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jueves, 22 de junio de 2023

CON EL ORINOCO A CUESTAS


              

                  

París no era una fiesta como opinaba Hemingway. Sobre todo en invierno, porque el viento subía hasta mi buhardilla con una palidez redonda y giraba sobre sus propias ansiedades. O las mías.
Catherine me había telefoneado aquella tarde desde la oficina de la Unesco, pero aún no llegaba. Así son las francesas: impuntuales cuando uno tiene algo importante que decirles.
Conocí a Catherine en un curso sobre las pinturas rupestres de la Cueva de Altamira que dictaba monsieur Malveraux, profesor emérito de la Universidad de Burdeos y aficionadísimo a los vinos de la región (según lo delataban el aliento y la conducta). Por ahí empezó nuestro diálogo, pues ella observó que el maestro hacía breves paréntesis en las clases para trasegar sus elíxires escondidos.
Me sonreí y, al contestarle cualquier banalidad, Catherine se percató de que yo no era de esos mundos. –Vous êtes latinoaméricain, n´est-ce pas? –sentenció como si hubiese atinado el premio mayor de la lotería antropológica, y sus labios me conmovieron porque formaban una cortina de erotismo móvil para pronunciar las palabras. “Oui, bien sûr, je suis vénézuélien”, afirmé con amable timidez y me encerré en un silencio de indígena sin flechas. Catherine, muy distante de quienes se amilanan por el mutismo de los "primitivos” recién aventados a Francia, planteó que siguiésemos la conversación en un localcito de la rue Blomet.

martes, 20 de junio de 2023

ANCIANO FALLECE EN ACCIDENTE SEXUAL


Tenía la misma edad que el actor David Carradine (72); y tanto le admiraba e imitaba que cuando se enteró de su muerte por los periódicos de Caracas, también divisó el linde del caos (desde un último piso sin vista panorámica y con el legítimo hastío de quienes han alcanzado la pensión del Seguro Social).
Julián Alcázar, mediante fieles secuencias memoriosas y largas lágrimas, evocó la serie de televisión Kung Fu, donde el “Pequeño Saltamontes” encarnaba a un monje budista experto en artes marciales: Carradine haciendo piruetas y contorsiones frente a los enemigos, Carradine estrechando más los ojos asiáticos, David meditando, David propinando golpes sobrenaturales e increíbles, David Carradine el único, el solidario de veras, el mejor amigo dentro de la pantalla chica.

miércoles, 14 de junio de 2023

ENTRE LUJURIAS Y FANTASMAS

Nadia  escondía  sus tumultos de  dieciséis años, para evitar el espectáculo de un cuerpo que inspiraba plenos desacatos. Ella no conocía a Marlene Dietrich, pero sus piernas eran de real similitud sinuosa. Jamás tuvo la dicha fílmica de ver a Sylvia Kristel, aunque ambas se pareciesen en albo desplante de pieles. Nunca se identificó tras el busto expansivo de Jane Mansfield, porque tanta sapiencia le resultaba ajena. Y ni siquiera estableció paralelismos con la fecundidad lúbrica de Madonna, pues su mundo no superaba los rituales del barrio común.
  Una húmeda circunstancia de ojos la perseguía por doquier. Su sola insinuación desentrañaba aturdimientos, fogosidades, delicias perversas, caminos ignotos. Y por mucho que encubriese aquel regodeo de esplendor, aquella lascivia opulenta, los hombres la fornicaban a solo golpe de vista.

jueves, 8 de junio de 2023

RECETA DE REQUIEM


   Jean Luc, el obeso, el grandilocuente, el cronista preferido de la gula y la burguesía, no sabe por qué ha comenzado a morir a ras de huesos.      Quien paseó su gordura por los mejores restaurantes del mundo ya no se escalofría con los sorbos de un martini, “bien seco, por favor”. El pato a l’orange le produce estragos de ruido universal, y los sorbetes helados son llamas de fuego polar dentro de sus padecimientos rutinarios. El periodista se inquieta ante el roce de la muerte: oblicua delgadez, magnitud de cuencas, espanta-ojos para pájaros. Aun así, debe salir en procura de temas sólidos y vinos agrios que conmuevan a sus lectores el próximo día. “Jean Luc, el irónico, el demoledor, el Brillat Savarin de estos trópicos..." 
Públicas alabanzas y martirio de cucarachas nocturnas, pues nadie comprende que está encadenado a la ruina de la soledad. Nació frente a una plaza con palomas, donde el eco del mar lo llamaba Ferdinando. Luego, la simpleza autoritaria del colegio de jesuitas, “No matarás, no fornicarás, no desearás a la mujer del...”. Después la universidad o la constatación del fracaso: “Me voy a París, nadie me obligará a construir edificios deformes”.

jueves, 25 de mayo de 2023

CÍRCULOS ESENCIALES


 

 

Las cuartillas están en su imperturbable quietud para que las ordene y remita al Concurso de Novela de la Universidad Cordeliana. Son doscientos folios que observo sin pasión, porque ya he olvidado las emociones bruscas y los excesos del sentimiento; si caemos en ellos, el corazón puede eliminar el trecho que nos queda hasta lo definitivo. Círculos Esenciales es el título de mi novela, no entiendo  cómo le coloqué  ese nombre tan insulso, pero ya  no hay retorno posible.

Necesito un trago, el whisky atempera el espíritu y sana la impaciencia y las dudas, creo yo. La Universidad Cordeliana premia al ganador con seis mil euros y una beca de creación literaria durante un año, ¡loables retribuciones en esta época de guerras y descalabros!, aunque las pesquisas a través de Internet no auguran un buen ambiente, pues la institución está ubicada sobre un risco, los habitantes de la zona comen magras sardinas para la subsistencia, llueve siempre al compás de truenos alocados y no resulta fácil asentarse ahí como extranjero, ya veré.

