe, del otro lado de la línea, como si lo estuviese mirando le dijo: “Dolande, deja ya esa vaina y ven rápido a mi despacho porque debes encargarte de un asunto urgente”. Dolande hizo un personal gesto de fastidio, marcó la página que estaba leyendo, cerró delicadamente el libro (La llave de cristal, de Hammet, cuya edición barata revisaba por cuarta vez), y se dirigió al cubículo del jefe, un espacio de pocos metros que por halago burocrático todos llamaban “despacho”. Entró, pero el capitán Azuaje casi no se veía debido al humo que brotaba de su eterno tabaco. “Pasa, Dolande, no te quedes ahí como una momia siria”, y Dolande entró y se sentó con ganas de aclararle que las célebres momias no eran sirias sino egipcias, mas el jefe empezó a hablar atropelladamente: “¡Dolande!, acaba de suicidarse en su biblioteca el doctor Ricardo León-Vigas, gran intelectual de la  Patria y además cuñado del Ministro de Relaciones Interiores, ¿tú me entiendes, Dolande?”. Aunque no había nada qué entender, Dolande efectuó un ademán afirmativo, y el jefe prosiguió: “Te me vas de inmediato para la residencia del doctor León-Vigas, procedes a levantar el cadáver junto con los forenses, interrogas a todo el mundo, espantas a los periodistas y a las cámaras de televisión. Es un caso delicado por las implicaciones, actúa con mucha suavidad e inteligencia, Dolande, como tú sabes, Dolande, porque a ti te gusta leer novelitas y te agradan los escritores vivos o muertos, ¿me entendiste, Dolande?” El comisario, harto de oír la repetición de su apellido y sin comprender muy bien lo de los “escritores vivos o muertos”, partió al lugar de los hechos.

domingo, 8 de julio de 2018

RENATO COLINAS, EL CANTANTE DE LOS OLVIDOS CIRCULARES


                                              

Supo esa noche sin estrellas que algo iba a ocurrirle: los presagios volaban como briznas secretas y el aire daba vueltas con filosa intensidad. Cosmos profundo, estrépitos inaplazables. Había cantado en El Arca quince boleros únicos e íntimos, para unos oyentes bajo estricta exasperación alcohólica (machos sin esperanza, mujeres de amores líricos), y debió repetir la mitad de las interpretaciones, “¡Otra, Renato, otra!”, porque de lo contrario sus ebrios adeptos caraqueños, hinchas  del desenfreno,  nunca lo hubiesen dejado en paz. El establecimiento, una oposición de falsas cúpulas y murales arcaicos (como si lo adverso formase causa común), distaba mucho de los sitios patrios que lo acogieron por allá, El Ágape, La Tinaja, Las Buganvilias, a él, al magno Renato Colinas, La Voz de Oro de México, soberbio tenor oriundo de Tamaulipas, impecable monstruo de las salas aztecas, chaparrito agigantado, cuate por las cinco o seis orillas de la existencia, amigo gemelo, socio hasta para los infortunios, padrísimo compadre impar.

lunes, 16 de abril de 2018

CON LA CORBATA DE MALLARMÉ


Cuando enfermé por primera vez, ella olvidó su joven inexperiencia y fue en busca del médico. Conservo la escena con brumosa certidumbre: mi asfixia absoluta y Paula queriendo revivirme a gritos cálidos. Un vestido de flores le exaltaba sus angustias, como si necesitase de adornos para aderezar el caos. “¡Ya vuelvo, amor, no te inquietes!”.
Desde que nos conocimos la duda tenía fuerza de plenitud, porque nos separaban veinte años y varios mundos superpuestos. Yo, el maestro de leyes, el juez, el abogado de las causas incorruptibles. Paula, la alumna que tomaba notas y se deshacía en una cabellera rojiza. Yo, viudo, misógino, fatalmente reservado. Paula, secretaria de una agencia inglesa para negociantes nórdicos. Yo, una corbata de lazo siempre a lo Mallarmé. Paula: “¿Quién es ese Mallarmé?”. Yo, con mis pijamas y mis fríos nocturnos. Paula, con un olor de sol entre las piernas.