Mi novela contiene tres partes que de alguna forma se imbrican: la historia de un monje lascivo del siglo XIII que desflora a una ninfa y como castigo es quemado en la hoguera, el presidente electo que se suicida después de juramentarse, y de manera transversal algunas circunstancias de mi propia y común existencia. Me ayudo con la bebida para ordenar a última hora tramas y capítulos: El monje libidinoso, ataviado con su hábito monástico, deambula por los olivares mientras reza. Súbitamente ve la estampa de una ninfa, un milagro que transita a contraluz, y enseguida desata el amarre del cordel de la cintura, se levanta la sotana y despliega un enorme falo bifronte que, orgulloso, muestra a la ninfa, ella lo ve y permanece impasible.

lunes, 24 de octubre de 2022

EL TEXTO INFINITO


              Antúnez abrazó la literatura como forma de vida, quizás ante la imposibilidad  edípica de abrazar a las miles de mujeres que pasaban por el costado de su existencia. Antúnez leía en el autobús, leía en la oficina, y hasta leía en la olorosa incomodidad de los baños. Pero Antúnez también escribía: al principio una cuartilla diaria, después dos y más tarde todas las que le dictara su inconsciente surrealista. Llenó, de esta manera, muchos cartapacios con apuntes de personajes, juegos de palabras, palíndromos y descripciones varias; aunque jamás los mostró a nadie por impedírselo una pertinaz y autocrítica timidez. Sin embargo, soñaba con la aureola de los aplausos, y se decía: “Antúnez, tienes que traspasar el hall de la fama, cerrar filas en el cónclave de la intelligentzia, convertirte en gloria viviente”. Y fue así como decidió participar en el Concurso de Cuentos del Diario La Nación, porque sabía desde que tuvo uso de sinrazón imaginativa, que obtener tal premio significaba —aparte de elogios y fanfarrias— la publicación inmediata de cualquier absurdo narrativo y un lugar honorífico  en las revistas literarias de escasa circulación.

lunes, 24 de enero de 2022

ANÉCDOTAS DE ESCRITORES


—En París, promediando el siglo XIX, se organizó una reunión de psiquiatras para analizar colectivamente el caso de un enfermo mental que tenía deslumbrados a todos los galenos, por su inteligencia y sagacidad. Y como el evento coincidía con el arribo a Francia de un célebre alienista norteamericano, éste fue invitado a la reunión para que observase de cerca al paciente. Allí estarían también el gran escritor Balzac y algunos otros intelectuales y periodistas.

El encuentro se realizó como estaba pautado; y al concluir el mismo, los psiquiatras franceses le pidieron opinión sobre el enfermo al colega norteamericano, y éste dijo: “Nunca había visto algo así, el hombre es genial , hay que ver cómo se expresa e hilvana las ideas, hipnotiza con la fuerza de sus palabras y su gestualidad, en mi opinión se trata de un caso único, me llevaré copia del expediente”.

De inmediato, sus colegas lo sacaron del error: “¡La persona a quien usted se refiere es el escritor Honorato de Balzac, el paciente es el sujeto que casi no habló!”

—Andrés Bello, nuestro eximio polígrafo, sostenía correspondencia con un amigo cuyas colosales faltas de ortografía le desesperaban. En cierta ocasión, después de una velada, el amigo se despidió diciéndole:

-Esta semana le escribiré sin falta.

-¡Oh, no se tome ese trabajo! –le respondió Bello–, escríbame como siempre.

—Un joven compañero fue de visita a la casa del poeta Juan Sánchez Peláez; y la esposa de éste, después de abrirle la puerta, le pidió que se sentara y esperara pues el poeta estaba ocupado.

El visitante advirtió entonces cómo Sánchez Peláez, caminando alrededor de un patio, miraba hacia el cielo, entrecerraba los ojos, fruncía los labios y pronunciaba susurros ininteligibles. El joven, un tanto asombrado, le preguntó a la señora si le ocurría algo a su marido, y ella respondió: “No, chico, no te preocupes, es que Juan está buscando un adjetivo”.

viernes, 12 de noviembre de 2021

UNA VEZ QUISO SER GATO


Tenía treinta y ocho años y una sola vida. Quizás alguna vez quiso ser gato para arañar siete o  más  existencias, para maullar  a  las  salamandras, para  saltar y revolcarse con la felina ansiedad de sus antepasados. Quizás  también quiso ser gato negro, relumbroso, tierno en ocasiones, para observar con ojos calmos este desastre de  mundo. No es raro tampoco que quisiera  convertirse  en  gato para simplemente vivir como un gato y pensar como un gato.

No resulta caprichoso que alguna vez haya querido ser perro, a fin de hacer todas las cosas contrarias. Y meditándolo bien, podríamos aceptar que en una racha de debilidad haya pretendido mutarse en árbol, rama, cogollo, naturaleza fructífera. Todo cabe dentro de lo factible, aun la idea de ser cigarro, tinta o mariposa.

Pero ahora tenía treinta y ocho años y esa sola vida apenas. Ya no podía transmutarse en la morosa mirada de los gatos, ni en la haragana molicie de las sillas (tampoco lo deseaba). Debía conformarse con la simetría de las mismas escaleras, el desgaste de las palabras y de  las hembras conocidas.

Su existencia era el vacuo calco de otros dramas representados de antemano; y aquella esperanza de animal siete vidas, de mariposa incandescente, de perro orgiástico, había cedido paso a un tiempo sin imaginación. Durante una crisis decidió rebeliones, vistiéndose de asesino, vagabundo, poeta, pero nada dio resultado. En el desarrollo de dichas actividades (válidas para otros) él sólo repetía situaciones copiadas de las novelas, y poco a poco tuvo que volver a su inicial figura. Los demás (y esto parece lo más grave) nunca se percataron de cambio alguno.

Para ser fieles a la verdad, debemos registrar otro intento fallido. Como creía en la grandeza de los actos insignificantes, alentó la ilusión de perfeccionarlos, y así cronometró las horas, prefijó la intensidad de los vocablos y las risas, pero ni aun de este modo pudo convencer a nadie.

jueves, 4 de noviembre de 2021

SOWAMI SHOP


                                    SOLO PARA ADULTOS DESCARRIADOS                                         

         


          Llegué al aeropuerto de Saint P. una noche torrencial, luego de haber cruzado el océano en un avión que parecía a punto de disipar sus alas. Aunque soy ateo, durante el viaje me persigné con religiosa coherencia, pues figuraba que la muerte tenía los lazos dispuestos para envolverme. Mi compañero de butaca, un viejo cínico vendedor de seguros, aprovechó la oportunidad y me obligó a firmar la póliza dorada de su compañía norteamericana. Para celebrarlo, nos tomamos tres botellas de Dry Sack que surtieron el efecto de la anestesia.
          Al pisar tierra, el gringo propuso que siguiésemos la diversión, “Saint P. es único, yo le enseñaré el mejor burdel que jamás haya conocido”. Agradecí su deferencia con unas palmaditas de cortesía y lo abandoné en sus trámites de aduana; pero el hombre, deseoso por fungir de guía especial, me extendió una tarjeta donde su nombre coronaba varios números telefónicos, “¡Llámeme, amigo, llámeme, no se arrepentirá!”.
          El agente de Boulin Limited, empresa de perforación a la cual presto mis servicios como asesor free lance, aguardaba en el aeropuerto. Desde que lo vi, con aquel impermeable de pequeño monstruo cansado, me di cuenta de su abulia genética. Sin poder evadirlo, le estreché la mano; y él, en acto formal, desprendió de la boca un saludo imperfecto: “Terry, para servirle”.

domingo, 26 de septiembre de 2021

CORTE ARRASADA

 


El señor Presidente camina sobre las puntas de sus pantuflas para no alterar los blandos sueños de la Primera Dama. La abundosa noche anterior, pródiga en brindis y zumos gubernamentales, justifica un momento más de mullida evasión. El doctor Eliseo Goncourt, mientras repasa obligaciones de agenda, medita con nostalgia anticipada en que pronto terminará el mandato presidencial, y siente —junto a los fugitivos aires de noviembre— una cívica satisfacción por el deber cumplido que casi lo impele a improvisar un discurso histórico, “compatriotas dejo el honroso cargo con…”, pero inmediatamente se percata de que necesita rasurarse sin dilaciones porque su republicana investidura no acepta una faz tan ofensiva. En todos estos años palaciegos ha aprendido a moverse con prestancia cabal, y aun dentro de su recámara y a las nueve de la mañana actúa con cultísima etiqueta, pero el sobresalto del intercomunicador para muy secretos asuntos de Estado le impone un ¿qué vaina habrá sucedido?, y luego escucha la fornida voz del general ministro de la Defensa: “¡Apúrese, doctor, la guerrilla de Andrés Amaral tomó la Corte de Justicia!”.

El abogado Sabino Alcázar, máximo magistrado tribunalicio, cuando mira irrumpir al grupo violento en el despacho de las leyes, cree que las pupilas lo engañan con otra de sus tinieblas, aunque esta vez no requiere de la usual confirmación de los espejuelos porque la circunstancia resulta de perfecta obviedad: “¡No se mueva, es un operativo del Frente Nariño!”, y en reacción primaria quiere emprender un esclarecido alegato, que si respeten, que si la democracia, que si la digna y Suprema Corte, pero la imagen de su mujer, menuda y dócil, le amuralla el riesgo de las frases triviales, y entonces —con tintineo de miedos ocultos— suplica a sus dos secretarias lívidas que acaten sin histerismos la disciplina de la subversión.

jueves, 16 de septiembre de 2021

DIEZ CONTRAPOEMAS EN EL BARRANCO


 


                              I

ESTAMOS FRENTE A TODAS LAS MIRADAS

GUÁRDATE EL ALMA DONDE MENOS LO ESPEREN

NO TEMAS POR EL MUNDO

ÉL SEGUIRA GIRANDO CONTRA SÍ MISMO

                             II

EL MARASMO NOS INVITA  A SU ORDEN ÍNTIMO

POSEE FLORES ARDIENTES Y PROFUNDAS

CON SIGNOS QUE CONOCIMOS

CUANDO ESTÁBAMOS MUERTOS

                            III

VEO DESDE MI CAMA UN ÁRBOL AZUL

AL BORDE INTENSO DE LA MONTAÑA

CUANDO NIÑO PENSÉ QUE SUS RAMAS NO EXISTÍAN

AHORA ESTOY FERVIENTEMENTE INSEGURO

                             IV

 ESCRIBÍ UNA OBRA  EN CINCO TOMOS

PARA LA PERPETUA POSTERIDAD

MAS  EL VIEJO EDITOR DETRÁS DE SU NIEBLA

RESOLVIÓ  LEERLA  DURANTE EL INFINITO

                             V

UNA MÚSICA  A  LO LEJOS INVENCIBLE

RESUENA TRAS LAS NUBES

EL SUEÑO ESTA VEZ TODO LO ARRASA

NUNCA  MÁS ME SENTIRÉ DESPIERTO

viernes, 23 de julio de 2021

PERIODISTA EN CRISIS DE RECUERDOS

 




El día es un lento transcurrir de menudencias, o de esa forma lo percibe y escucha Amancio. Está en una calle amplia, con edificios que muestran pátinas de moho. No sabe el nombre de la calle, tal vez lo ha olvidado, tal vez nunca lo supo. Camina a pasos invariables, como tratando de encajar los zapatos en los adoquines (juego de infancia, desmán del adulto que todavía se cree inexperto). En las alturas, un avión embadurna el infinito con destellos de gas y un eslogan que los transeúntes observan: Tome la vida en serio.