martes, 27 de marzo de 2018

NUESTROS DICCIONARIOS PARA EL OCIO



                        
                               DICCIONARIO DE LA IRREAL ACADEMIA                    

Podríamos asentar que el diccionario es el libro de los libros, porque en él se compendian y explican las palabras de un idioma. Y si no, que lo diga desde donde se encuentre  nuestro fraterno amigo Alexis Márquez Rodríguez, pues él “Con la lengua” nos enseñaba cada semana el gusto papilar por las palabras.
Hay, además, diccionarios sectorializados de muy diversa índole (históricos, técnicos, de literatura, de regionalismos, de provincianismos, etc.), y hasta algunos de rima para que los poetas ramplones encuentren las acertadas consonancias. Si a un bardo que todavía no es “cuarto vate”, se le niegan las musas ante el trance de una oda muy fregada, sólo tiene que buscar -por ejemplo- el vocablo “pelo”, y en la enumeración aparecerán: “celo, amelo, Otelo, helo, camelo”. No imaginamos a Rubén Darío, García Lorca o Neruda utilizando tal mecanismo, pero de muchos “líricos” ingenuos está llena la viña de Dios.   
Gustave Flaubert, acosado por las frases hechas, quiso elaborar un gigantesco diccionario de lugares comunes, mas la muerte lo sorprendió sin terminarlo plenamente. ¡Tan útil que hubiese sido para que nuestros políticos enanos se alejasen de la pacotilla!
En Venezuela, casi todos los célebres periódicos humorísticos, hoy muertos como Flaubert, nos deslumbraron con diccionarios de sorna lexical; y a menudo evocamos una graciosa definición que incluyó La Pava Macha, hebdomadario de los años sesenta: “Acordeón. acordarse repentinamente de algo”. 
Para seguir las tradiciones, y con “la venia arteria” de la Academia de la Lengua, nos permitimos copiarles un ensayo de nuevo diccionario:
ALOCUCIÓN. Dar un discurso por teléfono.
ANALGÉSICO. Medicina contra las hemorroides.
ARGOT. Ombre de ujer. Or ejemplo, Argot Enacerraf.
AUTOESTIMA. Fijar el precio de un vehículo.
BISIESTA. Reposar dos veces después del almuerzo.
CAMPEÓN. Meterse una rasca en el campo.
CASINO. Lo contrario de casi sí.
CONDOMINIO. Hábil manejo del preservativo.
DILAPIDAR. Solicitud para que alguien diga “lapidar”.
DISCORDIA. Pelear por un disco.
ENVERGADURA. Grosería.
ESCAPADO. Eunuco.
ESPÍRITU. Expresión admirativa cuando por fin se  llega a Píritu.
EXITOSO. Vocablo proveniente del inglés. Significa “Oso que sale”.
LATA. Loedol hembla.
LONGANIZA. Ciudad de Francia que es muy larga.
MAREMOTO. Ir a la playa en motocicleta.
MENSAJE. Grupo de mensos.
MIASMA. Enfermedad personal que impide la respiración.
MISIVA. Reina de belleza del Impuesto al Valor Agregado.
MONAGUILLO. Dícese de quien le tiene miedo a las monas.
PARAPARA. Especie-especie de-de  metra-metra.
PANEGÍRICO. Giro que firmamos para la adquisición de un kilo de pan.
PORFÍA. Acudir a una tienda para comprar algo a crédito.
RÁBIDA. Lo mismo que arrechérida.
RESPINGA. Toro.
SEDANTES. Ganas de beber como en el pasado.
TORPEDO. Viento de Tor.
VIOLENTO. Calma con que uno lo vio.

domingo, 25 de marzo de 2018

SUEÑO DE CONTRAPODER (1989)


Alirio nubla el atardecer con bocanadas de su último cigarrillo. Ni siquiera lo alegra la salsa timbalera que tocan los chicos de la barriada: “A la Rigola yo no vuelvo más...” Voltea y observa el rancho piramidal, recubierto de periódicos cálidos que lo protegen contra fríos en jolgorio, y se da cuenta de que ya ha alcanzado “el reino de los cerros”, se percata de que habita en un ámbito misérrimo disfrazado de progreso, tomate Ketchup, televisor Sony, pantalones Wrangler a lo “super star”. Alirio, maestro de obras maestras (o profesor a secas) medita en la espiral inflacionaria de sus permanentes derrotas: el cartel que cuelga del ocioso deambular cotidiano (“Personal completo. Favor no molesten”). Gregoria empecinada en envejecer de veras, los tres hijos que juegan terribles a venderle baratijas a la nocturnidad. Alirio, con sus cuarenta años milenarios, rebusca en los bolsillos un tabaco inexistente y se distrae gastando las pupilas contra los tótems de desperdicios, la quebrada tan oscura como cañerías visibles, los perros que han crecido a fuerza de patadas ceremoniales. Desea tomarse un café tinto y bien cerrero, quizás para acordarse de pretéritos furtivos, pero sabe que a esa hora Gregoria está eléctricamente enchufada a su radionovela, “¡Maldito!, ¿por qué me engañaste?, ¿por qué te fuiste con una doncella mentirosa?”. Alirio al fin sonríe y sus manos rítmicas se apegan al desbarajuste de tambores: “A la Rigola yo no vuelvo más, más...”