Esquiva la agresión de los automóviles y cruza la calle. Perros maleducados que se desfloran entre sí, árboles enanos, radios en competencia de ondas vacías. Ahí la ciudad parece  modificar su rostro corriente y se vuelve un deforme ensamblaje de ladrillos y tachos de basura, aunque él no lo observe ni le produzca asombro.

El anuncio de Último Clarín, periódico de amarillismo crónico y enjuto tiraje, se encuentra en el cuarto piso (sin ascensor) de un inmueble bombardeado por las guerras del tiempo. Amancio lo ve y, al compás de mecánicos actos reflejos, abre la puerta y sube las escaleras. El ahogo le encabrita los bronquios, las pulsaciones no hallan ninguna sindéresis. ¿Se lo diagnosticó el médico?

sábado, 10 de abril de 2021

TARIFAS PARA UN ESPOSO DISMINUIDO

 

                                       

YO me topé con Norberto Alviárez cuando ambos estudiábamos Economía a trompicones y blandíamos los estandartes de la lucha política. Desde que hablamos por primera vez en el cafetín universitario (entre palabras sueltas y un torbellino de iracundias contra el Sistema), supe las reales inclinaciones de Norberto: la música y el sexo; lo demás no le interesaba de veras o sólo le importaba como signos del tiempo. Hoy que lo enterrarán sin elogios de prensa ni avisos mortuorios, sin coronas de claveles ni chocolate caliente, veo su imagen de bigotes y sus manos sobre el piano del Trópical (pronunciado así con ínfulas gringas): un bar de mujeres tristes y cervezas alegres, o lo inverso, donde nos fiaban hasta que terminaba el mes. Norberto  –Tito para los amigos cercanos– era un conquistador de chicas desquiciadas, de locas profundas, de zorras frescas, y siempre se enamoraba como un maniático y les componía canciones pasionales (mitad poéticas, mitad estrafalarias) para mantenerlas en su harem de seductor urbano. Yo me beneficié, por carambola, de tal arca de mozas fermozas, convenciendo a algunas para que también me arrullasen; “Tito me ha autorizado, somos como hermanos de leche”, les decía, y las tipas aceptaban sin mayor obstáculo porque las modas de la época pregonaban la libertad sexual y la toma del poder a toda costa. Tito y yo, yo y Tito, fuimos una inseparable conjunción de caracteres disímiles, de orillas lejanas, de aguas y vinagres, hasta que se marchó al exterior. Ninguno de los dos terminamos los estudios de Economía. Afortunadamente.

lunes, 26 de octubre de 2020

TAL DÍA COMO HOY

 

                                            TAL DÍA COMO HOY

                                              (24 de diciembre)

 

1865. Seis hombres blancos organizan en Estados Unidos el grupo racista Ku Klux Klan.

1922. Nace Ava Gardner en Boon Hill, Carolina del Norte.

1946. Son hallados en México los restos del conquistador Hernán Cortés.

1986. Un rehén francés es liberado en el Líbano.

1989. Caracas, capital de Venezuela, sacudida por sangrientos motines callejeros.

 

Sidney los cuenta. Hay cinco en el cobertizo. Sólo falta Jeremías. “Perdonen, el bastardo de mi jefe no quería soltarme”. Ahora son seis y una sola sangre de blancos, enhebrándolos. Sidney, “el Gran Mago”, absorbe su cigarro hasta sentir la flama entre los dedos: violencia del fuego, cercanía de calores primarios. Enseguida habla como si estuviese en púlpito de guerra: “¡Hermanos que aún no logran escucharnos!, los aquí presentes juramos constituir el Imperio del Sur para defenderlos de todo mal, y prometemos restaurar los honorables principios y el poder que nos han arrebatado. ¡Gloria a Jesús! ¡Muerte para inmortalizar la existencia! ¡Negros a la pira perpetua! ¡Vivan los Caballeros Secretos del Ku Klux Klan!”. Un cuervo ahorcado los ve con sus cristales fijos.

Sidney salpica el juramento con varios tragos de whisky que le liman ardores de lengua y de discursos. Los otros —sudorosos, irritables— escancian últimas gotas. Ahora las máscaras puntiagudas, el terror en indumentaria de odios pálidos, ojos que lanzan fogaradas tenebrosas, “¡negros cerdos, negros esclavos, negros hijos de negras putas, reos de soga y látigo, cuchillo y expiación!”.

martes, 20 de octubre de 2020

TRAS LOS BARROTES DE LA VIOLENCIA

 

           

  

Abandonó Caracas en un ferviente impulso por preservarse de la violencia y la inseguridad. Aquí el sueño se le escapaba a través del desespero, veía homicidas (o espectros de homicidas) en cada calle, sentía que los vericuetos de la criminalidad lo cercaban con creces, se angustiaba a vaivén de sístoles y arritmias ante las estadísticas del delito, no confiaba en los bancos para guardar los sudorosos ahorros (“Siempre se los roban”, decía o maldecía), se enclaustraba -hermético- entre las rejas de su apartamento con la ilusión de que no llegaran los malhechores, y subsistía a base de pastillas y granulados sin récipe para mitigarse el pavor que lo atenazaba. Tenía motivos de sobra y de zozobra: lo habían asaltado varias veces y ostentaba en el pecho una bala que los médicos-matasanos no pudieron extraerle.

Cambió su peculio en el mercado de dólares negros y partió por el aeropuerto principal, renegando del Alma Llanera (en espíritu o en CD), del clima  autóctono, de la harina de maíz y el desayuno criollo. Había escogido el pueblo de Busenberg, en los confines del suroeste alemán, para recalar su aflicción, pero, sobre todo, para conservarse en vida, porque aún no quería rendirle cuentas a cualquier deidad santísima y suprema. Eligió  Busenberg, según las recomendaciones Web de la cromática zona de Renania, con la maciza voluntad de formar parte del reducto campestre (1.400 habitantes, un cine, clima suave u oceánico, varios parques naturales y uno de diversiones con trencito y tiovivo). ¡Qué más pedir!

lunes, 12 de octubre de 2020

IN MEMORIAM PARA EL OLVIDO

 


Hoy  cumples  año y  te levantas de la cama  con  el  escozor de verte en el espejo. Desde los huesos, ráfagas temblorosas tratan de impedirlo, pero tus deseos de comparación y evidencias son superiores a cualquier adversidad. Conforme al rito de los récipes, tragas las pastillas contra los achaques eternos, luego te calzas la prótesis dental de sonrisa fija y  exclamas como  en plegaria de un ego tímido “¡Ah, otro ciclo más!”. Las pantuflas, vetustas y resignadas,  aguardan que amaine el dolor  para conducirte hasta el baño, los diez pasos de distancia resultan interminables. Ya ante el espejo, pones cara de septuagenario decoroso  para que la imagen sea grata a tu propia vista, pero la argucia  es inútil pues aparece un anciano de rostro vacuno, con arrugas en crucigrama, pupilas mortuorias y un insólito soplo de adioses definitivos. Lanzas  gritos  como de ahogo crucial, mientras cierras los párpados a fin de que  el mundo se esfume; y en ese trance oyes a  tu madre hablándote  desde el azogue con una escurridiza voz que no semeja la suya: “Felicidades, Larinio, pero no te adelantes, la eternidad es un completo aburrimiento, aquí no puedo dedicarme a los encajes ni a los bordados en cruz porque el tiempo solo existe para obedecer los mandatos del Señor; espera, Larinio, espera sin nervios, tu fecha llegará cuando menos lo creas, ¡te bendigo mil veces, adiós!”. Larinio, ese horrible nombre copiado  por tu madre de un libro anónimo, te devuelve a la realidad donde sobrevives; entonces sueltas una densa lágrima y las pantuflas te llevan a la cocina-comedor mediante catorce pasos de cuerda floja y extremas hazañas del equilibrio.

jueves, 9 de abril de 2020

ASEDIOS DE MINOTAURO






          Asterio Minotauro olvidó cuántas pieles de vida abrigan su soledad, ya no sabe el porqué de las palabras en herrumbre ni la causa de ese verano ocre que le envilece las retinas. Añora su casa (la otra) con pasadizos perplejos  y fértiles laberintos de libros irreales. Recuerda, en difuminados vestigios, la heroica acción que opuso a los soles del mundo, las proezas de certero triunfo personal, la muralla traspuesta donde cayeron los enemigos. Asterio habita, ahora, dentro de un traje único que se refleja en las vitrinas del centro comercial, y su fama mediocre vive de preguntas no correspondidas, “¿me salvarás, me matarás?”. La gente lo elude, con hábil premura, y él llora quizás de cansancio. Aquellas ínfulas de morir con bronca grandeza quedaron a la espera de una argucia de tiempo: ficción trascendente, espada liberadora, internas razones de paz perdurable.
          Antes, cinco o cien años antes (es lo mismo), Asterio dedicaba sus primordiales fruiciones a construir epigramas y a leer infamias cruentas. Sin embargo, ningún pomposo suceso de letras y ardides era capaz de encresparle las sobriedades del alma, pues estaba convencido de que su fraterno victimario llegaría —en el preciso e injusto  momento— para herirlo de radiante posteridad. Se asomaba a la ventana, cada cierto lapso de pupilas gustativas, a fin de actualizar imágenes lejanas: el himen del cielo en pugna con el alto deseo de los edificios, las habitadas ojeras de un cerro estupefacto, el trajín violento de nuestro planeta sublunar. Jamás sintió medulosas ganas de entregarse a los vicios de la multitud (el amor a ciegas o el alcohol a gatas, por ejemplo), y prefería oír el chubasco de la noche desde su fiel encierro. Pero un atardecer de Tauro, la constelación tutelar de su destino, llegó con el viento la casualidad de una hoja de periódico, y Asterio quiso empaparse de las últimas negligencias humanas. Un cronista de costumbres antiguas, suculento en odios y adjetivos, consignaba en un artículo desechable las modernas pesadillas del Centro Comercial Moeris: “Disparate granítico, corolario de la imaginación absurda, juego de envite y holocausto…”. Asterio, con húmedas e inusuales curiosidades, resolvió otorgarse un temerario escape, una escabrosa pausa para visitar al monstruo de lenguas de hierro y cementos en emboscada.

lunes, 30 de marzo de 2020

ENVÉS

La escena se desarrolla en un cuarto  matrimonial como cualquier otro. Son las ocho de la noche. El televisor encendido repite la hora cada cierto tiempo. El hombre: pijama de asteriscos, nariz de nicotina, cincuenta años dentro de poco. La esposa: joven, impasible, impertérrita. No te vayas —dice él—, tendremos hijos, haremos un tour por el Caribe, te compraré joyas, collares cultivados, zafiros, amatistas.