lunes, 12 de febrero de 2018

MINUSVÁLIDO MUERE EN LÍNEA DE FUEGO ENTRE BANDAS

       
       El cojo Gómez ve con mirada estática hacia un punto muerto como él. Las muletas quedaron a ambos lados del cuerpo, para reafirmar en la iconografía criminal su identidad de minusválido.
         Si alguien escarbase en la semblanza de Gómez, pudiera discernir que sufría de parálisis desde su niñez, que luchó (digamos, a pie juntillas) contra la falta de equilibrio, y que laboraba como rústico vigilante (siempre sentado) en la empresa de autobuses troncales. ¡Cuarenta y dos años hechos añicos! ¡Una esencia de anormal normalidad, aunque sin traumas en las neuronas!
        La vida del cojo Gómez era de opacos y renqueantes metros: dormía en un cuartucho cerca del trabajo, devoraba (allí mismo) la ración de viandas insípidas que le preparaban las vecinas altruistas, fumaba en hilera los cigarros de sus marcas favoritas (todas), bebía poco alcohol no por prescripción facultativa sino por orden de los patronos, sonreía sólo a veces porque le faltaban causas para la irrisión, leía las letras de los buses pero le costaba mucho astigmatismo el abecedario de los periódicos, iba al cine únicamente el 31 de diciembre (para celebrar), se comía las uñas con extrema pasión, coreaba sin límites ni husos horarios la única canción que se sabía (Allá en el rancho grande), y amainaba las dolencias de las piernas mediante yerbas que le surtía un pasajero naturista.
        El cojo Gómez se afirmaba en las negaciones: no tenía familia ascendente ni descendente, carecía de retratos de colegio y de remembranzas en grupo, no le sobraban amistades pero tuteaba a todo el mundo, odiaba a los perros de la calle y a los gatos de cualquier hogar (quizás por una turbia inquina personal), nunca deseó ganarse trofeos de olimpíadas lisiales ni distinciones de handicap, jamás pensó en enamorarse de mujeres de hueso y carne, reducía la política a infinidad de insultos contra quienes la ejercen, detestaba que le hablasen en tono penetrante o acorralándole el oído medio, no le ajustaba ningún gobierno, y huía -con la máxima velocidad posible- de los gendarmes policiales y de los guardianes del (des)orden público.
El cojo Gómez, aunque parezca ficción fantástica o crucifixión real, poseía la recurrente quimera de comprarse un auto amarillo y supersónico, modelo A-XXI, recién disparado de los hornos de la fábrica, con mandos para minusválidos y butacas para las curvas vertebrales, un automóvil mayestático, digno de dignatarios, lujo de una élite minúscula, prototipo de la supina elegancia y centro específico de encomios mayores. Un auto cuyo chofer no sería el cojo Gómez ni el renco Gómez, sino el gran señor Gómez,  un desenvuelto caballero, un patricio, un patriarca de la sociedad de consumo.
Y mientras el chueco Gómez soñaba, desdoblado en el otro, las bandas tomaron los flancos opuestos de la calle: la banda de Cerro Arriba y la banda de Cerro Abajo. Dirimían una cuota de drogas, o una afrenta diaria, o un insulto de pequeñas infamias colosales. Principió la guerra y Gómez se ajustó, con dormida paciencia, el cinturón de seguridad del auto amarillo y transparente; ningún suceso podía apartarlo del ensueño, ninguna ráfaga, ningún atisbo.
         Las balas tomaron por asalto el aire y las circunstancias: todas las piernas huyeron salvo las flácidas, y la llama  correspondiente a Gómez se le incrustó en el corazón. Rubén Blades hubiese procreado como cantautor testimonial, una famosa  salsa de muletas al viento, pero sobre el callejón nada más se encontraban el cojo Gómez y un etéreo automóvil amarillo para conducirlo a su destino.