La mujer, para demostrar su ausencia presente, lee un periódico de ayer, y piensa qué fastidio, otra vez las súplicas, los “te quiero” y los “te adoro”, pero se acabó, estoy enferma de exactitudes, de previsiones menudas, necesito una vida, la vida, para nuevamente sentir motivos ardorosos, demencias nobles, renovadas energías.

Sus cincuenta años los tiene allí, en la artritis inflexible, en la hipertensión sin barreras, e insiste: No te vayas, no se te ocurra hacerlo, por Dios, por favor, vendrán tiempos mejores, diferentes naves sin olvido, barcos de La Habana cargados de a-mor,  a-legrías, a-lucinaciones, pero podía adivinar sus respuestas silenciosas (licenciosas): No me jodas, no me hartes más, mientras  pasea por  la habitación el  desparpajo de su dormilona de jersey y sus carnes en estampida.

Cuando la conocí, ella era un cotillón de risas dentro del carnaval, una lluvia de papelillos sobre la ternura de mis palabras; su disfraz de peluche me turbaba y conturbaba, y la música nos hacía deslizarnos en la pista con escarcha de saxofón y serpentinas. Me murmuró que la llamaban Betty, de por vida —de por muerte, y yo le afirmé (ladeando mi cigarrillo enésimo) que Heráclito siempre tiene razones fluviales, hoy estamos aquí, mañana en lugares distintos, aunque te bañes en semen-ríos, en semen-mares. Ella no entendió, le costaba entender, y yo la arrastré a la modestia de una pieza de a ratos para convertir nuestro encuentro en una olimpiada de besos descomunales, en un dulzor de sirop chocolatado, y la sorbía y subía por sus nalgas, déjate, libérate, dámelo, y Betty pensando —según me confesó después— en la estampa contraria de la Virgen de Coromoto, estricto concepto, fija fijación. Alfredo Sadel habría expresado que le vio brotar una lágrima íngrima; Panchito Riset se la hubiera bebido, consumido (la lágrima), para luego pregonarlo en todas las cantinas; Toña la Negra tan sólo hubiese agregado: “Flores negras de tus ojos”.

domingo, 29 de marzo de 2020

OCASO DE UNA VIDA DIGITAL





Abre los ojos y la incertidumbre de la mañana le aturde los sentidos.  Se halla como entre nubarrones opacos, traga una saliva amarga (densa, casi ajena), le cuesta determinar su nombre. No hay nadie, quizás todos partieron a cumplir el afán cotidiano. Con lentitud, el entorno se va haciendo reconocible: la cama y su colcha gris, el cuerpo de la cantante Shakira en el afiche lleno de fans, la ventana que da hacia la oscilación de los rayos del sol. Alarga la mano y se topa con el teléfono inteligente. ¡Enhorabuena!, ya no está solo, ha encontrado a su inseparable amigo, qué suerte  tenerlo  ahí, siempre dispuesto y comprensivo. Sonríe, aplaude, celebra la hazaña de poseer un camarada hecho en el verídico Japón, cuyas dotes le ayudan a sobrevivir.

 Se enjuaga y seguidamente busca los últimos comentarios en las redes sociales, donde él -con orgullo de ciudadano del ciberespacio- está  incluido desde que tiene uso de razón digital,  y ríe por los insultos de 140 caracteres que se otorgan sus compañeros virtuales; y luego, como internauta perfecto, responde cualquier ocurrencia, memes o emoticones, sin excederse en críticas ni en los esquemáticos “me gusta”.  Luego, va a la cocina y se engulle el pan de siempre, con rapidez a fin de no distraerse del diálogo en la red, y se toma un sucinto jugo porque ya debe  adentrarse en el correo electrónico  de Yahoo, Hotmail, Wanadoo y Gmail. Ahí están, a la medida de una contraseña, los seres humanos que solo frecuenta por esas vías, pues no posee tiempo real ni minutos disponibles  para hablarles cara a cara.

domingo, 22 de diciembre de 2019

UNA PERLA (DE PALABRAS)


                         

         Un Día de los Inocentes Perla me citó, hecho que me excitó mucho, en el Bar Tolo, ubicado en un inmundo segundo sótano de esta ciudad del tercer mundo, y yo la esperé casi desesperadamente como si mi reloj Casio marcase -al derecho y al revés- el tiempo de los reveses humanos; y aguardándola, apenas guardé entre pecho y espalda los insultos, las penas, el despecho, los terribles reclamos que clamaba mi corazón de melón, y me embebí en una bebida escocesa sobre las rocas para meditar en lo que estaba a punto y coma de decirle, de espetarle, de espepitarle; y por fin ella llegó, llena de lluvia, y sin aclararme nada de nada por su retraso, ¡así somos en este lugar atrasado!, escogió una silla coja y se sentó frente a mí: “Holamiamor, cómoteva, porquéstastanserio”, me susurró arrastrando los vocablos con su boca de pintura labial, y por debajo de la mesa empezó a sobarme las piernas y las medias mediante las suyas, en son de paz contra la guerra a muerte que pronto íbamos a escenificar.
Perla, ¡es preciso precisarlo!, tenía un cuerpo descomunal que constituía el formidable atractivo de nuestra  comuna, o sea, de nuestro barrio adentro; e igualmente debo consignar que una noche de gran derroche decidí gastarme todo mi íntegro salario de pobre asalariado en el trabajo de conquistarla, y la invité al mismísimo Bar Tolo y pedí filé miñón y ensalada dulce y una botella de vino tinto venido del cono sur, para que no se enconara conmigo y aceptase mis proposiciones de caballero cabal. No tuve que esforzarme demasiado porque Perla, más rápido que inmediatamente, afirmó que sí a través de un claro susurro (“¡Luego te aclararé algo!”), y de ahí partimos al hotel de la esquina, el Hotel Edén, abrazados en la brasa de nuestros arranques, para besarnos, lamernos, acariciarnos, amarnos, mordernos sin remordimientos, dentro del divino infierno de una cama circular; y después que se agotó, gota a gota, mi función eréctil (“¡Defunción eréctil!”, enjuició ella), no me aclaró lo prometido y se largó por su rumboso rumbo de siempre, tras advertirme como si se divirtiera que sólo nos veríamos los jueves de cada semana de siete días, “¡Chao, chao, pescao!”.

CARACAS DE SOL A ASOMBRO


Caracas es una fe alterada, un callejón que se muerde a sí mismo, un tenaz olor de desmemorias, pero no puedo decirlo a los turistas que nos visitan porque soy guía de la Agencia Nacional. “Ladies and gentlemen, this city is... ”, mas la palabra “beautiful” no sale de mi garganta, se enreda en estertores, brinca, desaparece.
Dentro del autobús, el grupo de alemanes toma fotografías de pájaros que no existen, para luego guardarlas en álbumes olvidadizos porque Munich o Berlín resultan demasiado presentes para acordarse de un viaje a, ¿cómo se llamaba?, ah, okey, “Vezenuela”. Y la delegación gringa (cinco damas con carnet de jubiladas y cinco esposos idénticos) interroga sobre la hora del almuerzo o’clock, sin saber que aquí los relojes poseen manecillas a destiempo y la comida se agobia de absurdos tropicales. Y también nos acompaña un japonés, ¡no podía faltar el ojo horizontal!, cuyos intereses se vuelcan en la admiración de los autos que nos exporta su país. Y entre clicks, o’clocks y Mitsubishis, voy relatando el tema turístico: “Caracas has four millions of...”.
Cuatro millones de habitantes y una mosca que ha entrado por la ventana para fastidiarme los discursos, mosca inmensa, mosca subversiva, mosca con pasamontañas, y digo entonces que Manuelita Sáenz vivió junto a Bolívar en la casa natal del Libertador, perdón, señores, excuse me, tengo un mareo histórico, un ataque de fechas erróneas, un cruce de edades; pero como nadie se turba ni comprende, yo prosigo el descalabro, please atention!, Simón y Manuela se amaron bajo la luz de los semáforos y las lluvias de agosto, y ambos —ataviados de diversas naciones eróticas, falso, cierto, falso, ciertísimo, y hoy el bolívar vale la mínima parte de un dólar—, “how much?”, exclaman todos en coro de números ansiosos.
No respondo porque estamos frente a la iglesia de La Pastora y una bruma de nostalgia me envuelve los huesos y la lengua, y el alma, y el alma de la lengua. Aún oigo las voces de mi barrio en una angustia tardía: “¡Hirieron a tu padre, cayó el gobierno, escóndete en lo más alto del campanario!”. ¿Qué se reza contra el brusco frío de los tanques? ¿Me habrán visto los soldados? ¿Huirá mi perro? No, no es preciso comunicar a los turistas tanta maña de circunstancias personales, ni expresarles —a golpe de traducciones egocéntricas, Reader One, Reader Two— que ese chiquillo que observan, el de descarríos hacia las nubes, soy yo: ahora vestido de futuro actual, calzado de diecinueve siglos y noventa y seis años modernos. Y el chico corre persiguiendo una estela de aire, y los dos nos encontramos en sensaciones exactas; sí, hoy ratifico que quería convertirse en poeta deambulante, en poeta maldito, y lo abrazo (me abrazo) a través de... “How much?, how much?”, insisten las bocas turísticas.

viernes, 20 de diciembre de 2019

CIANURO ETERNO


En vuelo directo, Victorino Arriaga ha salido de Ciudad de México con destino a sus compulsiones y sabe la razón: debe indagar las causas de por qué los uruguayos son los primeros en las estadísticas de suicidio en América Latina y el Caribe. Como psiquiatra, le interesa más el análisis in situ que la consulta de miles de páginas a través de Internet; y sobre tal realidad, empaparse de la vida (o la no vida) de sus sujetos de hipótesis científicas. Aunque hasta ahora no tenga ninguna, pues así trabaja: parte de un conjunto de datos y va elaborando la secuencia de las labores. “Estás tan loco como tus pacientes, Victorino”, le recrimina su mujer desde una memoria conyugal que dejó instalada en la Colonia Polanco, y entonces ataca sin prejuicios el pollo a la naranja que le sirve la aeromoza.
El avión gravita sobre espumas de nubes y Arriaga observa Montevideo, una ciudad que sólo conoce por imágenes de folletos turísticos. Pocas luces, edificios pequeños, el cauce del río que exalta las brumas de las construcciones. Antes de bajarse, compulsivo como siempre, le echa un vistazo a la Revista de Suicidología que le envió un colega de esas tierras:
“En el contexto mundial, ocupamos el noveno lugar de la tasa de suicidios, el cuarto entre las naciones en vías de desarrollo y el primero entre los países de América Latina y el Caribe”.
La perspicacia de Arriaga, acostumbrada a las intuiciones, se afina en una agudeza sensible para que nada ni nadie se le escape, “Al Hotel Universis, por favor”. Mientras el taxista habla acerca de los problemas del tráfico, el psiquiatra anota mentalmente: “hombre maduro, caucásico, pícnico y con facilidad de palabra”. Las calles no se parecen a las de la capital mexicana, son reducidas e íntimas y un adiposo hollín las envuelve de cierta nostalgia; –Te gustará, che  –dice el taxista, ladeando una sonrisa que Arriaga aprecia como signo melancólico.

lunes, 9 de diciembre de 2019

SI ME HAN DE MATAR MAÑANA




Sólo quedan él y los mariachis temblorosos. “¡Toquen hasta morir de veras, no se me achicopalen en las últimas!”. Por algo lo llaman el Mexicano, aunque nació en una sierra de los Andes a varias leguas de Bogotá, bajo cielos ásperos y un frío de dioses alocados. “¡Que suene la música, caleños!”. Dispara y toma, como si el anís Carta Blanca, de reales cepas colombianas, le infundiese audacia a la ametralladora. Dispara y escupe, como si necesitase juntar ambos extrañamientos. Dispara y canta, como si las razones melódicas formasen parte de una misma guerra de estruendos. Observa los helicópteros en vanguardia de exterminio, el ejército agazapado entre arbustos luminosos, el fuego con precisión de víctimas, “¡Ríndete ya, Mexicano!”. “¡Que se rindan sus madres!”, grita o piensa, mientras un calibre de cuarenta y cinco violencias destroza lujos inmerecidos: el cuadro de Picasso, la escalera con artificios de ebanistas barrocos, los grifos de oro, la estatua de contrabando, los divanes en redundancia de caobas, el fraude genealógico de un escudo de patrañas...
La muerte siempre se viste de evocaciones, y por ello recuerda —a trancos de memoria— sus órdenes para decorar la casa de hacienda y me ubican esto aquí, y gasten lo que sea, y quiero mi retrato presidiendo el mobiliario, y obedezcan y callen. Sobre todo eso, nunca hablar en discordia ante el capo de los carteles de la droga, un mexicano por convicción de guitarras, falsetes y despechos, que nunca salió de Colombia, ¡mala suerte, Pedro Infante!, y jamás pudo conocer los alcoholes de la plaza Garibaldi ni el Tenampa ni las suaves agruras del mezcal. De atrás le venían las pasiones. Años toscos de edad y un semblante a lo Jorge Negrete que lucía en la fonda de la miserable calle mayor. Y la navaja, y las ganas de usarla con propiedad de filos; y un sombrero ladino, ladeado, lanceolado, sin alturas heroicas. Cada noche igual: la música girando dentro de la rocola, los corridos en sonoridad de diluvios, voces múltiples, voces superpuestas, “¡Ay, Chihuahua!”, y otra cerveza y otra para engrandecerse el solitario pálpito del corazón. Hasta que le hundió la navaja al dueño de la cantina (pendencia, sangre, blasfemias), porque el viejo nacionalista no deseaba más escarnios de Jalisco. Y antes de irse, en un tiempo que “apenas le permitió montar en su caballo”, juró sobre un puño de cruces abstractas: ¡volveré rico para comprar toda la mugre de este pueblo!

domingo, 8 de diciembre de 2019

GUERNICA FONDO BLANCO

 El Bar Restaurant Guernica está ubicado en el corazón del barrio La Candelaria, o mejor dicho, en el hígado de los asiduos clientes, o con mayor propiedad, en medio de las tardes embarazadas de hastío, y sus botellas forman hileras de risa en los estantes junto a una colección de yesqueros que enciende volcanes de palabras, y sus mesas de tres patas —a la altura de diez whiskys y cien millones de sueños— parecen gatos erróneos que buscamos para justificar la exacta verdad de los absurdos, y los mesoneros confunden sus corbatas de pingüino con el frío polar de las cervezas, y los camarones duermen sus iras dentro de una salsa de ajos que los previene contra el mal aliento de la muerte, y las zarzuelas de mariscos poseen tanto color que saben a girasoles de Van Gogh y a amarillos de luciérnaga, y yo pido un Old Parr sobre las rocas de un iceberg tropical y tú pides un Martini seco para ver si rompes la docena récord de Ava Gardner

sábado, 12 de octubre de 2019

EPHPHETAE





La infructuosa búsqueda de la obra de Walter Pierce (La historia incompleta de Ur, 1912) lo llevó por una de esas calculadas casualidades del azar a la casi desconocida librería de la Calle 48. Como siempre le ocurría —y ello forma parte del mito de los libros perdidos—, el viejo librero no había oído hablar en su pródiga vida de aquel raro ejemplar. “No tiene importancia”, quizás le dijo, y comenzó a revisar con estudiado descuido el caos impreso que se apilaba en el largo laberinto de Persépolis: La librería de todos.  
     
     Centenares de telarañas y volúmenes se juntaban en  los estantes. La luz que salía de la única claraboya existente apenas le permitió leer los títulos y autores: Pittman, Anandhava, Rooney, Los tótems de Ce-Kiang, La traición de Gog, El lenguaje taoísta... todos vergonzosamente ajenos a  su pregonada cultura. No quiso continuar tan desagradable masoquismo del espíritu, y por ello (¿sería en realidad por ello?) se fijó en la caja con el tigre.
     Era una caja como cualquier otra pero de color de tiempo. Un tigre con descomedidos ojos de diamante se alzaba sobre unas volutas que simulaban garras. Más bien parecía un tigre con máscara de tigre. En el centro, las letras difusas de un nombre indescifrable: Ephphetae. El viejo librero, ante la necesaria pregunta, dejó de lado los compases de una canción atonal y expresó:
     “Ephphetae es un vocablo arameo que designa un juego tan antiguo como el hombre, los árboles o los ríos. Podría decirse que es el juego de los juegos. Muchos sucumbieron ante su encanto, otros —más afortunados— lograron la gloria y el poder. Sus detractores piensan que encierra un placer maldito; sus defensores (que también los hay) opinan que en él se resumen los secretos de la vida y la felicidad. Un libro perdido, como el que usted busca con afán, atribuido a un poeta del octavo quinquenio del Calendario Tsé, es el primero que habla de las paradojas del Ephphetae. Después, miles de exégetas han tratado de penetrar con feroz inutilidad en su lúdica sabiduría”.